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¿Por qué la prevención de la violencia empieza en la escuela? Lo que dice la evidencia

Educación ¿Por qué la prevención de la violencia empieza en la escuela? Lo que dice la evidencia La violencia no siempre comienza en el aula, pero la escuela puede ser el mejor lugar para prevenirla. La evidencia muestra por qué. Ago 12, 2026
Jovenes BRA
Destacados
  • Uno de cada cuatro adolescentes entre 13 y 17 años sufre acoso escolar. Esa violencia afecta a cómo aprenden, cuánto permanecen en la escuela y las oportunidades que tendrán durante el resto de su vida.
  • La evidencia muestra que las escuelas no solo mejoran el aprendizaje. También pueden reducir la violencia, fortalecer habilidades socioemocionales y cambiar las trayectorias de vida de millones de niños y jóvenes.  
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Un adolescente cambia de ruta para evitar la esquina donde lo esperan. Otro estudiante ingresa al aula de clase sabiendo que antes del recreo lo hostigarán frente a sus compañeros. Varios niños reciben castigos y disciplina violenta en sus casas antes y después de salir del colegio. Para millones de estudiantes de América Latina y el Caribe, la violencia no es un episodio aislado, forma parte de la experiencia cotidiana.

Uno de cada cuatro adolescentes de 13 a 17 años sufre acoso escolar, según el informe más reciente de la UNICEF y la Organización Panamericana de la Salud (OPS), este fenómeno afecta casi por igual a niñas (25%) y niños (25,3%). Los varones enfrentan con más frecuencia acoso físico y las niñas reportan más agresión psicológica y acoso sexual. Casi la mitad de todos los niños, niñas y adolescentes (46%) afirman haber sufrido abuso emocional, la forma más común de disciplina violenta en la región, mientras que casi 4 de cada 10 (38%) han sufrido castigos físicos. Estas cifras no describen episodios aislados, sino una experiencia cotidiana que moldea cómo y qué tanto aprenden los niños, cómo se relacionan, y hasta donde llegan en su educación y en sus opciones de futuro.

En el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), llevamos una larga trayectoria apoyando a los países de la región para fortalecer los sistemas educativos y generar evidencia sobre qué políticas realmente mejoran la vida de niños y jóvenes. En los últimos años, esa agenda se ha ampliado para asegurar que los estudiantes estén seguros en la escuela y entender también cómo la educación puede contribuir a prevenir la violencia, fortalecer las habilidades socioemocionales y construir comunidades más seguras.

Con motivo del Día Internacional de la Juventud, el BID presenta Escuelas que Cuidan, una serie que busca acercar la evidencia sobre qué funciona para prevenir la violencia desde la escuela y cómo las políticas educativas pueden proteger mejor a niños, niñas y jóvenes. Esta primera entrada da inicio a una serie que reunirá la evidencia más reciente, experiencias de América Latina y el Caribe y de otras regiones, y preguntas clave que los gobiernos deben considerar para llevar a la práctica intervenciones que han demostrado ser efectivas.

La violencia también se aprende

Esa exposición a la violencia tiene consecuencias directas y medibles sobre las trayectorias educativas, quienes la sufren faltan más a clase, aprenden menos y abandonan la escuela con más frecuencia, y cuando la violencia baja, sus resultados en lectura, matemáticas y ciencias suben. Un niño que aprende menos hoy será un adulto con menos oportunidades y menores ingresos mañana. Se estima que la violencia escolar le cuesta al mundo cerca de 11 billones de dólares en ingresos perdidos a lo largo de la vida. En América Latina y el Caribe, la cuenta es todavía más concreta, solo los costos directos del crimen y la violencia equivalen a 3,44% del PIB regional cada año, una cifra que representa el 78% de todo lo que la región invierte en educación pública y casi 1% en pérdidas de capital humano. La pregunta, entonces, no es si conviene invertir en prevención, sino cuánto nos cuesta realmente no hacerlo.

Si queremos prevenir la violencia e invertir en soluciones efectivas, primero debemos entender dónde nace. Ahí conviene mirar de frente algo que el diagnóstico suele saltarse, porque esta violencia rara vez nace en el aula. Se gesta en varios entornos a la vez, en hogares donde el castigo físico todavía se confunde con disciplina, en barrios donde la economía ilegal ofrece pertenencia e ingreso antes que cualquier institución, en entornos digitales que prolongan el acoso mucho después de la última clase, y en las rutas que los niños recorren cada día, donde el crimen organizado a veces los espera para reclutarlos. 

El modelo ecológico de la violencia, adoptado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), explica la violencia no como un hecho aislado, sino como el resultado de la interacción compleja entre factores individuales, relacionales, comunitarios y sociales. La violencia que aparece en el aula casi nunca empieza en el aula.   

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¿Por qué la escuela pueda cambiar esa historia?

Hay una institución que llega a casi todos los niños, todos los días, durante los años en que el cerebro y las habilidades socioemocionales todavía se están formando, la ventana que la evidencia identifica como la más decisiva para intervenir. Esa institución es la escuela, no es el único lugar donde ocurre la violencia, pero sí el mejor lugar para anticiparla.

Los gobiernos suelen abordar la violencia cuando ya escaló, con policías, fiscales y sistemas penales que actúan sobre hechos consumados. La escuela permite intervenir mucho antes, en el momento en que las conductas todavía se están formando y son más maleables. Ningún otro servicio público tiene el alcance de un sistema educativo con cobertura casi universal en primaria, ni el contacto sostenido que significa ver al mismo niño cada día durante años. Ese contacto diario es lo que hace posible enseñar a resolver conflictos sin violencia, identificar a tiempo a quien está en riesgo y acercar a las familias a otros servicios de apoyo.  

  • Primera ventana: la infancia. Es precisamente durante la edad escolar que se abren las dos ventanas con mayores retornos a la inversión en el desarrollo de habilidades. Cunha y Heckman mostraron que los retornos de invertir en el desarrollo de una persona decrecen con la edad, y no de forma lineal. Un dólar invertido en la primera infancia rinde estructuralmente más que el mismo dólar en cualquier otro momento de la vida, porque las habilidades desarrollan habilidades. Un niño que aprende a autorregularse a los 6 años aprende más en primaria y enfrenta menor riesgo de involucrarse en violencia más adelante.
  • Segunda ventana: la adolescencia. Más recientemente se ha demostrado que la adolescencia es la segunda ventana de oportunidad, particularmente para el desarrollo de habilidades socioemocionales, que son clave en la prevención. El cerebro del adolescente presenta gran plasticidad y las intervenciones en esta edad pueden cambiar estas habilidades con retornos económicos de entre 5 y 10 dólares por dólar invertido. La ventana no está abierta para siempre, y cada año sin actuar encarece el costo de cambiar la trayectoria.   

Durante décadas, se pensaba que el canal más importante por el cual la educación incidía en la violencia y el involucramiento futuro en crimen era la formación de capital humano. Más educación abre mejores oportunidades laborales y eleva el costo de oportunidad de delinquir. 

Después de un análisis detallado de la evidencia causal robusta midiendo la relación entre diferentes políticas e intervenciones educativas en crimen, encontramos que, aunque la acumulación de capital humano (años de educación y calidad de la educación) es un canal importante, está lejos de ser el único que importa. Después de una revisión exhaustiva de la literatura, encontramos un universo de 493 estudios sobre el impacto de la educación en el crimen y la violencia, de estos, elegimos 78 estudios que lo hacen de forma robusta. Encontramos que la acumulación de años de educación aparece como mecanismo explicativo en 33% de los estudios, seguidos de cerca, con un 36%, por lo que la literatura denomina “incapacitación”: el efecto protector de que los jóvenes pasen más tiempo en entornos educativos estructurados y supervisados y, por lo tanto, estén menos expuestos a situaciones en las que puede ocurrir la violencia. Sin embargo, el desarrollo de habilidades socioemocionales se destacó como la herramienta más efectiva para prevenir la violencia, citado en el 37% de los estudios como el mecanismo que explica por qué las intervenciones educativas logran reducirla.

Esa jerarquía se acentúa en los programas extracurriculares con componentes conductuales, donde 78% de los estudios señalan las habilidades socioemocionales como el mecanismo principal, porque estas intervenciones alteran los patrones de decisión impulsiva y reducen las respuestas automáticas ante una provocación."

Lo que protege a un joven no es solo el cálculo sobre su futuro salario, sino haber aprendido a autorregularse y a detenerse a pensar antes de reaccionar. De hecho, al descomponer los efectos de Perry Preschool, Heckman, Pinto y Savelyev atribuyeron cerca de dos tercios de los beneficios del programa a mejoras en habilidades no cognitivas como la autorregulación, la planeación y la persistencia, y mostraron que ese margen es además el más maleable y el que menos se desvanece con el tiempo.  

 

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¿Qué funciona para prevenir la violencia en la escuela?

La efectividad de las intervenciones en escuela se confirma programa por programa cuando las intervenciones se ajustan a la edad. 

  • En la primera infancia, Perry Preschool alcanzó retornos que las distintas estimaciones ubican entre 7 y 17 dólares por cada dólar invertido, y la mayor parte de ese retorno provino del ahorro asociado a la reducción del crimen en la adultez.  En esa misma etapa, y mucho más cerca de casa, el Irie Classroom Toolbox fue evaluado mediante un ensayo aleatorizado por conglomerados en 76 centros preescolares de Jamaica (229 docentes, 865 niños) y redujo eficazmente la violencia física y psicológica de los docentes contra los niños, con beneficios sostenidos un año después.
  • En primaria, el Good School Toolkit, de Raising Voices, un enfoque de escuela completa evaluado experimentalmente en Uganda, redujo la violencia de docentes contra estudiantes. Y el programa antibullying finlandés KiVa redujo el acoso y la victimización entre pares en un ensayo aleatorizado con más de 8.000 estudiantes de 78 escuelas finlandesas. 
  • En secundaria, en la adolescencia, Becoming a Man, bajó los arrestos por crímenes violentos entre un 45% y 50% en dos evaluaciones aleatorizadas en Chicago, con terapia cognitivo-conductual dentro de la jornada escolar. Y en el Caribe, aunque fuera del aula, la evaluación del BID sobre Project REASON en Trinidad y Tobago mostró que un modelo comunitario de interrupción de la violencia redujo el crimen violento del área intervenida en 45,1% frente al área de comparación, y las admisiones por heridas de bala en el hospital más cercano en cerca de 38,7%. A diferencia de los casos anteriores, este no es un programa escolar, sino comunitario, y hace evidente que el nivel de violencia del entorno puede potenciar o limitar el rendimiento de una intervención escolar.  

La escuela no puede resolverlo sola, pero es vital en la articulación

La violencia contra los niños se origina en varios niveles a la vez, en el hogar, en el barrio y en el camino a la escuela. La escuela, por sí sola, no puede contener un riesgo que en buena parte se produce fuera de sus muros.  Por eso la prevención tiene que operar en esos mismos niveles.

El marco INSPIRE, desarrollado por la OMS junto con UNICEF y otros socios, ordena esa lógica en siete estrategias basadas en evidencia. Entre ellas están la aplicación de leyes, el apoyo a padres y cuidadores, el fortalecimiento económico de los hogares y la educación en habilidades para la vida. Su premisa es que rinden más combinadas que aisladas, porque ningún sector puede entregar el paquete completo por su cuenta.   

El punto no es cargarle a la escuela la solución, sino reconocer su posición única. Ningún otro servicio público ve al mismo niño todos los días. Ese contacto le permite detectar el riesgo temprano y conectar a las familias con la protección social, la salud y la justicia, los sectores con el mandato y las herramientas para responder. La escuela no reemplaza esa respuesta, la hace llegar a tiempo.

Hacerlo posible exige que el sector educativo trabaje de la mano con seguridad y justicia, protección social, género y diversidad, salud y gobiernos locales, compartiendo objetivos, información y responsabilidades. Ese es el enfoque multisectorial que el BID impulsa en la región.  

La prevención empieza antes

La violencia no desaparece únicamente con más seguridad, más leyes o penas más severas. También se previene mucho antes, cuando un niño o niña aprende a resolver un conflicto sin violencia, cuando una escuela detecta a tiempo un riesgo o cuando una comunidad trabaja de manera coordinada para proteger a sus estudiantes.

Ese es el foco de la serie Escuelas que Cuidan, en la que el BID reúne la evidencia más reciente y experiencias globales y de la región con las preguntas que un gobierno debe hacerse para implementarlas. La serie también muestra cómo la educación puede convertirse en una de las inversiones sociales más costo efectivas que un país puede hacer para prevenir la violencia y ampliar las oportunidades para las nuevas generaciones.

Te invitamos a seguir la serie en nuestro blog de educación del BID para explorar otras contribuciones y más evidencia sobre cómo la educación puede ayudar a prevenir la violencia.

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