- Chile conserva fortalezas relevantes, pero su crecimiento ha perdido dinamismo, hasta el punto de que la productividad se ha convertido en un desafío cada vez mayor.
- La inversión, la innovación y la conectividad enfrentan ciertos obstáculos que elevan costos, reducen la capacidad de adaptación y afectan la competitividad.
- Ahora bien, resolviendo esos desafíos Chile podría abrir una nueva etapa de crecimiento más dinámico, sofisticado e integrado, de acuerdo con un estudio reciente del BID.
Durante décadas, Chile fue uno de los grandes referentes económicos de América Latina. Su crecimiento sostenido, la reducción de la pobreza, la estabilidad institucional y su temprana apertura al comercio internacional lo convirtieron en un caso de estudio dentro y fuera de la región.
Hoy, sin embargo, el país parece enfrentarse a un desafío distinto: la economía sigue creciendo, pero a un ritmo mucho menor, de acuerdo con un estudio reciente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Durante la década pasada, el PIB real avanzó en torno al 2% anual, menos de la mitad del crecimiento registrado en períodos anteriores. Como se aprecia en el gráfico 1, la tasa de crecimiento se redujo a menos de la mitad en una década, una desaceleración a la que contribuyó la baja productividad.
¿Cómo recuperar el dinamismo perdido?
Así pues, la pregunta ya no es tanto cómo mantener el crecimiento, sino más bien cómo recuperar su dinamismo económico en un contexto global cada vez más competitivo y marcado por profundas transformaciones productivas, sociales y ambientales. Se trata, además, de un desafío que Chile comparte con otros países. La desaceleración de la productividad se ha convertido en una carga cada vez más pesada para el crecimiento en buena parte de la región.
En el caso de Chile, la evidencia apunta a varios factores estrechamente relacionados: el estancamiento de la productividad, bajos niveles de innovación y crecientes cuellos de botella para la inversión privada. Si bien es cierto que Chile conserva importantes fortalezas -desde la calidad de sus instituciones hasta su integración internacional- también enfrenta obstáculos persistentes que limitan la inversión, dificultan la innovación y reducen su capacidad para adaptarse a un entorno económico cada vez más exigente.
Tres ejes de acción
Para lograrlo, el país necesita avanzar en tres ejes estrechamente relacionados: fortalecer las capacidades institucionales para impulsar la inversión, modernizar la estructura productiva y cerrar brechas en infraestructura, logística e integración regional.
1. Inversión privada: un desafío institucional, no solo económico
Chile cuenta con una institucionalidad sólida. Sin embargo, ciertos obstáculos vienen dificultando la inversión, elevando la incertidumbre y aumentando los costos de los proyectos.
Un dato ilustra la magnitud del problema: existen más de 380 tipos de permisos que inciden en los proyectos de inversión, en procesos largos y fragmentados que elevan la incertidumbre y los costos. En sectores estratégicos como la minería, la aprobación de un proyecto puede tardar hasta ocho años, con sobrecostos que pueden alcanzar el 20% del presupuesto original.
Estas restricciones no solo afectan el volumen de inversión, sino también su composición. Los sectores más innovadores, intensivos en tecnología o con mayores niveles de riesgo son, precisamente, los más sensibles a este entorno. No es casualidad: la evidencia muestra que la calidad de la regulación y la capacidad institucional son factores determinantes del desarrollo productivo. Cuando los sistemas son fragmentados, los procesos se extienden y la interoperabilidad es baja, aumenta la incertidumbre, se desalienta la entrada de nuevos actores y se limita la capacidad de adaptación del tejido productivo.
Avanzar no implica debilitar los estándares, sino fortalecer las capacidades del Estado para simplificar y digitalizar procesos, mejorar la coordinación interinstitucional y generar una mayor predictibilidad regulatoria y certeza jurídica.
2. Modernización productiva: ¿cómo generar más valor agregado?
Este segundo eje apunta a la necesidad de diversificar y sofisticar la economía. En un contexto global cada vez más competitivo, el crecimiento futuro dependerá no solo de cuánto produce el país, sino también de su capacidad para incorporar conocimiento, tecnología e innovación a sus actividades productivas.
Chile mantiene una alta dependencia de sectores intensivos en recursos naturales. Las exportaciones siguen concentradas y el contenido tecnológico de la producción continúa siendo bajo en comparación con el de economías más avanzadas. No se trata de abandonar esos sectores, sino de transformarlos y complementarlos con nuevas actividades capaces de generar más innovación y valor agregado.
Sectores tradicionales como la minería seguirán siendo fundamentales, pero enfrentan presiones crecientes que afectan su productividad: menores leyes del mineral, mayores costos, exigencias ambientales y requerimientos tecnológicos cada vez más complejos. La respuesta pasa por modernizar estas actividades mediante la incorporación de tecnologías digitales, una mayor eficiencia operativa y una mayor captura de valor a lo largo de las cadenas productivas.
Al mismo tiempo, el país debe avanzar en sectores emergentes, como los servicios basados en el conocimiento. Sin embargo, persisten obstáculos importantes para fortalecer la innovación y acelerar la incorporación de nuevas tecnologías. La inversión en I+D ronda apenas el 0,39% del PIB, muy por debajo del promedio de la OCDE, mientras que la proporción de empresas que innovan sigue siendo reducida. A ello se suma una limitada transferencia de conocimiento entre universidades y empresas, lo que dificulta la difusión de nuevas capacidades productivas.
Además, aparece un factor crítico: el capital humano. Cerca de la mitad de las empresas reporta dificultades para encontrar trabajadores con las competencias adecuadas, especialmente en entornos digitales.
Por eso, el desarrollo productivo requiere también de una agenda explícita de formación y reconversión del talento que contribuya a fortalecer las competencias digitales y tecnológicas y orientar mejor la formación a las necesidades del mercado laboral.
3. Infraestructura y logística: las claves de la integración comercial
Chile enfrenta brechas relevantes en infraestructura y logística que afectan directamente su competitividad. El transporte de carga depende en torno al 80% de las carreteras, mientras que los principales pasos fronterizos siguen registrando congestión y largos tiempos de espera.
Para una economía sumamente abierta como la chilena, estas limitaciones se traducen en mayores costos logísticos y dificultan la inserción en las cadenas globales de valor, donde la rapidez, la coordinación y la eficiencia son factores decisivos.
Lo cierto es que mejorar la logística, la conectividad y la coordinación fronteriza puede reducir los costos del comercio, impulsar las exportaciones y elevar la productividad de las empresas.
La apuesta por la transformación
Aprovechar plenamente las oportunidades que Chile tiene por delante exigirá avanzar de manera simultánea y consistente en estos tres frentes. El reto consiste en sacarles partido.
En nuestra reciente publicación BIDeconomics Chile: Panorama de oportunidades, proponemos una serie de recomendaciones orientadas a avanzar en estos ámbitos. Contemplamos medidas destinadas a facilitar la inversión, impulsar la sofisticación y diversificación del aparato productivo y ampliar la conectividad, tanto física como digital.
No se trata solo de crecer más, sino de transformar la forma de hacerlo para sentar las bases de un crecimiento más dinámico, resiliente e inclusivo, que contribuya al bienestar de la población y fortalezca la resiliencia productiva y ambiental del país.