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Cada 14 de febrero celebramos el Día de San Valentín compartiendo mensajes como “el que no tiene celos no está enamorado”, “los que más se pelean son los que más se desean” o hasta frases míticas del amor romántico como “sin ti, me muero”. La verdad es que este tipo de mensajes esconden actitudes nocivas en la pareja, sobre todo si dentro de ella se está ejerciendo alguna forma de violencia -- sea física, emocional o psicológica. 

Lo inusitado de todo esto es que, finalmente, hemos terminado por normalizar estas conductas.

La violencia dentro de la pareja es un tema preocupante no solo en América Latina, sino que en el mundo entero: 1 de cada 3 mujeres ha experimentado algún tipo de violencia estando en una relación, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Y dentro de la región, los números también son alarmantes. En México, la Universidad Nacional Autónoma señaló que 39% de las jóvenes mexicanas entre 15 y 24 años ha sufrido este tipo de agresiones; en Colombia, cada día se reportan 136 nuevos casos de violencia en la pareja; y en Perú, un 63% de las mujeres dijo haber sido víctima de violencia por parte de su pareja en 2018, según la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar del gobierno.

Un reporte del BID y Promundo en Brasil y Honduras brinda nuevas claves sobre las formas en las que los jóvenes de entre 15 y 24 años experimentan violencia en sus relaciones. El estudio encontró que, si bien muchos jóvenes tienden a reconocer en qué consiste la violencia física, pocos identifican otras formas de violencia como el sexo no consensuado, y normalizan los comportamientos controladores. Estos últimos ocurren de manera generalizada, a menudo son recíprocos y los interpretan como una forma de mostrar afecto. Por ejemplo, muchas de las adolescentes consultadas consideran normal que su pareja supervise su vestimenta y determine con quién pueden comunicarse en sus celulares y redes sociales.

 

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“Empezó quitándome el móvil. Luego me compró una tarjeta nueva para que yo no hablase con mis amigas”, dice en anonimato una joven de 17 años en un reporte del Instituto Andaluz de la Mujer. “Quería que solo lo tuviese a él en el WhatsApp. En el instituto, tenía que mandarle fotos cada cinco minutos para que viera que estaba en clase”.

Según el estudio, pocos jóvenes entienden el impacto negativo que los comportamientos controladores tienen sobre su salud y bienestar. Este tipo de acciones suelen estar acompañadas de otras formas de violencia como la psicológica o verbal, y la Organización Mundial de la Salud (OMS) las señala como factores de riesgo a otras formas de violencia en la pareja, como la física y sexual. De acuerdo a esta organización, los tipos más comunes de comportamientos controladores que experimentan los jóvenes son aislarlos de sus amigos, restringir contacto con su familia, insistir en saber dónde están a cada momento, enojarse cuando hablan con alguien del sexo opuesto, sospechar regularmente que son infieles, o exigir que les pidan permiso para salir.

 

“Empezó quitándome el móvil. Luego me compró una tarjeta nueva para que yo no hablase con mis amigas”.

 

Lamentablemente, la perpetuación de estas conductas llega a normalizarlas dentro de una relación de pareja. “A veces me da miedo, me doy miedo yo misma, de empezar una relación y que el chico sea distinto. Yo ya aprendí de eso y si el chico me trata bien a mí, él va a ser el bueno y yo voy a ser la mala, porque yo voy a querer golpearlo”, dice Mónica, una joven brasileña de 15 años que sufrió diferentes formas de violencia dentro de la pareja. “Mi madre me decía ‘cuando alguien es bueno, la gente mala se sienta en ellos’”.

Muchos jóvenes en América Latina y el Caribe no tienen espacios donde puedan aprender y reflexionar críticamente sobre sus derechos sexuales y reproductivos, la igualdad de género o a desarrollar habilidades de comunicación interpersonal. Esto les ayudaría a reconocer sus propias preferencias y deseos, y a comunicarlos de manera asertiva y sin agresión a sus parejas. Tampoco tienen fácil acceso a educación integral en sexualidad que les ayude a navegar sus primeras relaciones de forma consensuada, segura y sin coerción.

Conversaciones desde el BID: ¿Qué podemos hacer para detener la violencia de género?

 

La OMS estima que este tipo de programas —aquellos que ayudan a desarrollar habilidades en jóvenes para navegar de mejor manera sus relaciones amorosas— pueden disminuir la violencia en la pareja en hasta un 29%. Sobre todo son efectivos cuando empiezan a una edad temprana, a partir de los 10 años, antes de que inicien sus primeros noviazgos de índole sexual.

A través de estas iniciativas, los adolescentes desarrollan un espacio para reflexionar en qué consiste una relación saludable, cómo establecer dinámicas de poder igualitarias, cómo comunicarse de manera efectiva y a solucionar sus conflictos sin agresión. Como parte de estos programas, se les enseña a reconocer cuando una relación es controladora o violenta, y cómo actuar y a quién recurrir para pedir ayuda si esto ocurre.

Galería de fotos: el programa Becoming a Woman en Trinidad y Tobago

 

Desde el BID hemos impulsado varias de estas iniciativas en países de América Latina y el Caribe. En Guatemala, apoyamos el programa Abriendo Oportunidades que enseña a jóvenes mayas cómo navegar de manera efectiva su transición a la adolescencia. En El Salvador replicamos el programa H y M, un proyecto de educación comunitaria brasileño que enseña a los jóvenes cómo prevenir la violencia contra la mujer y tener una mejor salud sexual. En Trinidad y Tobago, apoyamos el proyecto Becoming a Woman que ofrece espacios seguros para niñas y mujeres jóvenes en situación de riesgo, de manera que aprendan sobre su sexualidad y puedan desarrollar mayor confianza y autoestima.

Para Marcela, una brasileña de 24 años que está trabajando para redefinir las concepciones sobre relaciones que observa en su pareja, familia y comunidad, las mujeres no deberían ser sumisas o limitadas por su relación.

“Yo creo que una mujer debe ser libre para comportarse como ella decida, para definir quién quiere ser y no pretender ser alguien más”, dice Marcela. “Cuando un novio le prohíbe reírse con otros, ser amiga de alguien o hablar con un amigo, yo creo que esa es una forma de violencia psicológica”.

Si has sido víctima de violencia en la pareja o conoces a alguien que lo ha sido, acércate a las instituciones de apoyo que existen en tu país. También, puedes descargar el reporte que preparamos junto a Promundo aquí.

 

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