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Perspectivas para América Latina y el Caribe en 2026: viejas trabas al crecimiento, nuevas incertidumbres

Análisis Económico Perspectivas para América Latina y el Caribe en 2026: viejas trabas al crecimiento, nuevas incertidumbres Se prevé que América Latina y el Caribe registren un crecimiento moderado en 2026, pero nuevos riesgos se perfilan en el horizonte, en un contexto de volatilidad geopolítica y aumento de las barreras comerciales. Ene 29, 2026
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Ideas clave
  • En 2026 podrían darse condiciones más bien favorables para el crecimiento en América Latina y el Caribe, gracias a mejores condiciones financieras -favorecidas por una reducción de los diferenciales de riesgo- y al aumento de la demanda de determinadas exportaciones.
  • No obstante, la debilidad de la demanda externa y la moderación de los precios de las materias primas, así como la persistencia de condiciones financieras globales restrictivas, probablemente frenen la inversión y limiten la contribución del comercio y del capital extranjero al crecimiento.
  • Por otro lado, también los conflictos geopolíticos en curso, incluidos los de Ucrania y Venezuela, recientes decisiones de política arancelaria adoptadas en Estados Unidos y persistentes vulnerabilidades fiscales, están lastrando las perspectivas de crecimiento de la región.

Tras un efecto rebote postpandémico, América Latina y el Caribe (ALC) parecen haber regresado a un patrón familiar, que entronca con los años previos a la crisis sanitaria, y que se podría definir como “crecimiento modesto”. Aunque las proyecciones preliminares para 2026 resultan algo más favorables, cabe preguntarse si esta expansión moderada puede marcar el inicio de un ciclo de crecimiento más sólido o si se verá lastrada por factores estructurales, como la escasez de inversiones, la dependencia del financiamiento externo y las vulnerabilidades fiscales.

Esta previsión se basa en tasas de crecimiento positivas de la mayoría de países, una demanda externa constante de exportaciones clave y una mejoría de las condiciones financieras, en parte debida a los esfuerzos de consolidación fiscal y a la reducción de los diferenciales de riesgo. Queda por ver, sin embargo, hasta qué punto este crecimiento será capaz de resistir la incertidumbre global y la aparición de nuevos riesgos relacionados con la adopción de nuevas políticas comerciales, la evolución de los precios de las materias primas, las tasas de interés en Estados Unidos y una mayor volatilidad geopolítica.

Un entorno externo poco propicio: por qué las condiciones globales no están impulsando el crecimiento

En 2024 y 2025, el crecimiento económico de América Latina y el Caribe se situó en torno al 2,5%, en línea con los niveles previos a la pandemia (gráfico 1). Aunque la mayoría de las economías registraron tasas de crecimiento positivas y superaron a menudo las previsiones iniciales, el crecimiento regional se mantuvo dentro de límites discretos.

gráfico 1

Fuente: WEO y LatinFocus
Notas: (p) indica datos preliminares. El gráfico presenta datos de Argentina, Barbados, Belice, Brasil, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Guyana, Haití, Honduras, Jamaica, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Surinam, Bahamas, Trinidad y Tobago, Uruguay y Venezuela.

Este crecimiento contenido revela la escasa incidencia que tuvieron el comercio exterior y la inversión extranjera en el crecimiento regional, dada la ralentización del crecimiento económico de Estados Unidos y China en 2025. El crecimiento mundial se estima en un 3,2%, por debajo del promedio previo a la pandemia, situado en el 3,7%. Ese mismo año, Estados Unidos creció en torno al 2%, China se situó en un 4,8% y la Unión Europea en un 1,4%; todos ellos por debajo de las tasas prepandémicas (2,4%, 7,7% y 1,7%, respectivamente).

Tampoco los precios de las materias primas, otro de los motores históricos del crecimiento regional, han contribuido globalmente a impulsar la actividad. Aunque tuvieron un comportamiento mixto, los precios del petróleo y de la mayoría de productos agrícolas han bajado a lo largo del año, con la notable excepción de la soja. En cambio, han subido los precios del cobre y de otros metales vinculados a la transición energética, impulsados por una fuerte demanda global. Esa tendencia ha favorecido a un número reducido de países exportadores y sus beneficios se han repartido de manera muy concentrada, de modo que no se han traducido en una aceleración generalizada del crecimiento regional.

Las condiciones financieras globales han contribuido, a su vez, a contener el crecimiento. Los costos de financiamiento se han mantenido significativamente más elevados que en el pasado -cerca de 2 puntos porcentuales por encima de los niveles de 2022- lo que ha lastrado la inversión y el crecimiento (gráfico 2).

Gráfico 2

Lo que sí ha cambiado, no obstante, es la composición de esos costos. A diferencia de años anteriores, cuando los elevados diferenciales reflejaban primas de riesgo más altas, los aumentos registrados recientemente han sido generados principalmente por una política monetaria restrictiva de Estados Unidos, como muestran la tasa de referencia y el rendimiento de los bonos del Tesoro de Estados Unidos a 10 años. Pese a la moderación de las presiones inflacionarias en Estados Unidos y a los recortes de las tasas de interés de corto plazo, la creciente incertidumbre y la percepción del riesgo asociado a Estados Unidos han mantenido las tasas de largo plazo en niveles elevados.

Cabe destacar que, a lo largo de 2025, los diferenciales de riesgo de los países de América Latina y el Caribe se han reducido, en promedio, más de 100 puntos básicos, gracias a los esfuerzos de consolidación fiscal llevados a cabo en buena parte de la región. También el debilitamiento del dólar frente a las monedas regionales ha contribuido a reforzar las posiciones fiscales.

Los obstáculos externos anteriormente mencionados no inciden únicamente en el comercio y las finanzas; también determinan cómo se ahorra, cómo se invierte y cómo se financia en la región. Para comprender las razones por las que la economía viene creciendo tan tímidamente a pesar del efecto rebote postpandémico, es conveniente mirar más allá de los grandes indicadores y observar la evolución de la composición del ahorro y la inversión en América Latina y el Caribe.

La debilidad de la inversión: un lastre para el crecimiento

La dinámica reciente del crecimiento se aprecia con claridad en la descomposición del ahorro y la inversión presentada en el gráfico 3. Entre los períodos 2015-2019 y 2023-2025, la mayoría de las subregiones de América Latina y el Caribe registraron ligeras mejoras en el ahorro público y, en algunos casos, una recuperación parcial del ahorro privado. Sin embargo, estos avances se vieron contrarrestados con creces por el marcado deterioro del ahorro externo, relacionado, en particular, con el aumento generalizado de los déficits por cuenta corriente en toda la región. A nivel agregado regional, se intensificó la dependencia del financiamiento externo, a pesar de cierta mejora del ahorro interno.

Gráfico 3

Notas: el Cono Sur incluye Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay. La Región Andina incluye Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. El Caribe incluye Bahamas, Barbados, Guyana, Jamaica, Surinam y Trinidad y Tobago. La región de Centroamérica incluye Belice, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá. Las estimaciones se basan en promedios simples por país.

Lo decisivo, en este punto, es que la evolución de la composición del ahorro no se ha traducido en una recuperación sostenida de la inversión. Es más, se prevé una disminución de la inversión correspondiente al período 2023-2025, con contracciones especialmente marcadas en los países andinos. En un contexto caracterizado por una demanda externa debilitada, precios de las materias primas poco favorables y la persistencia de tasas de interés elevadas a escala global, tanto la reducción del financiamiento externo como la debilidad del ahorro interno han lastrado la acumulación de capital. El aumento de la inversión en el Caribe guarda relación con una mejora de las posiciones fiscales, así como con inversiones petroleras en Guyana y Surinam. Sin embargo, por lo que respecta al conjunto de América Latina y el Caribe, el consumo desempeña un papel cada vez más importante como motor del crecimiento, en detrimento de las inversiones destinadas a mejorar la productividad. Esta falta de dinamismo de la inversión contribuye a explicar, en parte, por qué la región ha vuelto a su patrón prepandémico de crecimiento modesto y por qué siguen siendo moderadas sus perspectivas de crecimiento a mediano plazo.

Las falencias descritas en el ámbito de la inversión y el financiamiento no solo contribuyen a explicar la debilidad del crecimiento reciente en la región, sino que también plantean el interrogante central de cara al futuro: ¿serán el entorno externo y las condiciones internas lo suficientemente favorables como para romper este patrón?

Perspectivas favorables en un escenario de riesgos elevados

De cara a 2026 y 2027, las perspectivas de crecimiento para la región de América Latina y el Caribe en su conjunto parecen más alentadoras, aunque siguen supeditadas a un nivel de incertidumbre inusualmente elevado y a notables diferencias entre sus subregiones. Pese al aumento de las barreras comerciales con Estados Unidos en 2025 y a la consiguiente incertidumbre política, los mercados proyectan un crecimiento promedio del PIB regional superior al 3% tanto en 2026 como en 2027, ligeramente por encima de la tasa media de crecimiento registrada en los últimos 15 años (gráfico 4).

Gráfico 4

Notas: el Cono Sur incluye Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay. La Región Andina incluye Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. El Caribe incluye Barbados, Guyana, Jamaica, Surinam, Bahamas y Trinidad y Tobago. La región de Centroamérica incluye Belice, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá. 

Las perspectivas, no obstante, difieren de manera significativa entre las distintas subregiones: se espera que el crecimiento en el Caribe reciba un fuerte impulso gracias al nuevo boom petrolero de Surinam y a la continuidad del boom petrolero de Guyana. Por otro lado, la persistencia de una sólida demanda global de metales y minerales críticos probablemente favorezca el crecimiento de las exportaciones de países como Chile, Perú y Argentina.

Dicho esto, la economía mundial se está adentrando en un territorio mayormente inexplorado. La previsión del consenso apunta a un crecimiento moderado durante los próximos dos años, pero no deja de basarse en supuestos frágiles. Los riesgos para las perspectivas están claramente sesgados a la baja, ya que un entorno geopolítico sumamente incierto afecta de manera directa a la región. En particular, los precios de las materias primas entrañan riesgos significativos. Aunque los conflictos en curso, especialmente en Ucrania y Venezuela, podrían generar volatilidad y repuntes en los precios de algunas materias primas clave, es probable que la abundancia de la oferta y una demanda china un tanto apagada contengan los precios, lo cual reduciría los ingresos por exportaciones de varios países de la región.

También sigue alto el nivel de incertidumbre en torno a la política comercial. Las acciones legales emprendidas en Estados Unidos contra recientes decisiones de política arancelaria, así como la evolución de las alianzas comerciales y geopolíticas, podrían incidir negativamente en las decisiones de inversión de las empresas en la región y acentuar las debilidades ya existentes en materia de formación de capital y crecimiento.

Por otro lado, el mercado laboral en Estados Unidos ha emitido recientes señales de enfriamiento, que podrían reducir la demanda externa, con implicaciones particularmente significativas para Centroamérica y México, teniendo en cuenta su fuerte dependencia respecto del comercio con Estados Unidos, así como, en algunos casos, de las remesas procedentes de ese país.

Por último, persisten vulnerabilidades fiscales en buena parte de la región. Los costos de endeudamiento podrían aumentar si los rendimientos soberanos de largo plazo en las principales economías avanzadas se mantienen altos o siguen aumentando. Si bien por ahora la reducción de los diferenciales ha contrarrestado este efecto, este margen podría erosionarse. Por otro lado, los esfuerzos de consolidación fiscal de varios países han sido modestos, en algunas ocasiones como consecuencia de los elevados tipos de interés, y podrían estancarse o revertirse, dada la dificultad política de formar coaliciones reformistas, lo que añadiría una nueva capa de riesgo a las perspectivas de mediano plazo. De cómo logre afrontar estas tradicionales vulnerabilidades dependerá en buena medida su capacidad para gestionar las incertidumbres emergentes del escenario económico.

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