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La vida después de las pandillas

Un programa de seguridad ciudadana en Jamaica busca alejar a mujeres de la delincuencia organizada

Para Pauline Crooks, abandonar la pandilla de Montego Bay que le permitió ganarse la vida durante seis años no fue una decisión rápida o fácil. Madre soltera, con tres hijos, siguió asistiendo al “lugar de trabajo” de los criminales luego de iniciar un curso para padres ofrecido por el Programa de Seguridad Ciudadana y Justicia, una iniciativa lanzada por el gobierno de Jamaica en 2007 para reducir la delincuencia en las comunidades más violentas de la isla.

Pero un día, algo sucedió. No fue un hecho que la perjudicó directamente sino a una víctima de un fraude de lotería, una especialidad de las pandillas de Montego Bay, una ciudad jamaiquina otrora famosa por el turismo. Se trataba de una persona mayor con problemas de salud que corría riesgo de perder su casa a manos de los delincuentes. A esa altura, el curso para padres había comenzado a surtir efecto en Crooks. “No quería que mis hijos se criaran como yo me crié. Quería que tuviesen una vida mejor”, aseguró.

Crooks no solo se alejó de la pandilla. Un entrenador del CSJP (las siglas inglesas del programa) detectó en ella el potencial para ser una trabajadora social. Con apoyo del programa, se inscribió en un curso certificado en la University of the West Indies. Crooks ahora se desempeña como enlace entre el CSJP y comunidades en la región occidental de Jamaica. Además, asesora a nuevos capacitadores del curso para padres. Su próxima meta: terminar un curso universitario de dos años, aprovechando una beca del programa. “A veces me pellizco”, comentó Crooks, quien en la adolescencia abandonó sus estudios secundarios.

El CSJP, ahora en su sexto año, cuenta con apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Durante el último decenio el BID ha aportado al gobierno jamaiquino US$37,5 millones en préstamos y donaciones para programas de prevención del delito. En 2012 el Departamento para el Desarrollo Internacional del Reino Unido donó el equivalente a US$11,3 millones para ampliar el CSJP a un total de 50 comunidades.

El programa se desarrolla en vecindarios con factores de riesgo como presencia de pandillas, altas tasas de desempleo juvenil y una sensación generalizada de anarquía. Muchas de estas comunidades, como la de Crooks, crecieron como asentamientos informales en la periferia de las principales ciudades jamaiquinas en las últimas tres décadas. Con los años, a medida que empeoró el crimen, quedaron literalmente bajo el control de las pandillas.

Basándose en las mejores prácticas internacionales, el CSJP ayuda a las comunidades a organizarse y movilizarse para mejorar sus condiciones de vida y para crear una cultura de respeto por la ley. El programa presta particular atención a los jóvenes, brindándoles oportunidades de capacitación laboral. Según evaluaciones realizadas por el Planning Institute of Jamaica, las comunidades participantes en el CSJP han registrado significativas caídas en las tasas de homicidios, tiroteos y heridos por hechos violentos.

Si bien una mayoría de los miembros de las pandillas jamaiquinas son varones —y la mayoría de las víctimas y los victimarios de los delitos más violentos son hombres— el CSJP se esfuerza por llegar a la mujer. Según Arenica Stevenson, una coordinadora de acción comunitaria del programa, en las comunidades más violentas de Jamaica los hogares suelen tener un solo jefe de familia, casi siempre una mujer. “Si se logra romper el ciclo con la madre, se puede evitar que se transmita a la siguiente generación”, agregó.

Algunas mujeres caen en la delincuencia por desesperación. Crooks perdió su trabajo como guardia de seguridad cuando su empleador quebró. No podía pagar el alquiler o las cuentas. Sus hijos lloraban porque tenían hambre. Apremiada, se acercó a un conocido que pertenecía a una pandilla y le pidió ayuda. El nuevo trabajo le permitió ganarse la vida, a un alto riesgo. Estuvo en tiroteos y uno de sus parientes fue secuestrado por un grupo rival.

Pero la mayoría de las mujeres participantes en pandillas son reclutadas en la adolescencia. Como muchos jóvenes jamaiquinos criados en la pobreza, Leticia Scarlett padeció la violencia doméstica desde la infancia. Eventualmente su madre, agobiada por el abuso, abandonó a su marido. Pero ella también maltrataba a sus hijos. Scarlett entró en una pandilla a los 14 años, luego de que su madre la echara de casa por abandonar la escuela. Durante tres años vivió en las calle, bebiendo, riñendo y robando.

En el caso de Scarlett, el punto de inflexión llegó cuando la arrestaron a los 17 años. Un policía la refirió a una trabajadora social que le contó acerca del CSJP. La joven, aficionada a la cocina desde niña, se interesó en un curso para chefs. Luego de asistir a clases culinarias durante ocho meses —complementadas con capacitación sobre destrezas de vida y lecciones de lenguaje y matemáticas— logró progresar tanto que ganó un concurso con un platillo de su propia creación, una empanada de ñame, bacalao y hierbabuena.

Las perspectivas de Scarlett se transformaron radicalmente. Como otros aprendices en los cursos de capacitación laboral del CSJP, tendrá que hacer una pasantía en una empresa o una dependencia gubernamental (en su caso probablemente un hotel). Se ha fijado una meta a cinco años: ser propietaria de su propio restorán. “Voy a lograr algo con mi vida”, afirmó.

No todos los jóvenes llegan al CSJP por medio del sistema de justicia. El programa aprovecha la pasión popular por los deportes para atraer participantes a su proyecto Goals For Life (Goles por la Vida). “A los jamaiquinos les encanta el fútbol”, comentó la trabajadora social Melva Spence. “Por eso organizamos torneos en las comunidades”.

Una vez que los potenciales candidatos se involucran en las competencias, el programa analiza sus habilidades e intereses para colocarlos en cursos de capacitación laboral. Además de promover una actividad sana y segura, Goals for Life brinda una oportunidad para ganarse la vida mediante un oficio a jóvenes que muchas veces apenas saben leer o escribir.

“Si logramos salvar una vida, habrá valido la pena”, aseguró Spence. “Y sé que vamos a salvar muchas más vidas”.