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Mujeres indígenas en busca de democracia

Es miércoles de mañana, un momento poco frecuente para celebraciones. Sin embargo, la música de marimba llena las calles de Xepatuj, en el departamento de Sololá, en la región centro sur de Guatemala.

En el interior de una casa de adobe el visitante encuentra una escena aún más singular. Un grupo de mujeres indígenas, acompañadas de sus niños, han interrumpido sus tareas domésticas para hacer algo completamente extraño en sus culturas: solas — sin sus consortes — hablan sobre sus problemas con un grupo de forasteros.

En ésta como en otras aldeas montañosas, los hombres gobiernan la comunidad, de igual forma que los maridos gobiernan sus hogares. Hace tan solo un año hubiera sido insólito que las mujeres se pusieran de pie y exigieran que se las tomara en cuenta.

Estas mujeres son miembros de un comité creado como parte de un programa financiado por el BID para fomentar el papel de las mujeres en la democracia, enseñándoles cuáles son sus derechos y sus deberes cívicos. El programa es parte de una serie de iniciativas emprendidas por el Banco en Guatemala para contribuir a implementar los acuerdos de paz que en 1996 pusieron fin a 36 años de guerra civil. Ahora en su segundo año, el programa ha confirmado lo mucho que se debe hacer en las regiones rurales del país para lograr una genuina participación comunitaria, reducir la discriminación y atender las necesidades de la población indígena.

Pero al mismo tiempo se han logrado progresos. "Para decir la verdad, es difícil creer que hemos alcanzado este punto", dice Julia Mendoza, integrante del personal técnico del programa. "No hace mucho, estas mujeres no estaban habituadas en absoluto a expresarse. Más aún, la mayoría son analfabetas y no hablan español, otro obstáculo que enfrentan como mujeres indígenas".

El programa enfrentó su primer reto en las elecciones de noviembre de 1999. "Ese fue grande", recuerda Mendoza. "Tuvimos que apurarnos a registrar a las mujeres para que votaran. Además, tuvimos que ser creativos. Muchas ni siquiera tenían certificado de nacimiento, lo que significaba que no eran ciudadanas. ¡Tuvimos que encontrar gente que atestiguara que ellas existían! Ahora que ya pasaron las elecciones podemos continuar el registro de ciudadanía y el empadronamiento electoral, que es una de las partes más importantes del programa".

Resistencia y apoyo.  La música terminó y las integrantes del comité se congregaron para conversar. Según una mujer mayor, un importante problema es la resistencia que han encontrado de parte de sus esposos y de la comunidad en general.

"Nuestros maridos no querían que fueramos a las reuniones", dijo, "porque íbamos a hablar sobre organizarnos". En verdad, organizarse es un asunto mu serio en una región en la cual los encuentros de carácter político eran motivo de desapariciones durante la guerra. Para contrarrestar esos temores, las mujeres invitaron a sus esposos a asistir a las reuniones para que vieran por sí mismos.

Eventualmente, según las mujeres, sus esposos reconocieron el propósito y la importancia de las reuniones y muchos comenzaron a prestar su decidido apoyo.

La resistencia que provocó la iniciativa en las comunidades fue algo diferente. Las críticas se originaban en otras mujeres. Estas decían que las que formaban parte del comité "probablemente no tienen nada que hacer". En otros casos, se criticaba a los consortes de las mujeres participantes. Pero, gradualmente, algunas de las mujeres que criticaban los encuentros comenzaron a asistir y algunas de ellas se incorporaron al programa.

Una y otra vez las mujeres relataron historias similares de una resistencia inicial seguida de comprensión y apoyo. "Ahora que esas dificultades están superadas, podemos concentrarnos en otras cuestiones que nos afectan", dijo una de ellas.

Tras saborear el pan dulce típico acompañado de café, los visitantes viajaron a San Martín Jilotepeque, en el corazón del departamento de Chimaltenango.

Razón para celebrar. En San Martín había una fiesta en curso en una calle colmada de personas que hacían sus compras en los puestos del mercado.

Había buenas razones para celebrar: se estaba exhibiendo un mural que describía el nuevo y promisorio papel de las mujeres de la comunidad. Iliana Melendreras, coordinadora del programa, expresó satisfacción por los progresos ya logrados. Aunque los principales objetivos del comité son promover los derechos y deberes cívicos, hay otros proyectos en su agenda.

Por ejemplo, la cercana localidad de El Molino está trabajando para conseguir que la municipalidad construya un centro cívico. "No tenemos un lugar suficientemente grande para reunirnos y discutir nuestras necesidades como comunidad", dijo Delfina Velásquez, que preside el comité de la localidad. "Hasta ahora tenemos que pedir permiso para usar la escuela pública", explicó. "Pero ahora estamos mejor organizadas y podemos pedir a la municipalidad que construya un lugar específicamente destinado a reuniones".

"Este programa nos ha enseñado que podemos organizarnos tan bien como los hombres", agregó.

Construyendo la paz. El programa, financiado por el Fondo Noruego y administrado por el BID, cubre ocho municipalidades predominantemente indígenas en la llamada Zonapaz del país. Dentro del mismo se está dando capacitación en liderazgo a 40 mujeres y alentándolas a tomar parte en la conducción de los asuntos locales.

"Apoyamos líderes nuevas o ya establecidas en el ejercicio de poder político en organizaciones públicas, privadas y de la sociedad civil", explica Delia Castillo, directora del programa. "Se trata de comunicarles que ellas como mujeres, como 50 por ciento de la población, tienen los mismos derechos que los hombres. Se trata también de mostrarles que a través de la democracia, incluyendo el ejercicio del derecho al voto y participando en los gobiernos municipales, pueden solucionar muchos de sus problemas". Finalmente, apuntó Castillo, aprenderán también cómo pueden unirse a los hombres en la construcción de la paz, tras los muchos años de guerra civil que asolaron a la región".

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