• La Amazonía juega un papel fundamental para la economía y los ecosistemas de la región, pero se enfrenta a graves problemas ambientales, de desarrollo y de crecimiento, que constituyen un verdadero trilema amazónico.
• Por eso es imprescindible explorar el mapa de este triple desafío, que pone de relieve una distribución desigual a lo largo y ancho de la Amazonía, así como la necesidad de coordinar esfuerzos y reforzar las capacidades.
• En este escenario, es urgente aprovechar la ventana de oportunidad que brinda este complejo trilema amazónico para avanzar hacia respuestas integradas y un futuro de prosperidad y resiliencia.
Cada minuto que pasa, la Amazonía pierde una superficie forestal equivalente a dos campos de fútbol. A menudo leemos o escuchamos datos como este, que ciertamente tienen base empírica. No obstante, la degradación ambiental de esta región clave se presenta con demasiada frecuencia como un problema aparte, desvinculado de los retos del desarrollo humano y económico. Es más, la preservación de la Amazonía se suele enfocar, desde esa perspectiva, en contraposición al propio desarrollo. Ahora bien, la realidad de la región amazónica nos cuenta una historia bien diferente: el crecimiento económico, la protección del medio ambiente y el bienestar humano van de la mano.
La evidencia reunida en nuestra última publicación apunta en esa dirección: es imposible perseguir por separado el crecimiento económico, la preservación del medio ambiente y la mejora de los medios de vida en la Amazonía. Están, sencillamente, demasiado entrelazados. Nos encontramos frente a un verdadero trilema amazónico (Gráfico 1), con implicaciones de gran alcance, ya que lo que ocurra en la Amazonía incidirá decisivamente en la biodiversidad, los ecosistemas y las vidas de millones de sudamericanos y personas de todo el mundo.
Pese a su complejidad, este trilema abre una ventana de oportunidad para impulsar enfoques integrados y transversales con vistas a generar cambios duraderos tanto para la región como para el planeta.
Según algunas estimaciones, el 70% del PIB de Sudamérica se genera en zonas que reciben agua procedente de la selva amazónica. En cambio, la contribución económica de la Amazonía se ve mermada por su escasa diversificación y conectividad. Su economía depende en gran medida de la agricultura y la minería, sectores que consumen grandes cantidades de recursos naturales. A esto hay que sumarle las deficiencias de las infraestructuras, que a su vez lastran el crecimiento. Resulta ilustrativo el ejemplo de Colombia, cuya región amazónica contribuye con menos de un 1% al PIB nacional.
La vertiente ambiental del trilema ofrece un panorama preocupante. La Amazonía contiene 120.000 millones de toneladas métricas de carbono y alberga el 30% de la biodiversidad mundial. Sin embargo, entre 2001 y 2024 perdió 67 millones de hectáreas de bosque, superficie equivalente a la de Paraguay y Ecuador juntos. La degradación ambiental, impulsada por la deforestación, la minería y otras prácticas extractivas, está erosionando este capital natural y sometiendo a la cuenca amazónica a una creciente presión ambiental. Con el tiempo, la selva tropical podría perder su capacidad de sostenerse a sí misma, lo que privaría al planeta de un regulador climático crucial.
En el aspecto social, la Amazonía alberga a más de 47,4 millones de personas y a 379 grupos indígenas y étnicos, que hablan más de 240 idiomas. Muchos de estos grupos étnicos poseen un profundo conocimiento de la selva tropical y sus recursos, que pueden resultar determinantes para luchar contra la deforestación y promover el desarrollo sostenible. No obstante, estos grupos presentan mayores índices de pobreza y tienen menos acceso a los servicios básicos.
Por ejemplo, apenas el 39% de los hogares amerindios de Guyana han visto mejorados sus servicios de agua y saneamiento, frente al 95% de hogares a escala nacional. La tasa de pobreza estimada de la Amazonía asciende al 37%, es decir: 6,6 puntos porcentuales por encima del promedio nacional de los países amazónicos. La tasa de pobreza es aún mayor en algunas comunidades rurales y étnicas.
Por otra parte, los problemas de la región no se distribuyen de manera uniforme. Se estima que unos 661.000 habitantes de la región viven en zonas seriamente afectadas por la falta de oportunidades económicas; más de 760.000 personas, en territorios con problemas graves de conservación del medio ambiente; y casi 6 millones, en áreas que presentan serias carencias de desarrollo humano (vea el Gráfico 2. Bienestar económico).
Nuestro estudio revela que los principales problemas de conservación ambiental se concentran en las zonas centrales, especialmente en torno al río Amazonas y a lo largo de la frontera entre Brasil y Bolivia (Gráfico 3. Conservación ambiental). En cambio, las mayores brechas de desarrollo económico y humano, se concentran especialmente en el sudeste y el norte de la región amazónica (Gráfico 4. Desarrollo humano).
La buena noticia es que se puede actuar e impulsar políticas para cumplir los tres objetivos interrelacionados del trilema. Naturalmente, se trata de un proceso costoso y requerirá mayores esfuerzos de coordinación entre todos los actores presentes en la región.
Mantener el 80% de la Amazonía brasileña bajo protección, por ejemplo, costaría entre 1.700 y 2.800 millones de dólares al año. Para cerrar todas las brechas de desarrollo expuestas en el Gráfico 2 y el Gráfico 4 se necesitarían billones. La magnitud de estas necesidades supera con creces las inversiones actuales.
El panorama institucional de la Amazonía es, además, complejo y fragmentario, lo que genera frecuentes solapamientos y tiende a reducir el impacto del trabajo de los distintos actores involucrados. Por ejemplo: la región amazónica cuenta con 99 unidades administrativas subnacionales de primer nivel y más de 1.500 de segundo nivel.
La Organización del Tratado de Cooperación Amazónica dispone de una plataforma de diálogo regional, pero sus decisiones carecen de carácter vinculante, lo que limita seriamente su efectividad. Existen mecanismos de coordinación nacionales y subnacionales, pero son habituales los problemas de duplicación de esfuerzos e ineficiencia. Es urgente mejorar la labor de coordinación y reforzar las capacidades.
Entonces, ¿qué podemos hacer? Nuestras conclusiones apuntan a cuatro ejes de acción decisivos:
1. Fomentar la protección ambiental ampliando y haciendo respetar las áreas protegidas, integrando los conocimientos indígenas e invirtiendo en la adaptación climática de las poblaciones vulnerables.
2. Promover el desarrollo humano mejorando el acceso a la educación, la salud, el agua, el saneamiento y el transporte, especialmente para los grupos vulnerables y marginados, y diseñando soluciones adaptadas a las necesidades rurales y urbanas.
3. Impulsar el crecimiento económico invirtiendo en innovación, conectividad y mecanismos de financiación, así como apoyando investigaciones y emprendimientos alineados con el principio del desarrollo sostenible.
4. Apuntalar las relaciones de confianza y estrechar los lazos de cooperación y coordinación entre todos los actores de la región. Para reducir los solapamientos y mejorar el impacto de las políticas públicas, es indispensable implementar estrategias de fondo. Se trata de fortalecer las instituciones, clarificar los procesos y mandatos, establecer reglas claras y mejorar el uso de datos con vistas a sustentar las políticas en datos empíricos. Iniciativas como el programa regional Amazonía Siempre, del BID, responden a esta necesidad de los países de articular respuestas conjuntas frente a desafíos comunes.
Los estudios son concluyentes: aplicar enfoques fragmentados a estos problemas no dará resultado. Solo abordando conjuntamente los desafíos económicos, ambientales y sociales, podremos evitar el desastre y tomar la senda de un futuro común de prosperidad y resiliencia.
Palabras clave:
Análisis Económico