8 marzo
 

#8Marzo

La creciente incorporación de las mujeres al mercado laboral es uno de los cambios socioeconómicos más importantes del último medio siglo. En Latinoamérica, el salto ha sido gigantesco: si en los años 60 sólo dos de cada diez mujeres trabajaban o buscaban trabajo activamente, hoy ya son casi siete de cada 10.
 
A pesar de ello, la participación laboral femenina de la región sigue casi 30 puntos por debajo de la de los hombres. Una situación que se da, en mayor o menor medida, en todo el mundo: según el último Índice Global de la Brecha de Género, serán necesarios 202 años para que la brecha económica mundial entre hombres y mujeres se cierre.
 
No sólo eso, sino que entre las propias mujeres el panorama varía mucho de país a país en nuestra región: desde Uruguay y Perú, donde cerca del 80% de ellas está en el mercado laboral, hasta Guatemala, Honduras o México, con cifras entre el 50% y 60%, según datos del BID y el Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (CEDLAS). Pero ¿qué explica estas grandes diferencias, incluso entre países cercanos y con características económicas similares?

¿Son los perfiles de las trabajadoras diferentes en ellos? ¿Es posible extraer lecciones aprendidas y aplicarlas en otros países?

 

 

 

 

Buscando respuestas, un reciente estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) se ha centrado en los casos de México y Perú, dos países con características similares —mujeres mayoritariamente urbanas, con niveles de educación similares, emparejadas y con baja tasa de fecundidad— pero con niveles muy distintos de participación laboral femenina.
 
Sin embargo, el estudio muestra que más no siempre es mejor. “Empiezas a estudiar estos temas con prejuicios: baja participación es mala, alta participación es buena, pero lo que nos encontramos al mirar estos dos casos extremos, con una brecha de 21 puntos a favor de Perú, es otro ingrediente: la calidad de la participación laboral de las mujeres”, dice Mariana Marchionni, una de las autoras del reporte.
 
La explicación a la brecha entre ambos países está en el comportamiento de las mujeres más vulnerables, con bajos niveles educativos y de ingreso familiar. En Perú, estas mujeres se insertan masivamente en empleos muy precarios pero flexibles, como el sector agropecuario en sectores rurales, o el autoempleo informal en el caso de las mujeres que viven en zonas urbanas. “Esto es una respuesta de comportamiento individual, pero sobre todo familiar, que surge de unos roles tradicionales de género en los que la mujer asume las tareas de cuidado”, explica Marchionni.

 

 

 

Revitalizar el empleo femenino es un problema complejo y, en consecuencia, las soluciones no pueden ser únicas ni sencillas, pero es necesario encontrarlas. “La participación laboral de las mujeres es esencial para el crecimiento y productividad de un país”, explica Monserrat Bustelo, especialista de la División de Género y Diversidad del BID. “Y si bien los roles culturales juegan un papel importante, desde el sector privado y las políticas públicas se puede tener un gran impacto. Es necesario que lideren, acompañen y consoliden el cambio”, dice.

 

Mujer en la economía del siglo XXI

Sólo 4 de 100 empresas latinoamericanas tienen una mujer de CEO http://Iad.bg/jrc230jiGAD

Posted by Banco Interamericano de Desarrollo on Tuesday, October 9, 2018

 

Un ejemplo de cómo incentivar esta transformación son las Iniciativas de Paridad de Género (IPG), un modelo de colaboración público-privada de alto nivel que están siendo implementadas en Argentina, Chile, Panamá, Colombia, Perú, República Dominicana y Costa Rica.

 

 

Apoyadas por el Foro Económico Mundial y el BID, las IPG están lideradas por representantes del gobierno y el sector privado de cada país para desarrollar planes de acción a tres años con medidas concretas. Los planes buscan incrementar la participación laboral femenina, reducir la brecha salarial y promover la participación de las mujeres en puestos de liderazgo.

Otra línea de trabajo es tratar de romper el techo de cristal, las limitaciones que las mujeres sufren para ascender laboralmente, con programas como el de Mujeres Líderes del Sector Extractivo en Perú del BID. Graciela Arrieta Guevara, asesora legal en la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía de Perú, afirma que “hoy en día las empresas han entendido que las mujeres son necesarias para la diversificación de los grupos y yo quiero ser parte de esta generación que quiere visibilizar a las mujeres que están en el sector minero y abrir camino para las nuevas generaciones”.

 

 

Además de estas iniciativas, la experiencia y la evidencia internacional apuntan a tres ejes principales de acción que tienen un efecto positivo en fomentar la participación laboral femenina, de forma que sea realmente empoderadora: liberar las restricciones de tiempo de las mujeres mediante la expansión de los centros de cuidado infantil, los horarios escolares y el servicios de atención a mayores; ampliar las licencias por maternidad y paternidad, de forma balanceada e intransferible para evitar profundizar en los roles de género tradicionales; y continuar extendiendo la educación de las mujeres para ampliar sus perspectivas laborales.
 
Se estima que, si las mujeres tuviesen una participación laboral idéntica a la de los varones, el PIB global anual se incrementaría en 28 billones de dólares para 2025. Es decir, según el estudio de McKinsey, la economía mundial crecería un 26%. Por otro lado, los cambios tecnológicos y digitales que estamos viviendo podrían hacer que en el futuro las barreras que las mujeres enfrentan en el trabajo incluso aumentaran. Por eso, como nos enseñan los casos de México y Perú, es necesario trazar un mapa más equitativo del mercado laboral.
 
Para saber más sobre esta publicación, descarga Participación laboral femenina: ¿qué explica las brechas entre países? (resumen ejecutivo) de forma gratuita.
 

 

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