Escalar reformas educativas requiere más que expandir pilotos exitosos: exige decisiones disciplinadas sobre relevancia, efectividad, sostenibilidad, capacidad del sistema y contexto político para alcanzar un impacto duradero y a gran escala.
La educación está llena de ideas prometedoras. Lo que escasea es la capacidad de convertirlas en transformaciones que lleguen a millones de estudiantes y perduren en el tiempo.
Trabajando en política y reforma educativa, he visto pilotos tener un éxito brillante, solo para fracasar al escalar. El patrón se repite: una intervención bien financiada muestra resultados impresionantes, todos se entusiasman, comienza la expansión y luego… el impacto se diluye. El problema no es la tecnología ni la falta de innovación. Es que no somos lo suficientemente estratégicos sobre qué escalar y cómo hacerlo.
Cuando se hace bien, las reformas educativas pueden mostrar impacto más rápido de lo que pensamos. Hemos visto sistemas transformar sus tasas de alfabetización en pocos años, países avanzar significativamente en evaluaciones internacionales y regiones enteras cerrar brechas de aprendizaje. ¿La diferencia? Elegir las intervenciones correctas y ejecutarlas con intención. En educación no se trata solo de la solución.
El contexto importa, y el éxito depende de un ecosistema de actores y de su disposición y capacidad para apropiarse del cambio: comunidades, familias, estudiantes y miles de docentes y directivos.
Aquí seis criterios que separan las reformas transformadoras de los experimentos bien intencionados:
1. Relevancia: ¿vale la pena resolver el problema?
¿Estamos abordando un problema estructural? Se trata de discernir si estamos enfocándonos en lo correcto. No toda solución educativa merece escalarse: depende de la magnitud e importancia del desafío. Dada la escasez de recursos, debemos concentrarnos en los cuellos de botella centrales del sistema.
Encontrar soluciones para la alfabetización inicial, los aprendizajes fundamentales, la deserción escolar o la calidad docente es clave para que la “función de producción” del capital humano funcione. En esos casos, incluso mejoras modestas pueden generar efectos acumulativos enormes.
La primera pregunta no es si la solución es buena, sino si el problema es lo suficientemente importante como para justificar una reforma sistémica.
2. Efectividad: ¿es la solución adecuada?
Debemos asegurarnos de que la solución funcione fuera de condiciones ideales. Muchas intervenciones educativas muestran resultados positivos y grandes efectos en entornos “boutique” y pilotos altamente apoyados: equipos muy motivados, acompañamiento intensivo, recursos adicionales. El desafío aparece cuando esas condiciones ideales desaparecen.
Los programas de lectura impulsados por tecnología ilustran bien este punto. A menudo muestran resultados sólidos en ensayos donde las escuelas cuentan con electricidad confiable, internet de alta velocidad, soporte técnico dedicado y docentes que reciben capacitación continua. Pero cuando se escalan a escuelas rurales con conectividad inestable, sin apoyo técnico y con docentes que ya enfrentan múltiples responsabilidades, el impacto se diluye. El programa no falló porque fuera malo, sino porque las condiciones esenciales para el éxito no pudieron replicarse a gran escala.
Escalar implica preguntarse no solo si la solución funciona, sino por qué funciona y cuáles partes del modelo son esenciales (no negociables). Sin esa claridad, la efectividad se diluye al crecer.
3. Costo: ¿es sostenible a gran escala?
Trabajamos en un contexto de restricciones macroeconómicas. La educación representa una gran proporción del gasto público y, en contextos de restricciones fiscales, es casi imposible aumentar el gasto por estudiante a menos que crezca el tamaño de la economía. Por eso las soluciones deben ser financieramente viables desde el inicio.
Algunas soluciones educativas parecen baratas por estudiante, pero esconden costos significativos al escalar: infraestructura digital, capacitación, gestión, monitoreo, soporte técnico, adaptación curricular. A diferencia de otros sectores donde las economías de escala reducen los costos unitarios, las intervenciones educativas suelen seguir siendo intensivas en capital humano, incluso cuando incorporan tecnología.
Una solución efectiva pero fiscalmente inviable no es una solución escalable.
4. Complejidad: ¿tiene el sistema la capacidad de implementarla?
Existen reformas conceptualmente sólidas que requieren cambios simultáneos en múltiples niveles: prácticas pedagógicas, liderazgo escolar, evaluación, currículo, gobernanza. El riesgo no es la ambición, sino la sobrecarga. Cuando una solución es demasiado compleja para la capacidad existente, el resultado suele ser una implementación parcial que no produce los resultados esperados.
El escalamiento ocurre dentro de instituciones reales, con personas reales. Si la capacidad para implementar una reforma no existe en ministerios, escuelas o equipos intermedios, esa capacidad debe desarrollarse como parte del diseño. Ignorar esto conduce a planes que dependen de héroes individuales o de apoyo externo permanente.
Escalar bien significa invertir tanto en personas y sistemas como en la intervención misma. La pregunta clave no es si la solución es elegante, sino si es implementable dada la capacidad local. Lo que es hermoso pero impráctico suele terminar siendo irrelevante.
5. Economía política: ¿es el momento y el contexto adecuados?
Ninguna reforma educativa se escala en el vacío. Los intereses, incentivos, narrativas públicas y ciclos políticos importan. Reformas técnicamente sólidas pueden fracasar sin voluntad política, consenso mínimo, liderazgo o legitimidad.
En política pública, la viabilidad política es una parte integral de cualquier análisis de escalamiento.
Escalar en educación no es solo una cuestión de ambición, sino de juicio. Requiere elegir problemas relevantes, soluciones efectivas, caminos viables y momentos oportunos. No todo debe escalarse. Pero aquello que decidamos escalar debe hacerlo con claridad, evidencia y una profunda conciencia de la complejidad de los sistemas educativos y los contextos país.
Las malas decisiones no solo desperdician recursos: erosionan la confianza, profundizan desigualdades y retrasan los cambios que realmente importan para el bienestar de los países.
Las transformaciones a gran escala pueden —y ocurren— en educación. Cuando aplicamos estos criterios con disciplina y ejecutamos con intención, podemos llegar a millones de estudiantes en pocos años.
La pregunta no es si es posible un impacto rápido y masivo; es si estamos dispuestos a tomar las decisiones difíciles que lo hacen posible.
Para profundizar en este tema, el BID publicó, Gasto Inteligente en educación en América Latina y el Caribe, que analiza cómo los países pueden mejorar la eficiencia, la equidad y la transparencia del financiamiento educativo para fortalecer los resultados de aprendizaje. Basado en investigación realizada en 22 países, el libro propone un marco conceptual para fortalecer la movilización y gestión de los presupuestos educativos.
En esta entrada también comparto una reflexión sobre por qué invertir poco en educación es un riesgo fiscal, no un ahorro.
Te invitamos a conocer más y explorar cómo un gasto más inteligente puede respaldar reformas que no solo sean ambiciosas, sino también escalables y sostenibles.
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*Nota: Inspirado en mis intervenciones de en la reunión del Grupo Sherpa del Comité Directivo de Alto Nivel (HLSC) de 2026 de la UNESCO y en la sesión de Financiamiento organizada en el contexto del G7, comparto la primera parte de ciertas reflexiones en este marco.