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Un plan de buena cepa

Algo está cambiando en el paisaje que rodea a la ciudad de Matagalpa, en el norte de Nicaragua. Son cambios sutiles, a diferencia de las catástrofes que estremecieron a la región en décadas recientes, como la guerra civil, las sequías causadas por El Niño y las secuelas del huracán Mitch.

En realidad se precisa ojo de buen conocedor para notar qué hay de nuevo en el mosaico de pequeñas granjas y colinas boscosas. De otro modo, hace falta un buen guía, alguien como Marcos Guatemala.

 Guatemala, un experto forestal que trabaja para el gobierno (**), y miembros de varias organizaciones no gubernamentales estaban visitando a agricultores que participan en un nuevo programa de forestación y manejo de tierras. Desde su camioneta, señaló hacia un paño verde sobre una ladera cubierta de cafetos. Era una plantación de pino. Cerca de las cumbres, la vegetación era de un verde más oscuro, restos del bosque natural, que ahora está protegido. Hasta hace poco, ese tipo de bosque había sido talado indiscriminadamente para abrir más tierra al cultivo.
Guatemala se detuvo a observar un campesino arando con una yunta de bueyes. Parecía una escena del pasado, salvo que el campesino araba siguiendo el contorno de la tierra. Antes, apuntó Guatemala, los agricultores solían arar cuesta arriba y cuesta abajo, abriendo surcos que permitían que el agua corriese libremente por la ladera, arrastrando la capa de humus.

 Al llegar a la granja de Jaime Lanza Arauz, los visitantes recorrieron su predio sembrado de cafetos intercalados con bananos y otros cultivos. Tras la tranquera de alambre de púa, encontraron a Lanza limpiando una zanja a machetazos.
Como muchos pequeños agricultores, Lanza se instaló en esta comarca cuando terminó la guerra civil de los años ochenta, en el marco de una campaña para brindarles a los ex combatientes desmobilizados una manera de ganarse la vida y mantener a sus familias. Si bien la región tiene el aire bucólico de una tierra labrada desde tiempos inmemoriales, hace tan sólo una década estaba cubierta por bosques naturales que cobijaban una gran variedad de flora y fauna, protegían las fuentes de agua y cumplían otras funciones ambientales. Pero a medida que avanzaban ladera arriba, los agricultores fueron talando el bosque, provocando erosión, escasez de madera y hasta cambios en el clima local. Muchos antiguos vecinos aseguran que Matagalpa ahora es más calurosa y seca de lo que solía ser. La aridez y la ausencia de la cúpula forestal ha causado una escasez de agua que ya desencadenado conflictos. A menudo, las autoridades municipales en Matagalpa se ven forzadas a cortar el suministro de agua a algunos vecindarios, cuyos enfurecidos residentes suelen reabrir las válvulas por la fuerza.

Aunque los campesinos como Lanza forman parte del problema, también son parte de la solución. Lanza le mostró a sus visitantes que cada planta y cada árbol en sus dos hectáreas de tierra tienen el propósito ulterior de impedir la erosión del suelo. Cuando llueve, explicó, el descenso del agua es frenado por pilas de vegetación cuidadosamente construidas y luego por zanjas bordeadas por arbustos. Las hileras de cafetos y bananos siguen el contorno de la ladera. Hasta las cercas cumplen su parte. En vez de postes clavados en la tierra, Lanza usa árboles vivos, plantados donde puedan interceptar mejor el flujo de agua cuesta abajo.
Este tipo de agricultura representa “un montón de trabajo” para Lanza y su familia, según reconoce el propio campesino, pero asimismo asegura que desde que comenzó a usar estas técnicas de conservación hace dos años ha notado mejorías en las condiciones del suelo y en el rendimiento de sus cultivos.
Lanza aprendió esas técnicas de especialistas como Donaldo Tórrez, quien trabaja para una organización no gubernamental. Esa ONG le proporcionó a Lanza los árboles y el alambre de púa para erigir su cerca, además de apoyo técnico a largo plazo basado en confianza mutua. “Siempre hay que tener en cuenta la opinión del agricultor”, explicó Tórrez. Como medida de esa confianza, Tórrez y sus colegas han trabajado con agricultores de la región para cavar 18 kilómetros de zanjas para conservación del suelo.

Obstáculos y soluciones. Lanza es uno de los 2.300 agricultores de la cuenca del río Estelí que se han sumado a los esfuerzos del Programa de Desarrollo Socio-Ambiental y Forestal (POSAF) por preservar el medio ambiente y asegurar el futuro de sus granjas. Considerando la magnitud de los problemas económicos y sociales que han relegado a Nicaragua a la condición del país más pobre de América Central, POSAF posee una notable trayectoria de logros.
Para comenzar, POSAF ha reclutado un gran número de propietarios para tomar parte en una campaña de forestación y preservación del suelo en un continente donde los fracasos son más frecuentes que los éxitos. En cierto país, por ejemplo, un programa de protección de cuencas orientado a contener la acumulación de sedimento en el embalse de una planta hidroeléctrica no ha podido evitar que los agricultores locales talen los bosques circundantes, incluso en tierras de la empresa de electricidad y hasta el mismo borde del agua. En la propia Nicaragua, comenzó hace algunos años un gran programa de forestación, con optimismo y fuerte apoyo internacional, pero ahora consiste de grandes extensiones de árboles quemados y tumbados.
Por otra parte, POSAF es una iniciativa gubernamental administrada con la eficiencia y el fervor característicos del sector privado, algo raro en América Latina. En muchos lugares del continente, especialmente en comarcas rurales y barrios marginales, el gobierno está virtualmente ausente, dejando un vacío que llenan las ONG con servicios de salud, extensión rural y otros.

Un singular programa público-privado opera en siete zonas prioritarias para ayudar a los lugareños a conservar sus tierras y los vestigios de los ecosistemas originales.

En tan sólo cuatro años, POSAF ha contribuido a establecer medidas de conservación de suelo en casi 75.000 hectáreas de tierra en las cuencas de los siete ríos donde opera (ver mapa). Es un poco menos de su meta de 80.000 hectáreas, pero un considerable logro si se tienen en cuenta los daños causados por la sequía que provocó El Niño y las inundaciones que desencadenó el huracán Mitch. Para llegar a esos resultados, POSAF trabaja con 8.000 productores – el doble de lo previsto originalmente – prestándoles asistencia técnica y modestos créditos para inversión y capital de trabajo. Alrededor de 80 por ciento de los productores son de pequeña y mediana escala; por ello, demora considerablemente más tiempo en incorporar más hectáreas al programa de conservación que si el programa estuviera orientado a grandes terratenientes.
Además, POSAF proporciona capacitación en métodos de agricultura sostenible a unos 600 grupos y trabaja con cinco municipios en programas de reforestación, conservación de suelos y mejora de caminos. En lugar de intentar hacer cambios drásticos en los sistemas de producción, POSAF ayuda a los agricultores a hacer mejor lo que ya están haciendo.

Marcos Guatemala, quien ha sido director técnico de forestación del programa desde sus comienzos en 1996, se siente orgulloso de los logros de POSAF. La mayoría de sus éxitos, asegura, se pueden atribuir a un factor esencial: la autonomía. El programa administra un considerable monto de dinero y desde sus comienzos se reconoció que POSAF podía ser un blanco obvio de intereses políticos. Por eso, cuando el BID acordó apoyar el programa con un préstamo de 15,3 millones de dólares, el Banco insistió en que POSAF tuviese considerable independencia dentro del Ministerio de Medio Ambiente, que administra el programa. De esa forma, POSAF recibió la libertad de manejar sus recursos y su personal sobre la base de consideraciones técnicas en vez de políticas. Como resultado, el programa pudo formar un plantel de técnicos muy calificados, muchos de los cuales ingresaron en sus comienzos, contribuyendo a asegurar un alto grado de continuidad y responsabilidad.
“Desde nuestra fundación hemos pasado por tres representantes del BID en Managua y tres especialistas de proyecto”, apuntó Marcos Guatemala. “Todos han insistido en la misma filosofía”.
El BID y el gobierno de Nicaragua están discutiendo ahora cómo expandir el programa en una segunda fase. Pero a pesar del excelente historial de POSAF, Marcos Guatemala no se siente totalmente tranquilo en cuanto al futuro. Aunque espera que el programa retenga su autonomía, no la toma por sentado. “Si las cosas cambian, podríamos perder todo”, advierte. La necesidad de continuidad es particularmente importante en forestación y manejo de tierras, explica, porque los plazos son largos. Una mala administración puede barrer el progreso logrado con muchos años de esfuerzos.
Otra importante característica de POSAF es su minúsculo plantel de apenas 12 técnicos y cuatro empleados administrativos. Sólo tres están basados en Managua y los otros manejan oficinas de extensión y supervisan la labor de las organizaciones no gubernamentales con los agricultores. Tan sólo ocho por ciento del presupuesto del programa se dedica a salarios, vehículos y equipos de oficina. Las actividades productivas absorben el 63 por ciento de los fondos y las ONG el resto. Por el contrario, en muchos entes estatales de América Latina, la mayor parte del presupuesto es gasta en salarios del personal.
El personal de POSAF mantiene una relación de colegas con las ONG y los agricultores. “Las ONG nos respetan y los agricultores creen que haremos lo que decimos que vamos a hacer algo”, dice Guatemala. “Si alguien tiene alguna queja sobre el programa, queremos oírla, para ver si es necesario hacer algún cambio.”

Fuegos apagados. Una vez más al volante de su camioneta, Marcos Guatemala apunta al diáfano cielo y la buena visibilidad, producto de la falta de humo. Antes, dice, el fin de la temporada seca era la señal para comenzar a quemar malezas y despejar la tierra. Los agricultores consideraban al fuego una herramienta esencial para su labor, un herbicida y pesticida de bajo costo. “Si no encendían fuegos, no plantaban”, explica el especialista de POSAF. Pero la quema también causaba daños químicos a los suelos y aceleraba la erosión. Uno de los primeros resultados tangibles de la labor del programa ha sido reducir la quema mediante campañas educativas que le demuestran a los agricultores las consecuencias nocivas de tales prácticas. En recientes temporadas secas, ni uno de los 2.000 agricultores que trabajan con POSAF en la cuenca del río Estelí recurrió al fuego. Al mismo tiempo, los agricultores aprendieron a sembrar sus parcelas en barbecho con legumbres para enriquecer el suelo con nitrógeno, lo cual ayuda a aumentar la producción de maíz.
El camino bordea el río Estelí, que ahora fluye mansamente, pero en 1998 se tornó en un furioso torrente que arrastró la capa fértil de la tierra, creando un paisaje desolado de arena y canto rodado. Pero podría haber sido peor. Una evaluación de POSAF determinó que la preservación forestal y la reforestación habían amortiguado el impacto del huracán Mitch. En verdad, apuntó Marcos Guatemala, las nuevas técnicas redujeron la erosión en la zona de Matagalpa. En la región sur del país, añadió, grandes obras de conservación salvaron a Managua de sufrir daños más serios. Pero el especialista de POSAF evitó magnificar el efecto de las medidas de conservación. Las lluvias que trajo el huracán Mitch fueron de tal magnitud que ningún bosque, por más denso que fuera, hubiese evitado grandes daños, explicó. Como prueba, señaló unas grandes cicatrices en las laderas de los cerros donde ni siquiera tupidos bosques evitaron que el suelo saturado de agua se deslizara barranca abajo. “Nada podría haber contenido al suelo”, afirmó.
Marcos Guatemala siguió la recorrida pasando por un paisaje de cafetos y ocasionales galpones de almacenaje con carteles prometiendo a los agricultores los mejores precios. Esta es la principal área cafetera de Nicaragua y POSAF está ayudando a los pequeños agricultores a cultivar mejor. En condiciones ideales, explicó, cultivarían café orgánico, que tiene un impacto mínimo en el medio ambiente y se vende a buen precio en el mercado internacional. Pero los cafetos orgánicos son caros y difíciles de cultivar; además, es costoso obtener la necesaria certificación internacional. Pero el café tradicional también demanda abundantes insumos y crece mejor en tierras donde hubo bosques naturales. Por eso POSAF ayuda a los pequeños agricultores a tomar un camino intermedio, enseñándoles a producir una variedad “agroforestal” de cafetos que se pueden plantar en tierras de pastoreo intercalándolos con otros cultivos y árboles de sombra, cultivándolos con comparativamente poco fertilizante.
Arnuldo Corrales, dueño de 18 hectáreas de cafetos, frutales y pinos, es típico de los agricultores de Matagalpa en que no viene de una cultura forestal. De todas maneras, estos productores rurales están viendo ahora con sus propios ojos los efectos de la deforestación. Muchos propietarios que despejaron sus tierras hace sólo una década ahora le están pidiendo a POSAF que los ayude a restablecer el bosque. Sólo los grandes propietarios tienen suficiente tierra como para dejar parcelas en barbecho y permitir así que la naturaleza se encargue de restablecer especies nativas. Los agricultores más modestos como Corrales consideran que la tierra regenerada por la naturaleza está siendo desperdiciada. Para ellos, reforestar significa plantar árboles para cosecharlos más tarde, en este caso pinos tropicales nativos en grandes áreas de Centroamérica.
Con una agilidad que contrasta con su pelo blanco, Corrales ayudó a sus visitantes a pasar bajo una alambrada y los guió a una colina tan escarpada que sólo se podía treparla tomándose del tronco de los árboles. Los árboles, de sólo dos años, ya tenían dos metros de altura. Pero pese al promisorio comienzo de la plantación, el campesino señaló con inquietud varios árboles que estaban tornándose marrones. El daño había sido causado por la larva de un insecto que pone sus huevos dentro de los troncos. Uno de los técnicos aconsejó a Corrales quemar todos los árboles afectados para evitar que la infección se propague.
Pasarán años antes de que los árboles estén listos para el aserradero, pero Corrales no está a la búsqueda de ganancias a corto plazo. Corrales considera sus tres hectáreas de árboles como una inversión a futuro. Corrales los valora asimismo por el aporte ambiental que significan, particularmente en cuanto a proteger el abastecimiento de agua de su granja.

En el terreno. Con el correr de los años, Lanza, Corrales y los otros miles de agricultores que colaboran con POSAF han desarrollado una relación de confianza y respeto mutuo con las ONG que implementan el programa. Sin POSAF, las ONG y sus especialistas no obtendrían los contratos que necesitan para sobrevivir y los agricultores no recibirían el apoyo que necesitan para mejorar su producción. Lejos de ser grupos de voluntarios o de promotores de causas, estas ONG actúan como firmas consultoras sin fines de lucro, asumiendo responsabilidades que tradicionalmente estarían a cargo del estado.
Una de esas ONG es la Agencia de Desarrollo Ecológico Local (ADEL), que opera en toda Centroamérica. Con ayuda del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (UNDP) para vehículos, equipos de oficina y fondos para gastos, ADEL inició sus operaciones a comienzos de la década pasada. En la actualidad, tan sólo en Nicaragua, emplea a 17 técnicos, de los cuales 15 son consultores. Además de ofrecer asistencia técnica, ADEL administra un programa de crédito con un nivel de repago puntual de 98 por ciento, a pesar de que no exige garantías a sus prestatarios.
El director del departamento técnico de ADEL, Juan Carlos Martínez, reconoce que su ONG y otras similares existen porque sus gobiernos no brindan servicios equivalentes. “Hemos reducido nuestros gobiernos a un mínimo”, comenta. El Ministerio de Agricultura nicaragüense solía ser muy poderoso pero ahora carece los recursos humanos, materiales y financieros para atender las necesidades de los agricultores. Un campesino que acuda a una oficina de extensión rural a menudo la encontrará cerrada. “Además, si hubiera un agente de extensión, probablemente no tendría los medios para visitar la granja”, agrega.
Pero Martínez no desdeña la idea de trabajar para el gobierno. En realidad, sueña con el día en que pueda trabajar para un ministerio de agricultura “eficiente, fuerte y despolitizado”. Martínez enfatiza este último punto. “Nada de política, esa sería una condición indispensable”, afirma.
No obstante, destaca las ventajas de trabajar para una ONG como ADEL. “Los agricultores nunca saben a qué partido pertenecemos y nosotros no sabemos a qué partido pertenecen ellos. Para nosotros, los agricultores son ciudadanos y nosotros juzgamos los proyectos que nos proponen sobre bases estrictamente técnicas”, asegura. “Las vacas y las plantas no entienden de política, y yo tampoco”.

** N. de la R.: Lamentamos informar que Marcos Guatemala falleció en el mes de octubre 2000 en la ciudad de Managua.
 

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