- Para que un programa de crianza sea efectivo, debe reflejar el contexto cultural, las experiencias y la vida cotidiana de las familias participantes.
- Con apoyo del BID, Panamá adaptó Cuidarte, un programa de crianza y desarrollo infantil basado en evidencia, para comunidades Guna, Emberá y Ngäbe.
- Profesionales indígenas y miembros de las comunidades contribuyeron a adaptar las actividades, ilustraciones y materiales del programa, preservando sus objetivos pedagógicos.
En la Comarca Emberá-Wounaan, en el bosque tropical del Darién panameño, un grupo de madres y facilitadoras revisaba una de las actividades propuestas como parte de “Cuidarte”, un programa de desarrollo infantil implementado por el Ministerio de Desarrollo Social de Panamá. La actividad era sencilla: un niño de 3 años juega a servir té a una visita, con el objetivo de estimular el lenguaje y el juego simbólico. Pero una pregunta de la facilitadora cambió el rumbo de la conversación: “¿Quién toma té aquí?”.
La respuesta fue unánime: nadie.
Luego vino una segunda pregunta: “¿Y cómo reciben visitas para el té en la comunidad?”
La escena tampoco resultó familiar. Quedó claro que tanto la bebida como la situación representaban una realidad ajena para las familias Emberá. Para mantener el propósito pedagógico de la actividad, era necesario adaptarla culturalmente. Entonces, en lugar de jugar a “recibir visitas para el té”, la actividad se modificó para que los niños y las niñas jugaran a preparar alimentos y compartir tareas cotidianas familiares. El objetivo pedagógico permaneció intacto; lo que cambió fue el escenario cultural que le daba sentido.
"Cuidarte" es una adaptación de Reach Up and Learn, una intervención de crianza y estimulación temprana desarrollada originalmente en Jamaica y ampliamente reconocida por su sólida base de evidencia. Con apoyo del BID, este programa busca llegar a niños de hasta 4 años en áreas rurales y de difícil acceso en comunidades Guna, Emberá y Ngäbe. Y hacerlo con calidad.
A través de "Cuidarte", una facilitadora indígena realiza visitas semanales a las familias y les brinda herramientas para que ellas mismas promuevan el desarrollo cognitivo, psicoemocional y del lenguaje de sus niños. Las actividades están estructuradas según la edad y se realizan con materiales sencillos y de bajo costo.
Pero llevar un programa basado en evidencia a contextos culturales diversos plantea un desafío: ¿cómo mantener la fidelidad al modelo original y, al mismo tiempo, asegurar que las actividades sean relevantes para las familias de cada comunidad?
La evidencia señala que, cuando las familias se identifican con los materiales de un programa, participan con mayor consistencia y es más probable que se obtengan mejores resultados. También sabemos que el aprendizaje ocurre cuando la nueva información se conecta con las estructuras cognitivas existentes, es decir, con los conocimientos, las experiencias, el lenguaje, las creencias y los marcos conceptuales previos. Diversos estudios muestran que la cultura es una de las estructuras sobre la que se sostiene el aprendizaje.
Por eso, para el proceso de adaptación se conformó un equipo de profesionales indígenas de cada pueblo, quienes lideraron investigaciones cualitativas en sus territorios. A través de entrevistas y grupos focales con 185 madres, padres, autoridades locales, líderes comunitarios y promotoras indígenas, se exploraron aspectos esenciales de la vida cotidiana, por ejemplo:
Rutinas diarias de los niños.
Prácticas y valores en torno a la crianza.
Quiénes son los principales cuidadores.
Dinámicas de alimentación, sueño, juego y baño.
Espacios donde transcurre la vida familiar.
Además de recopilar información comunitaria, estos expertos revisaron junto al equipo técnico los materiales del programa: la guía curricular, las ilustraciones y el manual de juguetes, para identificar qué elementos debían transformarse y por qué.
Muchas de las diferencias identificadas no eran superficiales. Los personajes originales del programa tenían rasgos físicos, tonos de piel, peinados y ropa muy distintos de los de las familias Guna, Emberá o Ngäbe. Los hogares representados mostraban camas, bañeras y cocinas urbanas. Pero en muchas comunidades indígenas, los niños duermen en hamacas o colchonetas, se bañan en ríos y viven y juegan en espacios abiertos. En lugar de automóviles, muchas familias se trasladan a pie, en canoas, piraguas o botes. En lugar de platos, el uso de boles o totumas suele ser más común.
La adaptación cultural de “Cuidarte” es el paso previo a una fase decisiva: la implementación del programa en los territorios. Es ahí donde el trabajo realizado —desde la escucha activa hasta el rediseño de contenidos— se traducirá en mejores prácticas de crianza.
En este proceso, el BID acompañará la puesta en marcha y realizará una evaluación de los efectos del programa sobre el desarrollo infantil y la calidad del ambiente del hogar en una de las comarcas. La evidencia que se genere no solo permitirá ajustar y fortalecer “Cuidarte” en Panamá, sino también aportar aprendizajes valiosos sobre cómo llevar programas basados en evidencia a contextos culturalmente diversos de manera efectiva, pertinente y sostenible.