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Conoce la innovación costarricense que llegó a la ONU

Ciencia y Tecnología, Igualdad de Género, Educación Conoce la innovación costarricense que llegó a la ONU

 

En febrero de 2018, un grupo de costarricenses viajó a la sede de Naciones Unidas en Nueva York para formar parte de un foro para promover la inclusión de mujeres en áreas tecnológicas. Contrario a lo que uno esperaría, la delegación no estaba conformada por políticos, académicos o líderes de industria; en vez, sus integrantes eran un grupo de cuatro jóvenes de entre 16 y 17 años apasionadas por la tecnología, quienes provienen de comunidades vulnerables en Costa Rica.
 
Lo más sorprendente es que hasta hace unos años, ninguna de ellas había estado involucrada en este campo. Su trayecto hacia este mundo, incluso, fue a contracorriente de las expectativas que tenían de ellas en su comunidad. “A las mujeres normalmente no se nos muestra el mundo tecnológico, ni siquiera cuando somos pequeñas. Lo que nos dan son muñecas y trastitos de cocina, y nunca se nos pone en contacto con la tecnología y el mundo científico”, dice Yoselín Solis, una de las integrantes del equipo. “¿Cómo vamos a saber si nos gusta o no, si nos va a interesar o no, si nunca tenemos contacto con la tecnología?”, dice. Los datos la respaldan. El Foro Económico Mundial estima que la brecha entre hombres y mujeres en carreras de ciencias, matemáticas, ingenierías y tecnología es de un 30% en América Latina y el Caribe.
 
Su primer contacto real con la tecnología fue en una clase en la escuela técnica a la que asistía. “Me empezó a gustar bastante. Me encanta crear cosas, diseñar cosas, yo lo amo. Me dije, aquí es donde yo pertenezco, a un ámbito totalmente desconocido”, dice. Desde entonces, no ha parado. Fue tal su pasión que unos meses después tuvo la oportunidad de crear un proyecto con la mentoría de una de las más grandes figuras de la electrónica, Massimo Banzi, uno de los creadores de Arduino.
 
El proyecto que creó es una oda a su amor por la tecnología y el deseo de que más personas, sobre todo niños y niñas que como ella nunca fueron expuestas a este campo, descubran su propia pasión por construir y diseñar cosas. Consiste de un cuento interactivo para explicar cómo funcionan los pixeles a través de una historia del encuentro de un alienígena con un astronauta. Para avanzar en la historia, los usuarios tienen que realizar una serie de tareas de mezclar colores. La idea es que los niños y niñas emulen la funcionalidad de lo que ocurre detrás de todas nuestras pantallas en una versión simplificada, mediante el uso de circuitos y bloques.

Galería de fotos: las estudiantes costarricenses en Nueva York


 
“Los píxeles tienen tres colores: rojo, verde y azul. Para formar una imagen se unen los colores con números binarios”, explica Yoselín. “Con el proyecto, los niños tenían que hacer una serie de retos en la historia para encontrar, por ejemplo, el color rosa o naranja. Para hacerlo, tenían que hacer combinaciones de ceros y unos para hacer un color”, dice. El proyecto estuvo tan bien realizado que actualmente una ONG la utiliza para educar a niños en el uso de la tecnología. 
 
Para otra de las integrantes de la delegación que fue a la ONU, Guissell Betancourt, encontrar su pasión por la tecnología tampoco fue fácil. Su familia es migrante y vive en una comunidad de escasos recursos. “Nosotros vivimos en un sector pobre de la población y es bastante duro porque la gente a nuestro alrededor piensa que siempre vamos a vivir de esta manera y que nuestro destino es trabajar en una fábrica o limpiando casas”, dice. “Por parte de mi familia también pensaban que mi destino iba a ser trabajar y tener una familia, y trabajar no en algo grande, sino en lo mismo de limpiar casas. Trabajar en la tecnología era algo inimaginable”.
 
Las integrantes de la delegación fueron capacitadas por un programa llamado “Soy Cambio” de la Fundación Monge, una organización que trabaja para la inclusión laboral de jóvenes en América Central. Desde el 2016, BID Lab, el laboratorio de innovación del Grupo BID, ha apoyado varias iniciativas innovadoras de la fundación, entre ellas el uso del blockchain para reemplazar el uso de CVs y realidad virtual para enseñar habilidades laborales. 
 
“Lo genial del proyecto con la Fundación Monge es que trabajamos con el sector privado y el sector público, incluimos un componente de inglés, y además traemos tecnologías disruptivas. Es el modelo ideal de un proyecto nuestro”, dice Martiza Vela, especialista de BID Lab, el laboratorio de innovación del Grupo BID, y encargada del proyecto.

La fuerza del programa es que trabajan a lo largo de varios años con los jóvenes, las apoya a construir una mayor autoestima y confianza en sí mismos, y les hace probar cosas nuevas que les pueden apasionar. En el caso de Yoselín, la fundación fue clave en darle las herramientas para expandir su interés por la electrónica. “Fundación Monge ha sido un pilar para mí. Por medio de los campamentos y actividades, tuve la oportunidad de trabajar con Massimo Banzi. También tuve oportunidad de ser parte de un voluntariado en Intel, donde trabajamos con ingenieros para enseñar a niños simuladores de circuitos y robots que podían programar con aplicaciones”, dice.   
 
Pero sobre todo, la fuerza está en que les escuchan. Les dejan trabajar por su cuenta en lo que les apasionan y les dan las herramientas para redefinir las personas que quieren ser. “Yo entré al programa de Fundación Monge cuando tenía como 15 años y mi perspectiva cambió un montón. Mi perspectiva de éxito cambió y de verdad me empoderé, tanto así que pensaron en llevarme a la ONU. Siento que soy un tipo de mujer diferente”, dice Guissell.


 


 
Para ambas jóvenes, su estancia en la ONU fue un punto crítico en su desarrollo personal y aprendizaje sobre sí mismas. “La experiencia más importante que tuve en la ONU fue poder compartir mi historia. Poder decirle a otros niños que son totalmente capaces y que nunca duden de la capacidad que tienen. Que no importa de dónde vienen o las barreras, siempre se puede” dice Yoselin. Guissell tenía un mensaje similar. “Ir a la ONU me hizo darme cuenta de que como persona tengo mucho talento, que como mujer tengo mucho talento. Que puedo lograr muchas cosas diferentes, y dejar mi huella en mi comunidad, mi país y en el mundo”, dice. 

 

“La experiencia más importante que tuve en la ONU fue poder compartir mi historia. Poder decirle a otros niños que son totalmente capaces y que nunca duden de la capacidad que tienen. Que no importa de dónde vienen o las barreras, siempre se puede” dice Yoselin.


 
Después de su visita en la ONU, Yoselín y Guissell empezaron un proyecto que utiliza la tecnología para fomentar el desarrollo rural, en el cual actualmente están trabajando. “En la ONU quedé realmente impactada de lo mucho que nosotros como mujeres en tecnología podemos hacer para ayudar al planeta, que tanto lo necesita. Lo que quiero hacer trabajar por crear un futuro mejor, algo que pueda ayudar a mi comunidad y al futuro de cada uno de nosotros” dice Guissell. 
 
Para conocer más sobre cómo se puede fomentar que más mujeres ingresen a carreras de ciencia y tecnología, descarga esta publicación. 
 

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