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¿Cómo salvar a la langosta?Los residentes de la costa nicaragüense se organizan para controlar su destino económicoPor Roger Hamilton, Corn Island, Nicaragua Hugh Downs recuerda con cariño cómo recogía langostas cuando era niño. Antes de ir a la escuela, caminaba a lo largo de la costa, con el agua apenas hasta las rodillas, cosechando los sabrosos crustáceos. Horas después cargaba trampas en un bote y salía un poco mar adentro. Más tarde, las trampas volverían a la superficie cargadas, recuerda. Incluso con algunas de las langostas amarradas a la trampa luchando por meterse dentro. No más un juego de niños, el atrapar langostas se ha convertido hoy en una forma difícil y a menudo peligrosa de ganarse la vida. La langosta ha desaparecido de áreas cercanas a la costa, en lugares como éste, alrededor de Corn Island, frente a la costa sur de Nicaragua, y las embarcaciones pesqueras deben aventurarse hasta arrecifes distantes. Los pescadores se ven obligados a usar un mayor número de trampas para mantener el mismo nivel de recolección de antes. Buceadores equipados con tanques de oxígeno rastrean los arrecifes de coral, atrapando las langostas que no cayeron en las trampas. Aunque poco conocidas a nivel internacional, estas aguas forman parte de la industria pesquera global. Una langosta recogida aquí va del buceador al bote madre, de allí al almacén a someterse al proceso industrial, luego a un avión de carga y sigue cambiando de mano e incrementando su valor hasta acabar en el plato de un restaurante de Nueva York o París. La demanda global de frutos del mar está decimando los ecosistemas de todos los océanos del mundo. Ningún lugar del planeta, por remoto que sea, es inmune. Incluso en los países desarrollados, que cuentan con planes de explotación de base científica y regulaciones estrictas, ha fallado la protección de los cardúmenes de peces y la salvaguarda del medio ambiente. En los países pobres, donde las instituciones oficiales son débiles, no se dispone de datos y los conocimientos gerenciales son limitados, los recursos pesqueros están mayoritariamente a merced de quienes los explotan con fines de lucro a corto plazo. Esta situación preocupa a Hugh Downs. Su cargo como teniente alcalde de Corn Island hasta noviembre pasado le ha enseñado que la salud de la economía local depende de la protección de los recursos pesqueros. En su opinión, el gobierno local no sólo debería participar en el diseño y cumplimiento de nuevas regulaciones, sino también retener un mayor porcentaje de lo que se recauda por licencias y concesiones. Actualmente estos fondos se envían directamente a la capital nicaragüense, sin dejar rastro en las arcas locales. Pescadores locales piden más regulación. Hasta ahora los residentes en la Costa Atlántica de Nicaragua han contado poco en la toma de decisiones sobre el sistema de explotación de la industria pesquera, tan vital para su región. Pero esto va a cambiar ahora, según opinión de los participantes en una reunión de la comisión de pescadores de Corn Island, creada recientemente. En la reunión, pescadores de pequeña escala, representantes de la industria pesquera y funcionarios municipales trabajaron juntos para enumerar un conjunto de propuestas con el objetivo de influenciar en la política de pesca municipal y nacional. En años anteriores, un esfuerzo semejante hubiera estado condenado al fracaso porque los distintos grupos tendían a defender sus propios intereses sin prácticamente considerar cualquier cooperación o compromiso. Pero ahora, un programa financiado por el BID para fortalecer las instituciones locales está dando nueva legitimidad a grupos como esta comisión de pescadores. La mayor parte de la reunión se celebró en criollo, una lengua que, aunque sonaría familiar a quien habla inglés y español, resulta en el fondo ininteligible. Después de la reunión, Henry Pineda, dirigente de una agrupación de pescadores, y otros compañeros se sentaron en torno a una mesa bajo unas palmeras a recapitular los principales puntos abordados. El resto de los presentes se acercaron a una gran olla negra para servirse un guiso de pescado. Como música de fondo, una radio emitía canciones folklóricas y rancheras que el secretario de la municipalidad acompañaba a media voz. Los pescadores se quejan, explicó Pineda, no porque creen que haya demasiadas regulaciones, sino porque no hay suficientes. Insistieron en la necesidad de restricciones severas para proteger a la langosta, aplicadas a rajatabla. Según él, la captura de langosta de este año, que calificó de "fenomenal", podría deberse a una simple fluctuación natural. "Los estudios oficiales aseguran que no hay una sobre-explotación de langostas, pero nosotros vemos que, en general, ha bajado la captura". Como un primer paso, los pescadores proponen una veda para la langosta en febrero, marzo y abril, el período de desove. Pero esto tendría que aplicarse a todos los pescadores, incluyendo las barcas extranjeras que operan bajo concesiones del gobierno. "Nosotros podemos aceptar las limitaciones si van a salvar la pesca", dijo Pineda. "Pero si la ley no se aplica a todos por igual, ¿por qué vamos a obedecerla?" Los pescadores locales quieren, además, una ley específicamente formulada para satisfacer las necesidades de la Costa Atlántica. Las leyes anteriores no han enfrentado cuestiones de gestión de recursos pesqueros locales."Tengo un montón de esas leyes de pesca en mi armario", dijo Robert Chapman, otro pescador. Una ley propuesta hace varios años era copia exacta de una ley chilena a la que tan sólo habían cambiado el nombre del país, aseguró. Bucear en busca de langostas es un problema diferente. Las grandes plantas procesadoras lo promueven porque es un método muy eficiente. Pero el buceo es problemático para la conservación de la langosta y para los propios buceadores. En cualquier lugar del mundo, aprender a bucear debidamente es un proceso exigente y nada fácil, que requiere pasar horas dentro y fuera del agua aprendiendo normas indispensables de seguridad y la importancia de usar equipo de máxima calidad. Sin embargo, los únicos instructores que tienen los pescadores de langostas en Corn Island son sus propios colegas. Manejan equipo anticuado y muy mal mantenido. Permanecen bajo el agua demasiado tiempo y salen a la superficie demasiado rápido. En resumen, violan prácticamente todas las reglas de seguridad del buceo para ganarse la vida. El precio de un buceo incorrecto para el ser humano por ejemplo, al efectuar un ascenso y descompresión demasiado rápidos es una forma de parálisis llamada aeroembolia, que deja secuelas graves y a veces mortales. Cuando un buceador sufre una aeroembolia, debe ser llevado de inmediato a una cámara de descompresión. Pero la única que existe en la Costa Atlántica está en Puerto Cabezas y la única forma razonable de llegar allí es por avión, un medio contraindicado en estas condiciones. Algunos de los pescadores pidieron la instalación de una cámara de descompresión en Corn Island, pero el alcalde George Howard opinó que una alternativa mejor es dejar de bucear y de usar trampas para la pesca de langostas. No obstante, la recompensa económica del buceo de este tipo, es una tentación irresistible para los más pobres. No se precisa inversión de capital y las grandes empresas procesadoras de langostas facilitan el equipo necesario. "El gobierno puede sancionar leyes", dice el alcalde Howard, "pero las grandes compañías facilitan equipos sin asumir ninguna responsabilidad. El gobierno debe responsabilizarlas y también promover otros métodos de pesca". El problema del financiamiento. Si un pescador decide dejar de bucear y, en su lugar, usar trampas para pescar langosta necesita comprar un bote. Puede unirse entonces a una flota que se echa a la mar a las cinco de la mañana y se adentra a una distancia entre 3 y 15 millas marinas para colocar las trampas: de 50 a 150 si tiene que recogerlas a mano, hasta 250 si cuenta con un torno a motor. Pero una panga sólida de aluminio en la Costa Atlántica llega a costar hasta 6.000 dólares, el doble de su precio en Managua. De igual forma, un motor que cuesta unos 3.000 dólares en la capital puede costar el doble al comprador en Corn Island. Por si la inflación no fuera un problema suficiente, los bancos locales se resisten a dar crédito a pescadores de pequeña escala. De manera que los pescadores en busca de financiamiento se ven obligados a acudir a una de las empresas locales que envasan frutos de mar, como Consorcio Pesquero Atlántico. Ubicada en un conjunto de edificios de dos plantas, la compañía compra no sólo langosta sino también camarón y pescado en general. Bajo una apariencia de informalidad, la planta opera con disciplina militar, en especial en lo que respecta a los requerimientos sanitarios impuestos por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos. Nunca se sabe cuando puede presentarse un inspector. Antes de entrar, hasta las visitas deben ponerse botas, guardapolvos y gorros blancos, quitarse todas las joyas, hasta el anillo de casamiento, y caminar por una canaleta de hormigón con desinfectante. El pescado o los crustáceos, que son descargados en el muelle exterior, son procesados por trabajadores vestidos con uniformes blancos que cumplen tareas específicas. Algunos congelan pescados, otros efectúan el control de la calidad de las langostas o clasifican los camarones. Otros equipos friegan mesas y suelos. En el piso superior, donde la vestimenta es menos formal, el visitante pasa por las oficinas de administración antes de entrar al despacho de Floyd Forbes, el genial vicepresidente de la compañía. La empresa exporta a Estados Unidos y Europa. Sus cajas de cola de langosta llevan la marca Celebrity. Aunque los pescadores que necesitan financiación tienen pocas alternativas a parte de acudir a su empresa, Forbes insiste que ésta obtiene sus ganancias con la venta de langostas, no con sus préstamos. En todo momento, dice, entre 200 y 300 pescadores que han recibido equipo de su compañía trabajan para pagarlo con langostas. Muchos de ellos, agrega, saldan su deuda en 12 meses. Forbes cree que grandes compañías como la suya y el pescador de pequeña escala tienen intereses comunes. Por ejemplo, Forbes es partidario de una temporada de veda de la langosta, aplicada de manera estricta. Aunque la producción de langosta se ha mantenido estable, el esfuerzo de pesca para mantener ese nivel ha aumentado entre ocho y nueve veces en el curso de la década pasada. Pero, de vuelta alrededor del caldero de pescado, los pequeños pescadores como Robert Chapman, de Corn Island, no tienen la misma opinión sobre las empresas de la industria del pescado, en particular en temas de financiación. "Si uno recibe financiación de una compañía está obligado a venderle el producto", dice. Todos los presentes estuvieron de acuerdo en que la respuesta definitiva sería una intervención del gobierno para encontrar un sistema de crédito adecuado a gente como ellos. ¿Qué pasó con la agricultura? Otra alternativa al buceo y a cualquier actividad de pesca marítima sería quedarse en la isla y dedicarse a cultivar la tierra. Pero en este caso el problema es también el financiamiento. Según los participantes en la reunión, los bancos están sólo interesados en invertir en café, algodón y ganado, y todo ello se produce en la región del Pacífico del país, no aquí en la Costa Atlántica. Rincard Hunter, un hombre grande y jovial, con una abundante barba, asegura que preferiría trabajar la tierra en lugar de salir en busca de langostas. En otros tiempos, apunta, un 75 por ciento de la gente que vive en la isla fueron agricultores, cultivando fruta, hortalizas, melones y mandioca. Otros recolectaban cocos. La isla está bendecida con un suelo excelente, dice. "Podríamos cultivar tomates de este tamaño", afirma describiendo un gran círculo con sus dedos. Las frutas y hortalizas frescas ayudarían además a atender las necesidades turísticas, otro tipo de industria que contribuiría a reducir la presión en los recursos pesqueros, agrega. La agricultura desapareció definitivamente de la isla hace algunos años, cuando un huracán barrió los cultivos. Hoy, cualquiera que quiera dedicarse a esta actividad necesita créditos y asistencia técnica para desbrozar la tierra y volver a plantar, señala. Pero Hunter se queja de que lo único que ha hecho el gobierno en Corn Island, en el tema de la agricultura, es un estudio de un insecto que transporta una plaga desde las plantas silvestres de algodón a los cultivos comerciales. Pero las plantaciones de algodón están en la región del Pacífico, no aquí. "En la isla tienen técnicos, sistemas de comunicación, un jeep, una casa, trampas, pero nada para nosotros", se queja. Hunter se imaginaba una isla de agricultores y pescadores, donde existiera financiamiento disponible para quien quisiera trabajar y producir, y donde los recursos naturales de los que ellos dependen pudieran ser protegidos para futuras generaciones. Es una visión ambiciosa, pero la población de Corn Island y su gobierno trabajarán juntos para hacerla realidad.
Publicado: Mayo 2001 |
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