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Siempre se ha dicho que América Latina es el granero del mundo. Brasil es el país que más produce y exporta café en todo el planeta, Uruguay tiene más cabezas de ganado que habitantes y países como Bolivia, Argentina, Colombia y México son campeones en el cultivo y cosecha de todo tipo de granos. Tampoco se queda atrás la fruta chilena, la anchoveta peruana o la banana ecuatoriana, país que produjo más de 6 millones de toneladas en 2017.

Sin embargo, aún existen 42,5 millones de personas subalimentadas en América Latina y el Caribe. Y más aún, países como Bolivia, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua, Paraguay y Venezuela aún tienen una prevalencia de desnutrición por encima del 10%. Un dato irónico, por cierto, luego de que se conociera que América Latina y el Caribe fue la única región del mundo en disminuir el hambre a la mitad entre 1990 y 2015, sobrepasando los Objetivos de Desarrollo del Milenio de Naciones Unidas.

Pero una cosa es disminuir el hambre, otra es cómo y con cuáles alimentos. En promedio, los consumidores latinoamericanos pagan un 11% más de lo que deberían en productos agroalimentarios; y si bien la ingesta calórica ha aumentado en un 27% desde los años sesenta, esto no siempre se ha traducido en mejoras nutricionales.

¿Por qué sucede esto? Básicamente porque la seguridad alimentaria no es vista desde un ángulo multidimensional, como una realidad que debe ser abordada no sólo desde la cantidad de alimentos producidos sino también en cuanto al acceso, calidad y estabilidad alimentaria a lo largo del tiempo.

 

“Es verdad que en la región el panorama ha mejorado mucho, en comparación a otras regiones”, dice Lina Salazar, especialista senior de la División de Medio Ambiente, Desarrollo Rural y Administración de Riesgos por Desastres del BID y coautora de la publicación Seguridad Alimentaria en América Latina, lanzada en julio de 2019. “Pero, si nos vamos a cada una de las dimensiones de la seguridad alimentaria, es ahí donde empezamos a ver diferencias. Además, es un contexto bastante heterogéneo entre países, así como dentro de cada país”, dice.

Dentro del informe, el concepto de seguridad alimentaria es definido por cuatro dimensiones. Primero por la disponibilidad, que se refiere a la oferta de alimentos a nivel local o internacional. Luego el acceso, que explora la cantidad de recursos que un hogar tiene para adquirir una cantidad apropiada de alimentos. Tercero, la utilización, que refiere a la calidad de alimentos requerida para tener una nutrición adecuada. Finalmente, la estabilidad, definida por la capacidad que tenemos para tener un acceso constante a fuentes alimentarias de calidad. Estas cuatro dimensiones abarcan no solo la oferta de alimentos sino también la demanda y la calidad de estos.

 

Disponibilidad: más que suficiente

Afortunadamente, América Latina y el Caribe tiene ventajas de sobra en esta materia. Se estima que la disponibilidad de alimentos en la región es más que suficiente para asegurar una cantidad de calorías adecuada para la población, con una tasa de suficiencia del 117%. El único país de la región que registra una tasa menor al 100% es Haití, con un 95%.

El incremento en la producción agrícola, así como el comercio entre países de la región, ha permitido sostener la disponibilidad de alimentos para todos y todas, especialmente en relación a los cultivos de cereales, carnes, frutas y verduras. Ahora bien, existen algunos retos, tales como promover una producción agrícola sostenible que no amenace los recursos naturales, disminuir las pérdidas de alimentos, y analizar los altos niveles de protección ante importaciones alimentarias que podrían afectar la disponibilidad de alimentos, principalmente en las poblaciones más vulnerables.

 

 

Acceso: el problema del ingreso

Si el latinoamericano promedio paga un 11% más por sus alimentos que el ciudadano promedio, ¿qué pasa cuando en la región aumentan las tasas de pobreza? El acceso a los alimentos termina siendo aún más difícil.

El aumento en la tasa de pobreza en América Latina y el Caribe podría estar afectando negativamente a cómo estamos accediendo a los alimentos: sólo entre 2014 y 2016 más de 9 millones de latinoamericanos entraron en situación de pobreza, lo que se traduce en que más personas tienen menos recursos para comprar y acceder, finalmente, a alimentos. Esto es importante, sobre todo cuando los latinoamericanos y caribeños gastan entre un 20 y un 59% de sus ingresos en alimentos—un porcentaje altísimo cuando se compara con Estados Unidos y Canadá, que invierten menos de un 10%.

El acceso a los alimentos es entonces una problemática importante en una región donde la disponibilidad de alimentos (oferta) no es el principal obstáculo de la seguridad alimentaria. Hoy, América Latina y el Caribe tiene un déficit de 78 kilocalorías diarias per cápita en una región líder en producción alimentaria a nivel mundial.

 

Utilización: ¿qué tan bien nos estamos alimentando?

La desnutrición, el déficit de micronutrientes —como la vitamina C, el hierro y el zinc— junto a la alta tasa de obesidad son los mayores desafíos que enfrenta la región en términos alimentarios. Además de cargar con un alto costo para el sistema de salud, esta triada refleja que no siempre los alimentos que comemos son, efectivamente, los mejores.

La desnutrición infantil sigue siendo un obstáculo para el desarrollo cognitivo y físico de los niños y adolescentes. Este problema es agudo en las regiones de Mesoamérica y los países andinos, y principalmente en Guatemala (46,5%), Ecuador (25%), Honduras (22,7%) y Haití (22%).

En el extremo de la balanza está el incremento en la tasa de sobrepeso y obesidad. De hecho, se estima que más del 50% de la población en la región sufre de sobrepeso (aproximadamente 360 millones). Además, tenemos a países como Bahamas, México y Chile que presentan tasas de sobrepeso del 69, 64 y 63 por ciento, respectivamente.

 

“El tema de obesidad no es un tema exclusivo de los países de ingresos altos, sino que también vemos la misma problemática en aquellos de ingresos bajos”, dice Lina Salazar. “Por ejemplo, las leyes de etiquetado de alimentos son un mecanismo efectivo contra esta problemática. Y no solo es efectivo, sino también es una intervención necesaria desde el punto de vista moral, pues la población tiene derecho de saber lo que está consumiendo”.

Para revertir esta tendencia, es importantísimo que los gobiernos puedan incentivar la diversificación de la producción agrícola, promover la educación nutricional en niños y adolescentes, establecer leyes de etiquetado de alimentos, y también diseñar intervenciones agropecuarias que tengan a la nutrición como foco, más allá de la productividad.

 

Estabilidad: las amenazas del cambio climático

Ya sabemos que hay alimentos suficientes en América Latina y el Caribe. Pero, ¿es sostenible en el tiempo? Es fundamental que podamos asegurar un flujo de producción estable de alimentos para todos y todas, pero siempre de manera sustentable. Sin embargo, las amenazas del cambio climático y los desastres naturales evidencian que, en un futuro no tan lejano, podríamos ver afectada nuestra seguridad alimentaria a través de una disminución en el rendimiento de los suelos, cambios en los patrones de cultivos por transformaciones en la temperatura, mayor presencia de plagas que afectan los cultivos, y disrupciones en el comercio y en el transporte de alimentos, entre otros factores.

Estas amenazas tienden a afectar principalmente a las poblaciones más vulnerables, que no cuentan con medios para enfrentar choques inesperados, y por ende son más propensas a caer en una situación de inseguridad alimentaria. Por esto debemos invertir en intervenciones de agricultura climáticamente inteligente, promover la adopción de tecnologías que permitan la

adaptación al cambio climático, y mejorar la investigación agropecuaria para desarrollar variedades resistentes a los cambios del clima, entre otras acciones.

“Con esta publicación intentamos cambiar el paradigma de que seguridad alimentaria es siempre producir, producir, producir”, dice Salazar. “Tenemos que enfocarnos también en la demanda e ir más allá de la oferta, más allá de la disponibilidad de alimentos. No solo enfocarnos en producir por producir, sino que producir alimentos de calidad, que sean asequibles para la población y respetando el medio ambiente”.

 

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