- Un piloto de tutorías remotas en Costa Rica logró mejoras sustantivas en comprensión lectora en ocho semanas.
- La intervención personalizada (llamadas breves frecuentes y SMS), que contaron con el apoyo del BID, fortaleció la confianza y el vínculo entre la familia y la escuela.
- La evidencia regional muestra que las tutorías remotas son escalables y superan barreras de acceso, acelerando el aprendizaje.
Hay un momento en el proceso de aprendizaje que los libros de pedagogía rara vez capturan: el instante en que un niño que siempre decía “no sé” se detiene, lo intenta y descubre que puede. El momento en que otro, que no logró entender un texto en clase, lo relee una y otra vez en casa hasta transformarlo en algo tangible —como un pequeño proyecto de ciencia construido con sus propias manos: un criadero de lombrices.
Esos momentos no son anécdotas; son evidencia del poder de un buen tutor. Un niño puede pronunciar cada palabra de una página y aun así no entender nada de lo que leyó. En Costa Rica, ese es el caso de seis de cada 10 estudiantes de primaria (Estado de la Educación, 2021).
Una brecha en la comprensión lectora que no solo limita el dominio del español, sino que obstaculiza el aprendizaje en todas las áreas y, sin intervención, corre el riesgo de consolidarse de forma permanente. La pregunta era cómo cerrar esa brecha de forma efectiva, rápida y escalable.
La respuesta: una tutora, un estudiante, una llamada
El Banco Interamericano de Desarollo (BID), junto con el Ministerio de Educación Pública de Costa Rica (MEP) y la Universidad Nacional (UNA), diseñó un piloto de tutorías remotas bajo el programa Leamos Juntos: una intervención de atención personalizada, uno a uno o en grupos pequeños, entregada por teléfono o videollamada.
El diseño fue deliberadamente simple y acotado:
- 2 meses de intervención, distribuidos en ocho semanas.
- 2 llamadas semanales de entre 20 y 30 minutos cada una.
- 2 mensajes SMS de seguimiento por semana para mantener el vínculo entre sesiones.
- 50 tutores formados para la intervención.
- 432 estudiantes de cuarto año de primaria en 23 escuelas de cuatro regiones del país: San José Oeste, Sulá, Aguirre y Zona Norte Norte.
Nada extraordinario en términos de recursos. Todo extraordinario en términos de resultados.
Lo que cambiaron dos meses de acompañamiento
Al comparar la evaluación inicial con la evaluación final, los números hablaron con claridad:
- El porcentaje de estudiantes en el nivel más bajo de comprensión lectora cayó 11 puntos porcentuales.
- Y el porcentaje en el nivel más alto aumentó 43 puntos porcentuales.
En ocho semanas, con llamadas de media hora dos veces por semana, el piloto logró mover a cientos de estudiantes de un extremo del espectro al otro. No fue un resultado marginal. Fue una transformación que podría cambiar la vida de esos niños y de otros más, si se amplía a nivel nacional.
Lo que los números no cuentan sobre el impacto de las tutorías en la enseñanza
Los números fueron contundentes, pero el impacto también necesita una voz. Y en este piloto, esa voz la tienen las tutoras.
Leydi Sequeira recuerda a un estudiante que casi siempre respondía "no sé". Sesión tras sesión, ella le repitió que no importaba equivocarse, que aprender era un proceso compartido. Lo que Leydi no sabía era que, detrás de la pantalla, los dos padres del niño escuchaban cada sesión en silencio.
"Cuando la familia y la escuela caminan juntas, el proceso cambia. A veces el avance no empieza con una respuesta correcta, sino con un 'no sé' que se transforma en un intento."
La tutoría no solo ayudó al niño a leer mejor. Abrió un canal entre la familia y la escuela que no existía. Los padres, que no sabían cómo ayudar a su hijo, encontraron en la tutora un puente. Ella los conectó con su coordinadora, quien los orientó hacia los recursos de la escuela. Una red de apoyo que sostuvo lo que ningún manual podría haber diseñado.
Kixia Serrano, tutora de la UNA, vivió otra clase de transformación. Uno de sus estudiantes recibió un texto sobre cómo hacer un criadero de lombrices. Lo leyó, no lo entendió, no pasó de nivel. Pero no lo olvidó.
En la sesión siguiente llegó con una novedad: había vuelto al texto, lo había leído muchas veces, y había decidido comprobarlo. Tomó una botella, la llenó de arena y tierra, consiguió lombrices, pidió en su casa que guardaran las cáscaras de banano y cada mañana, antes de ir a la escuela, le echaba agua al criadero para ver qué pasaba.
"Cuando el aprendizaje se vuelve experiencia, deja de ser solo palabras… y se convierte en descubrimiento."
Lo que comenzó como un texto difícil se convirtió en el eje de cada sesión siguiente. El niño llegaba con novedades, con preguntas, con observaciones propias. La lectura había dejado de ser una tarea y se había convertido en una razón para expandir la curiosidad y el deseo de conocer y entender otros mundos.
Por qué las tutorías funcionan: lo que dice la evidencia regional
Este piloto no es un experimento aislado. Forma parte de una estrategia regional del BID que, desde 2021, ha alcanzado 17 países, capacitado a más de 2.500 tutores, realizado más de 300.000 sesiones y beneficiado a más de 50.000 estudiantes.
La evidencia acumulada señala por qué las tutorías remotas funcionan donde otras intervenciones no llegan:
- La atención personalizada permite que cada estudiante avance desde su punto de partida real, sin el ritmo impuesto por un grupo numeroso.
- La relación tutora-estudiante genera confianza, y la confianza es la condición previa al aprendizaje.
- El formato remoto elimina barreras geográficas y de horario, llegando a comunidades y familias que de otro modo quedarían fuera.
- La frecuencia sostenida, aunque breve, crea un hábito y un vínculo que trasciende cada sesión individual.
Una lección que va más allá de la lectura
Costa Rica demostró que invertir en educación tiene un impacto enorme en el corto plazo. En solo ocho semanas, con los recursos adecuados y el acompañamiento correcto, es posible cambiar la trayectoria de aprendizaje de cientos de niños. Pero quizás la lección más importante no está en los puntos porcentuales.
Está en lo que descubrieron Leydi y Kixia en cada llamada: que detrás de cada estudiante hay una familia que quiere ayudar y no sabe cómo, hay una curiosidad que espera una puerta de entrada, hay un "no sé" que puede convertirse en un criadero de lombrices.
Un estudiante que, al ser escuchado, podrá sacar lo mejor de sí mismo y aportar al futuro de un país que creyó en sus capacidades.
Educar no es transferir contenidos. Es crear las condiciones para que alguien decida aprender.
Y, a veces, eso solo requiere que alguien esté al otro lado de la línea, con tiempo y con paciencia, diciéndole: "No importa lo que respondas. A partir de ahí, seguimos juntos."
Este piloto fue desarrollado por el BID en colaboración con el Ministerio de Educación Pública de Costa Rica (MEP) y la Universidad Nacional (UNA), en el marco del programa Leamos Juntos.