- La conservación y gestión sostenible de 125.000 hectáreas de la Ciénaga Grande de Santa Marta apoyada por el BID evidencia que es posible recuperar ecosistemas vulnerables mientras se fortalecen las capacidades de las comunidades que los habitan y protegen.
- Las capacidades generadas a través de las alianzas impulsadas por el proyecto pueden sostener los resultados más allá de su período de ejecución.
- El enfoque de este proyecto fortalece la resiliencia del territorio, mejora las condiciones ambientales y genera beneficios sostenibles para las comunidades locales.
En un territorio que ha vivido décadas de degradación ambiental, tensiones sociales y fragmentación institucional, comunidades que antes estaban separadas ahora se encuentran, dialogan y construyen juntas. Más allá de sus diferencias, comparten una misma convicción: la Ciénaga es un espacio sagrado, ecológico y cultural que sustenta la vida y que hoy se está defendiendo colectivamente.
La Ciénaga Grande de Santa Marta (CGSM) es el humedal costero más grande de Colombia y uno de los ecosistemas más importantes del Caribe. Desempeña un papel fundamental para la biodiversidad, la pesca artesanal y la seguridad alimentaria de miles de familias. Sin embargo, décadas de degradación ambiental, marcada por la pérdida de manglares, la alteración de los flujos hídricos y el deterioro de las condiciones productivas han afectado tanto al ecosistema como a las comunidades que dependen de él.
Frente a estos desafíos, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) implementa un proyecto financiado por el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF), cuyo lema es “La Ciénaga nos conecta”. Este lema ha dejado de ser una frase atractiva para convertirse en una realidad palpable.
El proyecto “Conservación y Uso Sostenible de la Ciénaga Grande de Santa Marta (CO-G1014)” adoptó un enfoque integral para promover la conservación de la biodiversidad, combinando acciones de gobernanza participativa, herramientas de conservación y prácticas de producción sostenible en las cuencas de los ríos Aracataca y Fundación.
Este enfoque busca fortalecer la resiliencia del territorio, mejorar las condiciones ambientales y generar beneficios sostenibles para las comunidades locales.
El proyecto está demostrando que la restauración ecológica requiere una visión integral del territorio que va más allá de recuperar la cobertura vegetal. Incorporar las áreas productivas circundantes y promover prácticas sostenibles permite generar beneficios que trascienden cada finca, mejorando la calidad del agua y fortaleciendo el bienestar de las comunidades que dependen de los recursos hídricos de la Ciénaga. En el caso de los manglares, la restauración comienza con la recuperación de los flujos hídricos, el monitoreo de la salinidad y el aprovechamiento de los procesos naturales de regeneración, acompañados de acuerdos para el manejo sostenible del territorio.
Pero la experiencia de la Ciénaga también evidencia que la restauración es un proceso de largo plazo que exige coordinación, conocimiento técnico, compromiso comunitario y enfoques innovadores. Además de los beneficios ambientales, las inversiones en biodiversidad generan impactos positivos para las comunidades al fortalecer organizaciones locales, fomentar el diálogo y desarrollar capacidades para enfrentar futuros desafíos ambientales.
La experiencia demuestra que la recuperación de ecosistemas estratégicos es más sostenible cuando la restauración ambiental avanza de la mano de la participación comunitaria, la coordinación institucional y una visión compartida del territorio. En la CGSM estos procesos no avanzan por separado; se fortalecen mutualmente.
En el ecuador de su implementación ya se observan resultados relevantes:
- 6 mesas territoriales reúnen a más de 540 actores construyendo acuerdos y fortaleciendo la gobernanza.
- Participación comunitaria, incluyendo 3 organizaciones indígenas y afrodescendientes, 4 organizaciones de pescadores y campesinos y una participación de 35% de mujeres en espacios de decisión.
- Ordenamiento ambiental, restauración o conservación aplicada a 125.690 hectáreas.
- Inscripción voluntaria de más de 1.500 productores para mejorar sus prácticas productivas.
- Prácticas sostenibles adoptadas por 125 productores en 1.604 hectáreas bajo conservación, restauración o producción agroecológica.
- Restauración ecosistémica de manglares en 200 hectáreas, basada en flujos hídricos, regeneración natural y monitoreo participativo.
Estos avances son importantes porque contribuyen directamente a la conservación del ecosistema, pero muestran también cambios importantes en la forma en que las comunidades, las instituciones y las organizaciones se relacionan entre sí.
Uno de los principales aprendizajes de esta experiencia es que los avances ambientales en la CGSM han estado acompañados por procesos sociales e institucionales que fortalecen la sostenibilidad de las intervenciones:
- Gobernanza construida desde el territorio
La participación de comunidades indígenas, afrodescendientes, pescadores, productores e instituciones públicas ha permitido generar espacios de diálogo alrededor de intereses compartidos. La gobernanza se ha convertido en una herramienta para construir acuerdos y coordinar acciones.
En paralelo, la articulación entre entidades como la Corporación Autónoma Regional del Magdalena (CORPAMAG), Parques Nacionales Naturales, el Ministerio de Ambiente, el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras “José Benito Vives de Andréis” (INVEMAR) y otros actores regionales ha fortalecido la capacidad de tomar decisiones con una visión más integrada del territorio. Junto a ello, la creación de mecanismos de coordinación y el desarrollo del Sistema de Información para el Soporte de Decisiones están mostrando cómo la evidencia científica puede apoyar una gestión más efectiva de los recursos naturales.
- Ciencia al servicio de las comunidades
La apropiación local del conocimiento técnico en el monitoreo hidrológico, el análisis de la calidad del agua y el seguimiento de los ecosistemas ha trascendido los informes especializados para convertirse en una herramienta de aprendizaje y diálogo entre comunidades y productores. Este intercambio de información, junto con el desarrollo de mecanismos de monitoreo participativo, fortalece la capacidad de los actores locales para comprender mejor la relación entre las actividades productivas y la salud de los ecosistemas, promoviendo una gestión más sostenible e informada de los recursos naturales.
- Las mujeres líderes como motor del cambio
El liderazgo de decenas de mujeres es central en procesos organizativos, productivos y ambientales. Su participación ha sido fundamental para coordinar actividades, movilizar comunidades, promover emprendimientos sostenibles, fortalecer redes de colaboración y generar oportunidades económicas. Entre las iniciativas que lideran destacan:
- Mujeres resilientes de Tasajera “Cultivando Vida”: asociación que promueve la conservación ambiental y la inclusión económica de las mujeres cabeza de familias vulnerables en Tasajera, Santa Marta.
- “Viajando con Gaby”: emprendimiento de turismo comunitario y sostenible que trabaja para visibilizar los ecosistemas de manglar y la cultura anfibia de la zona. A través de su líder, Gabriela, y de las mujeres vinculadas a la iniciativa, el emprendimiento acompaña las jornadas de monitoreo, restauración y sensibilización ambiental, actuando como un puente entre el conocimiento científico y la comunidad local.
- “Fundamor”: Las mujeres de esta fundación buscan apoyar a familias de niños discapacitados con servicios logísticos. Con su aporte, articulan las visitas a las fincas agrícolas y ganaderas, asegurando que cada recorrido sea una conexión profunda con el territorio.
La restauración ecológica va mucho más allá de la recuperación ambiental. Los avances alcanzados en la Ciénaga Grande de Santa Marta han fortalecido también el tejido social, la coordinación institucional y la participación comunitaria, confirmando que las soluciones basadas en la naturaleza generan un impacto mayor cuando integran conservación, gobernanza e inclusión social desde su concepción.
Asimismo, el proyecto evidencia que es posible recuperar ecosistemas vulnerables mientras se fortalecen las capacidades de las comunidades que los habitan y protegen. Aunque consolidar estos logros requerirá mantener la colaboración entre actores locales, instituciones y socios de desarrollo, la experiencia deja una lección clara: la sostenibilidad depende tanto de los resultados ambientales como de la capacidad de las personas para construir y sostener una visión compartida de futuro.
Para conocer más sobre cómo el BID apoya la conservación de la biodiversidad y el capital natural en América Latina y el Caribe, haz clic aquí.