- La infraestructura científica determina la capacidad de producir conocimiento y convertirlo en innovación con impacto económico y social.
- Laboratorios de investigación, centros de investigación aplicada, espacios de formación avanzada y plataformas tecnológicas compartidas requieren gobernanza, capacidades de gestión y mecanismos de vinculación con el sector productivo.
- Sin buena gobernanza, gestión y conexión con el sector productivo, incluso grandes inversiones en ciencia pierden efectividad.
La infraestructura científica rara vez ocupa titulares, pero determina qué conocimiento puede producir un país, qué tecnologías puede validar y qué tan rápido puede convertir la ciencia en innovación productiva. En América Latina y el Caribe es, sin embargo, uno de los componentes más relegados de las políticas de ciencia, tecnología e innovación.
En 2023 la inversión regional en investigación y desarrollo apenas representó el 0,60% del PIB, muy por debajo del 2,6% observado en las economías de la OCDE, y estuvo concentrada en pocos países, como Brasil, Argentina y México.
Este nivel de inversión, además de ser limitado, debe cubrir no solo la investigación en sí, sino también el mantenimiento, la renovación y la construcción de la infraestructura que permite a un país diagnosticar enfermedades, garantizar la inocuidad de los alimentos, desarrollar tecnologías, formar capital humano avanzado y competir en sectores intensivos en conocimiento.
¿Qué abarca la infraestructura científica?
La infraestructura científica incluye laboratorios de investigación en ciencias de la vida, química, materiales o salud pública, donde la calidad de las condiciones ambientales, la bioseguridad y el equipamiento especializado determinan la confiabilidad de los resultados.
También abarca laboratorios y centros de investigación aplicada, orientados a ensayos, certificación, prototipado y validación tecnológica, donde la infraestructura funciona como puente entre academia y empresas.
A ello se suman laboratorios docentes y espacios de formación avanzada en universidades e institutos tecnológicos, esenciales para desarrollar habilidades prácticas y preparar talento para sectores intensivos en conocimiento.
Una cuarta modalidad clave son las plataformas tecnológicas compartidas —como laboratorios nacionales, redes de equipamiento o centros multicliente— que permiten experimentar de forma eficiente y segura, validar soluciones, prestar servicios científicos y colaborar con el sector productivo, generar economías de escala y ampliar el acceso a equipos y conocimiento especializados.
Todos estos espacios forman parte del sistema de ciencia, tecnología e innovación (CTI) y, en conjunto, son determinantes del tipo de ciencia que puede producir un país y de su impacto económico y social. Y todos ellos enfrentan desafíos similares: sostenibilidad operativa, gobernanza clara, estándares de calidad y modelos de uso que evitan la subutilización. Integrar estos elementos desde la fase de diseño convierte la infraestructura científica en un habilitador transversal de productividad, transferencia tecnológica y formación de talento.
Incluso cuando estos avances en el sistema de CTI se consolidan, su impacto depende de la existencia de capacidades que permitan realizar experimentos de forma eficiente y segura, validar soluciones, prestar servicios científicos y colaborar con el sector productivo.
Infraestructura científica: mucho más que hacer una obra
La experiencia acumulada en los proyectos que hemos apoyado desde el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) muestra un patrón recurrente: cuando la infraestructura científica no se concibe como una condición estratégica habilitante desde su diseño, las inversiones en talento, equipamiento y programas enfrentan límites estructurales.
Estos límites no solo afectan la producción científica, sino también la capacidad del sistema de innovación de transformar conocimiento en soluciones con valor económico y social. Invertir en infraestructura científica es, en realidad, invertir en capacidades nacionales de desarrollo.
En la práctica, la experiencia del BID muestra que la infraestructura científica opera como un sistema multisectorial que articula sectores como salud, agricultura, ambiente, industria y educación superior. No se trata de un componente aislado, sino que es una plataforma transversal que habilita nuevo conocimiento, fortalece la colaboración, atrae talento y sostiene la productividad, la innovación y el desarrollo económico.
En el sistema de CTI, la infraestructura define qué tipo de ciencia es posible y con qué nivel de eficiencia y seguridad puede desarrollarse. Así, un laboratorio con condiciones ambientales controladas habilita investigación experimental avanzada; los espacios de prototipado facilitan el paso del diseño a la prueba, y las plataformas tecnológicas compartidas fomentan la colaboración entre instituciones que, de otro modo, operarían de manera aislada.
En la práctica: experiencias del BID en la región
El BID ha contribuido a fortalecer capacidades clave para la generación y aplicación de conocimiento, apoyando, por ejemplo, la construcción y actualización de infraestructura de campus y centros de formación en Perú y Ecuador; laboratorios de alimentos e inocuidad en Uruguay y Perú; de metrología y calidad en Guyana y México, y de sanidad animal en República Dominicana y Perú, además de iniciativas de fortalecimiento científico en Panamá.
El papel de la infraestructura también es crítico en la formación para la investigación desde la niñez. La infraestructura educativa orientada a STEAM (ciencia, tecnología, ingeniería, artes y matemáticas, por sus siglas en inglés) financiada por el BID, como aulas especializadas, laboratorios escolares y espacios de experimentación temprana, cumple un rol clave para acercar a niños y jóvenes al pensamiento científico y a la resolución de problemas. Estos espacios construyen la base del talento científico que luego nutrirá universidades, centros de investigación y sectores productivos intensivos en conocimiento.
A nivel internacional, modelos como el Children’s National Research & Innovation Campus, en Washington, D.C., muestran cómo las plataformas tecnológicas compartidas pueden integrar investigación, innovación y servicios especializados—como la atención en enfermedades raras y genética clínica, la medicina de precisión, el diagnóstico genómico avanzado y la investigación traslacional—en un solo lugar.
La infraestructura científica implica pensar en funcionalidad, flexibilidad, operación, mantenimiento y gobernanza. Mientras construir un laboratorio es la parte más visible de la inversión, su impacto real depende de cómo se opera, quién lo gobierna y cómo se conecta con quienes necesitan sus resultados. Sin estos elementos, incluso infraestructuras científicas de alto nivel pueden enfrentar riesgos de subutilización o limitar su impacto en la innovación.
Infraestructura, productividad y desarrollo
En los sistemas de CTI, la productividad también depende de las condiciones materiales en las que el talento trabaja. Laboratorios con limitaciones operativas, equipamiento subutilizado o espacios poco funcionales generan fricciones cotidianas: más tiempo por experimento, menor eficiencia en el uso de recursos y mayores costos para producir resultados científicos confiables.
La infraestructura científica es uno de los factores que silenciosamente condiciona los resultados del sistema de CTI. Así, una productividad científica limitada suele reflejarse en menos investigación aplicada, menor transferencia tecnológica y una capacidad reducida para responder a las demandas del sector productivo.
Por el contrario, cuando las capacidades se articulan con las necesidades del sector productivo, los laboratorios y centros de investigación pueden convertirse en proveedores de servicios científico-tecnológicos, plataformas de validación tecnológica o espacios de colaboración para proyectos de innovación empresarial.
Invertir en ciencia no es solo financiar investigación
Invertir en ciencia y tecnología es apostar por el desarrollo a largo plazo, pero esa apuesta solo se materializa si los sistemas de CTI son productivos y relevantes para la economía y la sociedad.
Pensar estratégicamente la infraestructura científica implica integrar desde el diseño la gobernanza, el financiamiento operativo, la gestión de plataformas tecnológicas y la vinculación con el sector productivo.
En un mundo donde la innovación marca el ritmo del desarrollo, la región no puede mantener invisibles los espacios donde ocurre la ciencia. La infraestructura científica no es un costo, es capacidad instalada para producir conocimiento, valor y crecimiento.
¿Cómo está diseñando tu país la infraestructura científica del futuro? El BID acompaña a los gobiernos de la región en ese desafío.
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