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Grandes Proyectos de Infraestructura de Mesoamérica

Muchas gracias por invitarme a participar en este importante evento.

Centroamérica está en el umbral de una era potencialmente transformativa. Los avances de los últimos 10 años han sido dramáticos. La democracia está vigente en todos los países, las economías están creciendo y el proceso de integración de la región empieza a caminar a grandes pasos.

La timidez, la lentitud burocrática, la aversión al riesgo de otras épocas retroceden ante una nueva voluntad, un sentido de urgencia que se manifiesta en los impresionantes proyectos presentados en este taller.

Si viajásemos de regreso a los años 90, ¿quién podría imaginar que hoy estaríamos aquí todos los países de la región, presentando juntos proyectos que no se miden en decenas de millones sino en miles de millones de dólares?

Grandes proyectos para grandes retos:

En energía eléctrica, en los últimos cinco años la demanda en Centroamérica ha crecido en 30%. Pero el consumo de combustibles para producir esta energía ha crecido en casi 40%. Centroamérica debe cambiar esta tendencia. La región debe priorizar las inversiones en eficiencia energética y en la producción de energía de fuentes renovables—y lo debe hacer rápidamente. Porque todavía hay nueve millones de personas en la región que carecen de este servicio.

En transporte y telecomunicaciones, Centroamérica tiene potencial para ser un nexo estratégico entre las economías del Atlántico y del Pacífico. Al mismo tiempo, podría posicionarse como centro productor para mercados en ambas cuencas. La expansión del Canal de Panamá, aprobada por los panameños hace pocas semanas, es un paso gigantesco en esa dirección.

Pero el Canal es solo una parte de lo que necesita esta región. Para garantizar que los beneficios de estas inversiones lleguen a la mayoría de nuestros ciudadanos, debemos también mejorar la capilaridad de la infraestructura.  Asegurar que las carreteras, la electricidad y las telecomunicaciones lleguen hasta los microempresarios informales y rurales que aún generan la mayoría de los empleos en la región.

En agua y saneamiento, Centroamérica aún se encuentra muy rezagada con respecto a otras regiones del mundo. Las deficiencias en la calidad y cobertura de estos servicios atentan contra la salud y la dignidad de nuestra gente. Por ello deben ser de máxima prioridad.

¿Cómo haremos para responder a estos desafíos y concretar estos grandes proyectos?

Yo propongo que la receta debe ser audacia, rapidez, y responsabilidad.

Audacia porque ésta es la única actitud posible ante la magnitud de los desafíos que enfrentamos.

Permítanme darles un ejemplo. Hace poco el gobierno de China anunció que quiere invertir 125 mil millones de dólares en proyectos de agua y saneamiento, y que lo va a hacer en los próximos cuatro años. 

China comparte con nosotros todos los clásicos problemas de abastecimiento de agua y sistemas anticuados e ineficientes, con el agravante de que padece altísimos niveles de contaminación ambiental. Lo notable es la decisión política de cerrar las brechas en ese sector en un período tan corto.

Las autoridades chinas no pretenden hacerlo exclusivamente con recursos públicos. De hecho están abriendo su gigantesco mercado interno a empresas de todo el mundo, invitándolas a contribuir capital, tecnología y servicios de gestión en este monumental emprendimiento.

Un ejemplo más cercano. En Chile, que ya tiene los mejores indicadores de cobertura en agua y saneamiento de toda América Latina, el gobierno está licitando obras por miles de millones de dólares para plantas de tratamiento de aguas residuales. El objetivo es alcanzar una cobertura de 100% en pocos años. En contraste, el promedio del resto de la región es de 20%.

Me complace ver que dos de los proyectos presentados aquí son para mejorar el servicio de agua y saneamiento en Tegucigalpa y en Ciudad de Panamá. Pero me pregunto, ¿podríamos ser tan audaces como los chinos y los chilenos y fijarnos metas para alcanzar una cobertura universal en agua y alcantarillado en los próximos cuatro años?

Esto me lleva al segundo punto de la receta—la rapidez.

Tomemos como ejemplo el proyecto de interconexión eléctrica del SIEPAC. Esta es una gran iniciativa que apoya la economía regional al facilitar el trasiego entre todos los países de energía menos costosa. Es el fruto de un diálogo regional abierto y transparente entre los países. Requirió acuerdos internacionales que fueron ratificados por las legislaturas de todos los países, lo cual hoy le da gran legitimidad ante sus gentes.

Sin embargo, se necesitó casi una década para poner en marcha el SIEPAC. Pienso que todos estamos de acuerdo que ya no podemos darnos el lujo de dilatar estos procesos al tal extremo. Y me pregunto, de cara a estos nuevos proyectos regionales, ¿seremos capaces de forjar un pacto social y político que conduzca a cronogramas más ajustados a las expectativas del siglo XXI?

Por último, pero tal vez más importante, actuar con rapidez no significa sacrificar responsabilidad.  Porque lo cierto es que estos grandes proyectos sólo se justifican si se convierten en agentes de cambio social.

Como todos sabemos, la historia de los megaproyectos en América Latina no ha sido ejemplar en materia de transparencia. Muchos de nuestros compatriotas sospechan que estos proyectos serán nidos de la corrupción y que los beneficios económicos quedarán monopolizados por las élites.

No podemos cometer tales errores. Estoy convencido de que hoy tenemos la experiencia práctica y el consenso social necesarios para convertir estos megaproyectos en laboratorios virtuosos de la transparencia y la participación ciudadana.

Esto no quiere decir que podamos evitar las controversias y la oposición de algunos grupos, porque las grandes iniciativas inevitablemente generan reacciones. Pero pienso que la experiencia de proyectos pasados nos señala las claves para el éxito en futuros emprendimientos: 

Primero, transparencia total. No hablo de publicar un estudio de impacto ambiental en algún sitio web, sino de un plan estratégico de comunicaciones que anticipa las preguntas y las críticas de todos los grupos interesados, y que invita a la sociedad civil a monitorear las cuentas y los contratos del proyecto. Algo como los Pactos de Integridad que han funcionado tan bien en México y Colombia.

Segundo, un buen balance en la repartición de costos y riesgos entre los sectores público y privado. En el BID tenemos un rico acervo de experiencia sobre este complicado tema. Especialmente cuando se contempla la financiación mixta, resultan clave las reglas de juego y los mecanismos para resolver conflictos. Debemos aprovechar las valiosas lecciones de proyectos anteriores.

Tercero, reforzar la relación entre el proyecto y las necesidades cotidianas de la mayoría. Una cosa es construir nuevas carreteras, por ejemplo. Pero mucho mejor es asociarlas a la creación de un nuevo sistema de transporte público que aprovecha las carreteras para bajar los costos y tiempos de transporte de personas en barrios marginales. Felicito a Panamá, Guatemala y El Salvador que están presentando importantes proyectos viales que utilizan ese concepto.

En Panamá, además, el gobierno está preparando un programa de capacitación laboral previo al proyecto de ampliación del Canal. Esa inversión tendrá un doble rendimient generará empleos de calidad durante la etapa de construcción y formará una fuerza laboral con mejores perspectivas de ingresos.

Cuarto, un manejo proactivo de los riesgos ambientales y las relaciones con comunidades indígenas. En vez de paralizarnos ante estos temas, estudiemos las mejores prácticas de proyectos exitosos en otras partes del mundo y adaptémoslas a nuestra realidad. En Panamá, por ejemplo, el BID financió un estudio ambiental sobre la expansión del Canal que permitió rediseñar la propuesta técnica. Así, se evitó la inundación de ciertas tierras, lo que había sido uno de los puntos más conflictivos de la propuesta inicial.

A medida que nuestra región avance en el proceso de hacer realidad estos grandes proyectos, es fundamental tener en cuenta que la preparación es la etapa más crítica, donde deben extremarse los recaudos. En ese sentido el BID ha creado un nuevo instrumento para financiar la preparación de proyectos de infraestructura, el INFRAFUND, que está a disposición de entidades públicas, privadas y mixtas para apoyar la identificación y la preparación de proyectos financiables y sostenibles.

Asimismo nos hemos propuesto como meta aprobar unos 12.000 millones de dólares en financiamiento para proyectos de infraestructura críticos en los próximos cinco años. Pero para los grandes proyectos de infraestructura como los que se han discutido aquí, cinco años son apenas un instante.

Por eso repit audacia, rapidez y responsabilidad. Tengo plena confianza de que este puede ser el comienzo de una era de verdadero progreso económico para nuestra región, un progreso que tenga impacto en la calidad de vida y los hogares de nuestros pueblos.

Muchas gracias.