jitomate

 

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San Pablo Güilá es uno de los pueblos más pobres de México. Se localiza en una zona árida del estado de Oaxaca, a 60 kilómetros de la capital del estado, donde se pueden cultivar pocas cosas. A pesar de ello, la mayoría de la población —predominantemente indígena— se dedica a la agricultura. 

Ante la falta de oportunidades económicas, muchos deciden emigrar a Estados Unidos. De acuerdo al último censo, en el municipio de Santiago Matatlán —donde se encuentra San Pablo Güilá— el 17% de los hogares reportó tener por lo menos a un miembro de la familia al otro lado de la frontera. Una de esas personas fue José Melchor Pérez. “Estuve emigrado tres años en diferentes partes de Estados Unidos. Me tocó trabajar en el campo y ahí aprendí del cultivo de riego por goteo”, dice. 

En 2007 decidió regresar a México y traer las nuevas técnicas de cultivo que había aprendido en los campos agrícolas de Estados Unidos para crear oportunidades económicas en su pueblo. Con el dinero que ahorró, construyó su primer invernadero de 1.000 metros cuadrados con técnica de riego por goteo, con el cual empezó a crecer el jitomate, como se le conoce al tomate rojo en México. Llamó a su organización DAAN LLIA, que en zapoteco significa “Cerro Ceremonial” en honor al nombre del paraje donde se localiza su invernadero.

Cultivar en una zona árida supuso varios retos para José Melchor. La zona que rodea a su invernadero tiene poca agua y árboles, por lo cual la calidad de la tierra es pobre y propensa a la erosión. Junto con su familia, empezaron actividades de reforestación y de captación de agua de lluvia para revitalizar el área a su alrededor y asegurar el crecimiento de su organización.
 

 

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Su negocio empezó a florecer y a los pocos años, recurrió a las dependencias de gobierno en búsqueda de recursos para construir nuevos invernaderos. Le contactaron con los Fideicomisos Instituidos en Relación con la Agricultura (FIRA), una entidad de gobierno cuyo mandato es financiar y apoyar a los pequeños agricultores, entre otros. A través de uno de los intermediarios financieros no bancarios, FINDECA, una institución financiera privada focalizada en financiar a pequeños agricultores, se le aprobó una serie de créditos para expandir su proyecto.

Desde entonces, su negocio ha crecido rápidamente. En los doce años desde que inició su proyecto, se expandió de un primer invernadero de 1.000 metros a un campo agrícola de 70 hectáreas, todas cultivadas mediante riego por goteo. En cada hectárea, emplea a 12 personas, con los cuales genera aproximadamente 800 empleos directos y otros 300 empleos indirectos. La gran mayoría de los trabajadores, más del 70%, son mujeres. El año pasado vendieron 3.000 toneladas y este año su objetivo es vender 5.000 toneladas con su entrada al mercado internacional.

“El proyecto ha sido un don de Dios. Ha impulsado a nuestros hijos e hijas a tener una mejor educación y ya se están incorporando al proyecto pero con una visión profesional y una experiencia fresca”, dice José. 

Una parte fundamental del éxito del proyecto ha sido la adopción de un modelo de “negocios verdes,” lo cual le ha permitido ser competitivo en una zona poco propensa a la agricultura. Como parte de sus actividades productivas, DAAN LLIA lleva a cabo acciones de reforestación, captura del agua, retención de suelos, además de que ha instalado paneles y bombas solares. 

“En la zona no contamos con energía eléctrica así que nosotros estamos trabajando con bombas solares. Casi el 90% de la zona la tenemos instalada con celdas fotovoltaicas, lo cual nos ayuda a bajar nuestro costo de producción”, dice.

En alianza con el BID, FIRA emitió en 2018 su primer bono verde por un monto de aproximadamente 151 millones de dólares para apoyar emprendimientos de cuatro categorías: agricultura sostenible, uso eficiente del agua, eficiencia energética y energía renovable. Las acciones sostenibles de DAAN LLIA le calificaron para recibir recursos de este bono verde.

 

Entrevista con José Melchor desde su plantación en México


 

¿Qué es un bono verde?

Los bonos verdes son un instrumento financiero de renta fija cuyos fondos se utilizan exclusivamente para financiar empresas o proyectos que activamente contribuyen a la lucha contra el cambio climático. De esta manera, los inversionistas nacionales o internacionales pueden adquirirlos como un activo del cual esperan obtener una ganancia económica pero también apoyar a proyectos con beneficios ambientales y sociales. Hoy día cada vez más inversionistas institucionales en el mundo se comprometen a apoyar inversiones sostenibles: los bonos verdes son una de los instrumentos financieros que tienen a su disposición para cumplir con estos compromisos. 

Para darle más confianza al inversionista con relación al uso de los fondos, el emisor del bono permite que una agencia externa lleve a cabo una revisión independiente del marco conceptual del bono verde para que esté alineado a estándares internacionales. De esta forma, los inversionistas y los emisores pueden medir la magnitud del impacto ambiental de los bonos a través de indicadores que se publican anualmente.

Ya que los bonos verdes deben mostrar resultados de su impacto, generalmente benefician a industrias con datos que son fáciles de medir, como la energía renovable. El sector agrícola, hasta este bono, no era una de estas industrias. 
 

DAAN LLIA, la fábrica de jitomates de Melchor en México:

 

 
Por ello, el BID diseñó una nueva metodología que permite medir el impacto ambiental de la agricultura protegida, más comúnmente conocido como “agricultura en invernaderos”, una innovación financiera única en el mundo. La metodología incluso ha sido reconocida por uno de los principales organismos internacionales encargado de validar las normas de los bonos verdes, la Climate Bonds Initiative. 

Con este reconocimiento, otros emisores de América Latina y otras partes del mundo que quieran expedir sus propios bonos verdes para apoyar la agricultura ambientalmente sostenible, tendrán una manera de mostrar resultados a los inversionistas. En particular, esto fomentará el acceso al crédito para el campo en zonas que han sido afectadas por los efectos del cambio climático y que están implementando técnicas agrícolas alternativas de restauración, preservación y mejor uso de los recursos naturales. 
  
“Lawrence Pratt, el experto que diseñó la metodología, tenía una hipótesis de que la agricultura protegida era valiosa de un punto de vista ambiental. Pero se sorprendió a sí mismo con el impacto”, contaron Isabelle Frederique Braly-Cartillier y Enrique Nieto, especialistas de la División de Mercados Financieros del BID. “Estas estrategias producen hasta 35 veces más que a campo abierto, con hasta 80% menos agua.  Y usan mucho menos pesticidas y fungicidas por unidad de producto final. Los resultados indican que van a ayudar mucho en el desarrollo de la agricultura resiliente”, dice.
 
El valor de esta innovación financiera es el posible impacto enorme en la expansión del crédito alrededor del mundo para apoyar a agricultores sostenibles que, como José Melchor, utilizan estrategias de protección y restauración ambiental en sus operaciones, y que con sus negocios contribuyen al desarrollo de sus comunidades. 
“Me siento muy emocionado porque nos ha costado mucho trabajo llegar a este nivel de desarrollo y de beneficios. Sobre todo me da orgullo la mejora de vida de las familias y la derrama económica enorme no solo sobre los que están involucrado en este proyecto, sino para todo nuestro pueblo”, dice José Melchor.
 

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