- En 2024, cerca del 42% de la electricidad de Centroamérica, Panamá y República Dominicana (CAPARD) se generó con combustibles fósiles, lo que expone a la región a la volatilidad de los precios internacionales.
- Frente a esta vulnerabilidad, diversificar las matrices eléctricas, reduciendo la dependencia de los derivados del petróleo y ampliando la participación de fuentes renovables, puede contribuir a reducir los costos, las emisiones y la exposición a los choques externos.
- En esta transición, el gas natural puede ofrecer una alternativa de menor costo y mayor flexibilidad en determinados sistemas eléctricos, como complemento de las energías renovables.
América Central y la República Dominicana han vuelto a sentir en 2026 los efectos de su vulnerabilidad energética ante la volatilidad de los precios internacionales del petróleo. Tras comenzar el año cerca de los US$61 por barril, uno de los niveles más bajos de los últimos años, el precio del crudo Brent superó los US$115 hacia finales de abril, impulsado por el conflicto en Irán (Figura 1). Este aumento, provocado por una interrupción del suministro y no por un ajuste ordinario de oferta y demanda, ilustra los riesgos de depender de los combustibles importados.
En una región en la que las fluctuaciones de los precios internacionales de los combustibles repercuten tanto en los costos de generación eléctrica como en las tarifas y las finanzas públicas, diversificar las matrices eléctricas es un objetivo prioritario. En efecto, reducir la dependencia de los derivados del petróleo y ampliar la participación de las energías renovables permitiría disminuir la exposición a los choques externos sin comprometer la confiabilidad del suministro.
Por esa razón, esta agenda es particularmente importante para los países que más dependen de la importación de combustibles fósiles para generar electricidad. Esta dependencia los expone a la volatilidad de los precios internacionales, con consecuencias para la estabilidad macroeconómica, la balanza de pagos, el gasto público y la competitividad, como señala la publicación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) La nueva opción energética: Gas natural para Centroamérica. La magnitud de esta exposición se aprecia también en el peso de los combustibles en las importaciones de la región: en 2024, los derivados del petróleo representaron, en promedio, cerca del 14% de las mercancías importadas, con participaciones de entre el 6% y el 20% según el país.
Para evitar que los aumentos de los precios internacionales de los combustibles se trasladen íntegramente a las tarifas eléctricas, los gobiernos suelen recurrir a subsidios. En 2025, el costo fiscal directo de estos subsidios fue inferior al 1% del PIB (Figura 2), pero puede aumentar en períodos de fuertes alzas de precios y reducir los recursos disponibles para otras políticas públicas. A estos subsidios explícitos se suman los llamados subsidios implícitos, de mayor magnitud, que corresponden a los costos ambientales y sanitarios del uso de combustibles fósiles que no se reflejan en sus precios.
Este panorama plantea una cuestión central: cómo reducir la vulnerabilidad energética de la región sin comprometer la confiabilidad del suministro ni imponer nuevos costos a las economías y los consumidores.
Hacia matrices energéticas más diversificadas
En 2024, cerca del 42% de la generación eléctrica de Centroamérica, Panamá y República Dominicana (CAPARD) provino de combustibles fósiles, con diferencias sustanciales entre países: desde matrices dominadas por la hidroelectricidad hasta sistemas donde los fósiles superan el 75%. Pese a esos puntos de partida distintos, la región comparte una necesidad común: avanzar hacia alternativas que reduzcan costos, emisiones y exposición a la volatilidad de los combustibles fósiles, sin comprometer la confiabilidad del suministro.
En la Figura 3 puede apreciarse la composición de las matrices eléctricas en 2000 y en el último año disponible (2024 o 2025, según el país). La hidroelectricidad supera el 50% en Costa Rica (74,8%), Panamá (53,1%) y Belice (51,1%), mientras que los combustibles fósiles representan el 74,1% de la generación en México y más del 75% en República Dominicana. La generación solar y eólica, prácticamente nula en 2000, alcanza el 20,3% en El Salvador (solar) y el 12,1% en Costa Rica (eólica). Por su parte, la bioenergía, que incluye la generación a partir de biomasa, como el bagazo de caña y otros residuos, representa el 22,2% en Guatemala y el 19,7% en Nicaragua.
En sistemas donde el combustóleo, también llamado fuel oil, mantiene una participación importante, el gas natural puede constituir una alternativa de menor costo. En México, estimaciones para plantas de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) apuntan a un costo variable de generación aproximadamente un 63% menor con gas natural que con combustóleo. Y en República Dominicana, el Banco Central estima que sustituir el combustóleo por gas natural permitiría reducir los costos de generación eléctrica en torno a un 42%.
Además del ahorro económico, la sustitución de combustibles líquidos más intensivos en carbono por gas natural puede reducir las emisiones directas de dióxido de carbono (CO₂). Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA), el gas natural emite alrededor de un 30% menos de CO₂ que el diésel y el combustóleo, y un 45% menos que el carbón por unidad de energía (Figura 4).
El rol central de la confiabilidad dentro del sistema energético
Un aspecto a menudo subestimado de la transición energética es la confiabilidad del suministro. Un sistema más limpio debe ser capaz, al mismo tiempo, de garantizar continuidad, calidad y seguridad en el abastecimiento.
Para entablar esta transición desde una perspectiva integral es preciso apostar por:
• inversiones en almacenamiento y redes inteligentes;
• marcos regulatorios que faciliten la integración de nuevas tecnologías;
• una planificación energética que priorice la resiliencia del sistema.
El gas natural también puede desempeñar un papel complementario en los sistemas eléctricos que utilizan cada vez más energías renovables. Las plantas de ciclo combinado o de turbina a gas pueden generar electricidad de forma continua, ajustar su producción a las necesidades del sistema y reducirla cuando las renovables operan a plena capacidad. Esta flexibilidad facilita la integración de proporciones crecientes de energía solar y eólica, junto con las inversiones en almacenamiento y redes necesarias para preservar la estabilidad del suministro.
Una agenda regional de desarrollo
La transición energética en la región no será inmediata ni uniforme. Cada país deberá encontrar su propia ruta, en función de su matriz eléctrica, los recursos disponibles y las necesidades de su sistema. El desafío común consiste en reducir gradualmente la exposición a los combustibles más costosos y contaminantes, expandir las fuentes renovables y realizar las inversiones e incorporar las tecnologías necesarias para preservar la confiabilidad del suministro.
Para hacer avanzar esta agenda es preciso aplicar un enfoque pragmático, adaptado a las prioridades y circunstancias de cada país. Bajo esta premisa, el BID apoya el desarrollo de transiciones energéticas técnicamente viables, fiscalmente sostenibles y socialmente responsables.