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Dos visiones de El SalvadorTradición y expontaneidad conviven en una exposición del Centro Cultural del BIDPor Roger Hamilton Los miembros de un grupo se consideran artistas. Se fomaron en una escuela de arte, venden sus obras a un público de expertos y, en alguna medida, alternan con la elite cultural, política y económica del país. Los del otro grupo se describen como agricultores, pescadores o carpinteros. Al regresar a su hogar del trabajo se distraen tallando un pedazo de madera, si les da por ahí. Lo hacen por inclinación natural y el producto de ese placentero momento en privado es conocido y apreciado por sus vecinos y muy pocos más. Los mundos paralelos de las bellas artes y el arte popular raramente se encuentran. Una excepción es la exposición "Dos visiones de El Salvador", en la Galería de Arte del Centro Cultural del BID, donde se presentaron pinturas de la primera mitad del siglo pasado junto con una selección de obras del arte popular contemporáneo. A pesar de que El Salvador es un país pequeño y que la mayoría de los artistas profesionales de esta exposición vienen de familias modestas o hasta pobres, es evidente que ellos han contribuido a formar un vibrante movimiento cultural. La mayoría recibieron su aprendizaje inicial en su país y casi todos ellos se perfecccionaron en el extranjero. La temática que expresan está firmemente enraizada en su realidad local, pero es patente que recibieron fuerte influencia del arte mexicano y europeo. Un buen ejemplo es Carlos Alberto Imery. A los 29 años atrajo la atención de un grupo de personas influyentes en San Salvador, que lograron persuadir al presidente de la república para darle una beca de estudios en Roma. Tras cuatro años en Italia y otros cuatro en España y Francia, Imery regresó a El Salvador a exponer sus pinturas. Pero no vendió ni una. Imery llegó a la conclusión de que el problema no era la calidad de su trabajo, sino el nivel de refinamiento del público. De manera que en 1912, con apoyo oficial, fundó una Escuela de Artes Gráficas con el propósito de formar artistas y al mismo tiempo educar a la sociedad en general. Uno de sus estudiantes más sobresalientes fue Luis Alfredo Cáceres. Aunque nunca estudió en el extranjero, Cáceres estaba fuertemente influenciado por los muralistas mexicanos y su obra claramente muestra su amor por la tierra y la cultura local. Una de sus mejores composiciones, "Escuela bajo el amate", aparece arriba en esta página. En los primeros años del siglo XX prosiguió la gestación del arte salvadoreño. En 1936, se fundó la sociedad de Amigos del Arte, con el propósito de dar ayuda a artistas, y se estableció una academia de pintura por iniciativa del artista español Valero Lecha. Hacia el fin de la Segunda Guerra Mundial se intensificaron las divergencias en la comunidad de artistas entre "académicos" e "independientes". Los primeros, que se habían formado con Lecha, trabajaban dentro de un estricto marco tradicional y tenían escaso interés en innovaciones. El segundo grupo estaba constituído por artistas más activos en política y que se consideraban proletarios de alguna manera. Tras una etapa de considerable antagonismo, la mayoría de los "académicos" fueron a estudiar a México y algunos de los "independientes" hicieron lo mismo. Hacia fines de los años 1950 casi todos ellos habían regresado y la pintura salvadoreña entró en una fase más actual. Los independientes se aplicaron a imbuir un mensaje social en sus obras. "Lo que era nuevo", dice Félix Angel, el curador del BID, "era la idea de producir arte con una función social, pero dirigido a una sociedad intelectualmente progresista, y plasmarlo en un lenguaje visual no tradicionalmente figurativo". Libertad en el arte popular. En contraste con el desarrollo institucional del movimiento artístico formal de El Salvador, el país carecía de una vigorosa tradición de arte popular. Paradójicamente, esa falta de modelos rígidos había dado a estos artesanos una gran libertad y autonomía, aunque con una repercusión comercial muy limitada. Sin el peso de la tradición, el artista popular salvadoreño entra en contacto directo con su material y con la naturaleza, dice el experto en arte popular salvadoreño Mario Martí en el catálogo de la exposición presentada en el BID. "Este arte de lo esencial, realizado sin compromisos ni impedimentos, encuentra en su propia fragilidad una fuerza nacida de la resistencia, una vena que la cultura popular salvadoreña ha demostrado a lo largo de su historia". Varias tallas en la muestra del BID representan el trabajo de gente local, que crean imágenes religiosas usadas en altares hogareños o muñecas campesinas tradicionales. En ambos casos, el trozo original de madera es la influencia que guía la labor. Se trate de arte popular o de bellas artes, la muestra en el BID confirma que la expresión artística refleja el entorno social en el que nace, y ésto hace que el arte se convierta en un elemento esencial para preservar la memoria cultural de una nación. Publicado: Enero 2001 |
![]() "Escuela bajo el amate", de Luis Alfredo Cáceres.
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