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‘Le secret est une forme de corruption’
Le prix Nobel Oscar Arias exhorte les gouvernements latino-américains à révéler le chiffre de leurs dépenses militaires
par Paul Constance

Lecture by Oscar Arias
Cátedra Siglo XXI Lecture Series
Inter-American Development Bank.
November 21, 2000

Valores, liderazgo, desarrollo y el BID

Amigas y amigos:

Quiero felicitar a don Enrique Iglesias, Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, por la iniciativa que condujo a la creación de la Cátedra Siglo XXI. Le agradezco a la señora Muni Figueres el haberme brindado el honor de conversar, durante los próximos minutos, con tan distinguido grupo de funcionarios de esta importante institución sobre el tema de los valores y el liderazgo.

Antes de entrar en el tópico principal de mi charla, permítanme referirme al panorama que nos ofrece la actualidad mundial en la perspectiva desde la cual deseo situar nuestra discusión. Sissela Bok, destacada autora en el campo de la ética y los valores, nos hace ver que el mundo se caracteriza, en nuestra época, por el ensanchamiento progresivo de tres formidables brechas, a saber: la separación entre quienes tienen mucho y quienes carecen de todo, la separación entre la realidad y la retórica, y la separación entre quienes se preocupan por la suerte de los demás y quienes son indiferentes. Y, en verdad, si dirigimos nuestra mirada a América Latina y el Caribe, veremos que en nuestra región esas brechas son enormes y continúan ensanchándose.

América Latina es la región del mundo en la que el abismo que separa a los ricos de los pobres es más grande y más difícil de superar. En muchos de nuestros países esta brecha aumenta día a día, en buena parte porque estamos privando a la juventud de las oportunidades educativas que le permitirían una vida más digna.

En lo que se refiere a la brecha entre la retórica y la realidad, a los líderes políticos se les atribuye, generalmente, la costumbre de decir una cosa y hacer otra. América Latina parece estar especialmente dotada para la producción de demagogos cuyo discurso no podría estar más desligado de la realidad ni más alejado de sus actos.

Finalmente, con respecto a la brecha entre la preocupación y la indiferencia, pienso que lamentablemente no son muchos los individuos y las organizaciones que, como el BID, están dispuestos a luchar contra los grandes problemas que afronta la humanidad. En la otra vertiente figura el vasto número de personas y grupos que se muestran indiferentes o apáticos, sumergidos en la fácil creencia de que "así han sido las cosas desde siempre y así seguirán siendo". La cultura latinoamericana tiende a producir esta forma de pensamiento fatalista. Les corresponde a quienes se preocupan, a los que aún tienen fe, continuar haciendo cuanto esté a su alcance para superar ese gran enemigo que es la indiferencia.

Mi buen amigo Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz, señaló alguna vez que lo opuesto al amor no es el odio, sino la indiferencia. Por eso, al hablar con ustedes esta noche sobre la necesidad de recurrir a los valores para fortalecer nuestros actos, debo proponerles que, cualquiera sea nuestro ámbito de acción, no caigamos nunca en la indiferencia.

El tema de los valores es amplio y complejo. Pese a que muchos preferirían ignorarlo, siempre incita al debate, sobre todo si nos preguntamos a cuáles valores nos referimos. ¿Son los valores a los que se adhiere una persona o un grupo tan válidos como los que profesan otros? ¿Podemos considerar que hay valores universalmente compartidos?

Se han hecho innumerables intentos por definir cuáles valores compartimos y cuáles deberíamos compartir. Dos pensadoras en el tema de la ética, Sissela Bok y Frances Harbour, coinciden en la identificación de un conjunto básico de valores que, según ellas, son compartidos por todas las culturas: la lealtad, la valentía, la veracidad, la justicia y el rechazo del asesinato y otras formas de violencia. Ambas autoras sostienen que las sociedades comienzan, precisamente, con esos valores y, conforme evolucionan, construyen sistemas cada vez más desarrollados y precisos de religión, leyes y tradiciones que ya no son universalmente compartidos. Es obvio que la identificación de un denominador común mínimo de valores puede ser de utilidad para propiciar el diálogo intercultural, pero también nos lleva a plantearnos la siguiente pregunta: si limitamos nuestro interés únicamente a un mínimo de valores básicos compartidos, ¿cómo integrar nuevos elementos al inventario de valores universales para que la humanidad pase, en un momento dado, a un nivel ético superior?

Si admitimos que la discusión sobre lo que deberíamos tener en común es tan importante como el debate en torno a lo que ya tenemos en común, podríamos caer en la tentación de imponer nuestro "deber ser" a otros individuos y a otras culturas. Esto ha ocurrido repetidamente en la historia de la humanidad, con mucha frecuencia bajo la forma de la colonización. Los desastrosos efectos del colonialismo nos brindan una lección básica que no debemos olvidar: la ampliación de cualquier lista aceptable de valores universales no puede surgir de la dominación, sino del diálogo entre culturas.

Un esfuerzo por desarrollar ese diálogo fue la Comisión sobre la Gobernabilidad Global, de la cual tuve el privilegio de formar parte junto a don Enrique Iglesias. Esta comisión estuvo integrada por un grupo independiente de personalidades procedentes de veintiséis países, en representación de todos los continentes y regiones del mundo. En el informe surgido de nuestro trabajo, publicado en 1995, figura un conjunto de valores fundamentales que, si bien se presenta como un "deber ser", se basa en la realidad y es respetuoso de la diversidad religiosa y cultural del mundo. Créanme que el empeño no fue fácil. La lista que propusimos finalmente fue ésta: respeto a la vida, libertad, justicia y equidad, respeto mutuo, compasión e integridad.

Posiblemente el mundo nunca llegue a adoptar un conjunto universal de valores. Lo importante es que el debate sobre el tema continúe y que nos empeñemos en poner en práctica los valores que hayamos adoptado sobre la base de una definición ética responsable.

Debemos, acto seguido, examinar la importancia de los valores en el ejercicio del liderazgo. Joanne Ciulla señala, en su libro sobre ética y liderazgo, que, cuando hablamos de un "buen liderazgo", la frase puede tener dos sentidos diferentes. Por una parte, el de liderazgo efectivo y, por otra, el de liderazgo con sustento moral. Y agrega que es mucho más fácil juzgar si el liderazgo de determinada persona es efectivo, que juzgar si es ético o moralmente "bueno". Esto se debe, seguramente, al carácter conflictivo e inconcluso del debate sobre la relación entre liderazgo y ética.

En el ámbito de la política, la ética no debe confundirse con un manual de prescripciones o un catecismo que contiene una receta para cada situación. La vida democrática exige que cada ciudadano viva y resuelva un recurrente dilema entre lo que de acuerdo con su conciencia es correcto y lo que conviene a sus intereses personales. Un manual atiborrado de respuestas nos eximiría de responsabilidades, pero nos privaría de la libertad. Ese dilema ético es el terreno en el que se ejercita la libertad, pero el precio de la libertad ha de pagarse con la práctica de la responsabilidad.

En nuestro tiempo, tras el fracaso de los regímenes colectivistas se ha entronizado una tendencia al individualismo, que pareciera destinada a hacer de la libertad y de la responsabilidad categorías incompatibles, y a subvertir la política, actividad que la misma etimología impregna de connotaciones colectivas. Vemos así cómo la libertad sin responsabilidad exalta lo individual a expensas de lo social. Esto ocurre, entre otras cosas, porque se han descuidado los valores que, como el amor al prójimo, la solidaridad, la tolerancia y la compasión, ponen límites al egoísmo animal de nuestra especie y definen la esencia social del ser humano.

Tales valores, fundamento del verdadero humanismo, constituyen un acervo ético compatible con casi todas las creencias religiosas y filosóficas y con todas las opciones políticas de raíz democrática, de modo que su eclipse sólo puede ser revertido dotando a la política de una nueva dimensión ética. En esta dimensión, el individuo actuará bajo el íntimo convencimiento de que, en cada situación, debe optar por lo que es correcto, no importan las consecuencias de esa decisión. Pero también implica reconocer que los demás pueden tener, en torno a lo que es correcto, ideas diferentes a las nuestras pero igualmente legítimas, lo que contrasta con el moralismo sectario e intolerante.

El moralista enrostra a los demás las debilidades que él probablemente no podría superar. La mujer o el hombre que pone la ética por delante no trata de demostrar que siempre tiene la razón. Cuando cree tenerla, argumenta para convencer a los demás, no los agrede para obligarlos a reconocer su error. La mujer o el hombre meramente moralista busca los recursos del poder para crear normas cuyo cumplimiento se asegura por el miedo, la exclusión y la violencia. La ética llama a convencer, el moralismo llama a vencer. Convencer significa transformar al otro; vencer significa destruirlo.

Establecida la diferencia entre la ética y el moralismo, no me cabe duda de que el buen liderazgo tiene que ser no sólo efectivo, sino también inseparable de la ética, sobre todo cuando se trata del liderazgo político. Ahora bien, ¿cómo establecer cuáles son los valores esenciales para el ejercicio del liderazgo? Creo que el valor fundamental de un líder debe ser la capacidad para lograr la confianza de la gente. Diversos autores han descrito la confianza como la atmósfera en la que deben tener lugar las relaciones humanas. Y, al igual que ocurre con la atmósfera biológica, la confianza puede ser fácilmente dañada y su recuperación es difícil, si no imposible. La confianza es tan vital para el buen liderazgo como lo son el agua y el aire para la vida. El hecho de que, en nuestros días, el tema central de las campañas de muchos políticos es el intento por demostrar su fiabilidad, nos dice cuán contaminada se encuentra nuestra atmósfera social de confianza.

La traición de los líderes a la confianza de los pueblos se manifiesta de muchas maneras, y todas ellas responden al nombre de corrupción. La forma de corrupción más común consiste en la obtención de ventajas materiales a expensas del erario público o mediante el cohecho y la venta de influencias. Este fenómeno, ampliamente difundido, debe ser tomado muy en serio y tiene que ser motivo de preocupación para las instituciones que, como el BID, deben velar por el uso legítimo y eficiente de los recursos que proporcionan a los gobiernos. Esto implica, además, evitar que tales fondos sean sustraídos por funcionarios públicos inescrupulosos.

Pero hay otras formas de corrupción que, pese a ser más sutiles y no necesariamente ilegales, atentan contra la esencia de la democracia. Cuando un líder sabe cuáles cambios son indispensables, pero se abstiene de proponerlos o de llevarlos a cabo por miedo a perder popularidad, no solo está dando una muestra de cobardía sino que está, además, corrompiendo los principios democráticos. Hay corrupción cuando los líderes políticos se niegan a llamar las cosas por sus nombres. Hoy, el podio del gobernante se encuentra prácticamente en la sala, en el comedor o en la alcoba de cada familia y, por ello, su ejemplo puede ser constructivo o devastador para el individuo y para la sociedad. El bien educativo más preciado que los dirigentes pueden ofrecer a sus conciudadanos es la correspondencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Cuando consideramos los peligros que corre la democracia, especialmente en países en donde la experiencia democrática es nueva o vacilante, lo primero que viene a nuestra mente es la ineptitud educativa de tantos gobernantes que, en vez de luz, crean oscuridad al decir a los pueblos lo que estos quieren oír y no lo que necesitan saber, y al abrir abismos entre su pensamiento, su discurso y sus acciones. Este doble lenguaje de muchos líderes es una práctica corruptora y degradante de los individuos, las sociedades y el sistema democrático. Cuando se ausenta la verdad se desvanece la democracia.

En los presupuestos de gastos de muchos gobiernos, que deberían ser los mejores indicadores de las prioridades del Estado, hay rubros muy importantes que se manejan prácticamente bajo secreto. Yo afirmo que, en este y en cualquier otro caso, el secreto es una forma de corrupción, aun cuando no se utilice para ocultar el enriquecimiento ilícito de los gobernantes; afirmo que es corrupta la actitud de los líderes que se arrogan el abusivo poder de mantener al pueblo en la oscuridad con respecto al destino de los recursos del Estado. Esta falta de transparencia es un atentado contra la democracia, tan letal como la apropiación indebida de los dineros públicos, y quizás más letal todavía porque la falta de transparencia es un fenómeno sistemático y no individual.

En torno a los valores de confianza, honestidad y transparencia, he hecho otra lista: la lista de valores fundamentales que deben ser respetados en el ejercicio del liderazgo democrático. Estos valores son de fundamental importancia en los países de América Latina y el Caribe que, tras sufrir décadas de dictadura, guerras civiles, represión y regímenes totalitarios, comienzan apenas a desarrollar las incipientes raíces de la democracia.

Ahora bien, ¿de qué manera se relaciona ese breve catálogo de valores con la misión y las actividades del Banco Interamericano de Desarrollo? Permítanme sugerir algunos de los que considero importantes valores institucionales del BID, compatibles con los valores del liderazgo ya mencionados.

El Convenio Constitutivo del BID establece que el propósito del Banco es el desarrollo económico y social de los países miembros. Este debe ser un valor institucional del Banco porque, como todos los valores, contiene una idea, es algo que consideramos importante y aspiramos a ver tanto en las raíces como en los frutos de nuestras acciones.

En el Informe del Grupo de Trabajo sobre la Estrategia Institucional se define al Banco como "una comunidad ética, fundada sobre el principio de prestación de servicios a otros". Podemos considerar que este principio es un segundo valor institucional.

La idea del "buen gobierno", es decir, de una adecuada gestión pública, es importante, tanto para el Banco como para las otras instituciones financieras internacionales. Se puede ver como un tercer valor institucional por ser la condición necesaria para que la inversión destinada al desarrollo sea eficaz. Al igual que la confianza, este valor se nota más por su ausencia que por su presencia. En efecto, cuando los países no se comprometen a tener un "buen gobierno", tarde o temprano serán víctimas de los mecanismos estatales deficientes, el gasto irresponsable y las fallas en la rendición de cuentas.

Tanto para el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, como para el BID, es cada día mayor la importancia de reducir la pobreza y la desigualdad. Esta es, amigas y amigos, la base del cuarto valor institucional del BID: la justicia social. Los países no deben crecer y desarrollarse manteniendo a los desamparados en el desamparo, pues esa clase de desarrollo no coincide con la visión ni con la misión del Banco.

Ahora bien, a lo largo de esta conversación ha venido surgiendo, por así decirlo, la armadura ética del trabajo que ha de realizar esta prestigiosa institución. Estoy seguro, además, de que cada uno de ustedes tiene en mente temas y proyectos en los que el Banco actúa plegado a sus valores institucionales. Quiero, ahora, plantearles un tema que el Banco no trata actualmente, un tema que las instituciones de Bretton Woods tampoco han tomado en cuenta, pero que, a mi entender, con base en los valores y principios que he comentado, es preciso considerar. Ese tema es el gasto militar.

Según el Informe de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Humano, el porcentaje promedio del producto interno bruto que los países de América Latina y el Caribe dedican a la inversión en salud es aproximadamente igual a la mitad del que dedican a ese mismo rubro los 20 países con los más altos índices de desarrollo humano. Podríamos convenir en que esto es razonable, dadas las diferencias en el grado de desarrollo y en la disponibilidad de infraestructura existentes entre ambos grupos de países. Pero, mientras que América Latina invierte en salud la mitad de lo que invierten en ese rubro los países más desarrollados, su gasto militar equivale al 75 por ciento del gasto militar de esos mismos países. Este es un promedio de los países que divulgan información sobre su gasto militar. Sin embargo, casi la mitad de los países de nuestra región no proporcionan esa información. En algunos de esos casos, como es el de Saint Kitts, podemos concluir que la magnitud de ese gasto es insignificante; no obstante, no contar con información sobre el gasto militar de países como Perú y Paraguay es extremadamente grave.

En primer lugar, tenemos un problema de falta de transparencia, es decir, de transgresión de uno de los valores fundamentales del liderazgo, estrechamente relacionado con el buen gobierno, uno de los valores centrales del BID. ¿Cómo podríamos confiar en que a los recursos destinados al desarrollo de los países de la región se les dará el mejor uso posible, si los gobiernos se niegan a divulgar el destino de una significativa parte de sus presupuestos nacionales? ¿Cómo podemos estar seguros de que nuestros países realizan un esfuerzo real para fortalecer los fondos asignados a la salud y a la educación, si no sabemos con certeza cuántos recursos se dedican a la adquisición de tanques y helicópteros artillados?

Algunos importantes funcionarios de gobierno han mostrado preocupación sobre este tema. En abril del presente año, el Secretario del Tesoro de Estados Unidos, Lawrence Summers, dirigiéndose al comité para el desarrollo del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, dijo: "Urgimos a los gobiernos miembros a que, con el apoyo del Banco y del Fondo, busquen con mucho empeño una óptima transparencia en el manejo de sus presupuestos militares… Seguimos creyendo que, antes de aprobar ayuda financiera, a las instituciones financieras internacionales les incumbe conocer plenamente los sistemas de auditoría y de rendición de cuentas aplicables a los gastos militares del país prestatario, al igual que se hace con los demás gastos…" Fin de la cita.

Quizás este llamado a la transparencia no sea nuevo. Sin embargo, me gustaría proponer que, en vez de solicitarles a los gobiernos que sometan sus gastos militares a adecuados auditorajes, introduzcamos, como condición para el otorgamiento de recursos, una total transparencia sobre los gastos de defensa. Como mínimo, debe haber auditorajes periódicos sobre los presupuestos militares, así como la aprobación de estos presupuestos por parte de los parlamentos nacionales.

Pero la transparencia no es suficiente. Una vez conocida la magnitud del gasto militar de determinado gobierno, surgirá la siguiente pregunta: ¿es apropiado este nivel de gasto militar? Por apropiado queremos decir: ¿está este país incurriendo en un gasto militar conmensurable con sus necesidades de seguridad o autodefensa, o más bien se está excediendo y, en consecuencia, distrae para ese efecto recursos que deberían dedicarse a fines de desarrollo humano como la salud y la educación? Con esta pregunta aludimos, al mismo tiempo, al valor ético del liderazgo que hemos llamado honestidad, y al valor institucional del Banco que hemos llamado justicia social.

Si los gobernantes que buscan el apoyo del BID son verdaderamente honestos, admitirán que el adagio latino "si vis pacem para bellum" no puede estar hoy más lejos de la verdad y de la necesidad; que la preparación para la guerra no produce la paz, y que el verdadero enemigo de la paz es la pobreza. Si los gobiernos pretenden instaurar el tipo de justicia social requerido para reducir la pobreza y la desigualdad, deben comenzar por educar al pueblo y por cuidar su salud. Cuando los presupuestos militares son desmesuradamente elevados en relación con los presupuestos de salud —como es el caso en muchos de nuestros países— a los pobres se les roba la oportunidad de tener una vida sana. Ahí donde las escuelas son, para el gobierno, menos prioritarias que los cuarteles, a los niños se les está empobreciendo su futuro.

Es posible que ustedes, como funcionarios del BID, estén convencidos de que todo esto es cierto y, pese a ello, no creen que el Banco tiene un papel que jugar en la solución de este problema. En tal caso este es un debate no solo válido, sino también necesario. ¿Tienen, el BID y otros proveedores de recursos para el desarrollo, el derecho a señalarle a un país solicitante que su gasto militar es excesivo? ¿Quién debe indicar dónde se encuentra el límite?

Ciertamente, ha habido bastante discusión en torno al tema de cuántos y cuáles condicionamientos a la ayuda para el desarrollo son apropiados, pero la cuestión está muy lejos de haber sido resuelta. Considero que la posición del Banco al respecto es, en cierta medida, ambigua. El aparte f de la Sección 5 del Convenio Constitutivo establece que el Banco, sus oficiales y sus empleados no deben interferir en los asuntos políticos de ninguno de sus miembros, ni deberán ser influidos, en sus decisiones, por el carácter político del miembro o los miembros afectados por esas decisiones, con respecto a las cuales se especifica que solamente las consideraciones económicas son relevantes. En contraste, el Informe sobre Estrategia Institucional le atribuye al Banco serios esfuerzos para verificar que sus recursos financieros fueran utilizados juiciosamente mediante reformas en la política económica. Este mismo documento se refiere al Banco como proveedor de, cito, "apoyo estratégico a sus países miembros prestatarios para la identificación, el diseño y la aplicación de políticas públicas". El Informe, además, recomienda enfáticamente que el Banco sirva como foro y como facilitador del diálogo político.

Me parece, amigas y amigos, que, para una institución "fundada sobre el principio de prestación de servicios a otros", basada en el objetivo de promover el desarrollo económico y social, y comprometida, como lo está en la actualidad, con el mejoramiento de la gobernabilidad de nuestros estados, es imposible no involucrarse en la política de los países miembros. No veo cómo se podría evitar que las consideraciones políticas afecten las decisiones del BID si es precisamente la política la que, en último término, determina si un gobierno da prioridad a la formación de maestros sobre el reclutamiento de soldados, o a una campaña de inmunización sobre una compra de munición.

Por mucho que haya habido debate sobre cuáles condiciones son apropiadas para el otorgamiento de recursos para el desarrollo, la alternativa de reducir el gasto militar no se ha abierto mucho camino. Si es posible, como lo creo, ponernos de acuerdo en que algunos condicionamientos son necesarios, entonces podemos proponer la posibilidad de que los créditos del BID sean condicionados a la transparencia en el manejo de los presupuestos militares o, aún mejor, a la transferencia de una parte de los recursos dedicados a fines militares a los presupuestos de educación y salud. Considero que tal condicionamiento será congruente, tanto con los valores éticos del liderazgo como con los valores institucionales del Banco. La valentía y el buen juicio de quienes se atrevan a proponer y aplicar estos condicionamientos serán retribuidos con las vidas adultas saludables, pacíficas y productivas que llevarán las niñas y los niños de América Latina y el Caribe de hoy. Es decir, con el cumplimiento del objetivo fundamental del BID.

Amigas y amigos: La paz, el desarrollo humano, la justicia, la tolerancia y la solidaridad deben comenzar en nuestras mentes y en nuestros actos. El mundo no podrá cambiar sin una transformación de la conciencia humana, y esa transformación solo podrá darse si cada uno de nosotros asume ciertas obligaciones. Muchos años ha, Mahatma Ghandi hizo su prédica sobre los siete pecados sociales: política sin principios, comercio sin moralidad, riqueza sin trabajo, educación sin carácter, ciencia sin humanidad, placer sin conciencia, y oración sin sacrificio. Los líderes deben saber que el liderazgo carece de sentido si no va acompañado de la responsabilidad y la moral, esto es, si no va acompañado de un anclaje ético del cual no debe haber alejamiento deliberado.

La ética de las Américas no es una ética que esté a la espera de ser inventada. Sus bases están implícitas en las ideas políticas, filosóficas y religiosas que impregnan nuestra historia: las que apenas fueron propugnadas y las que se impusieron; las que figuran en los frontispicios de parlamentos, palacios de gobierno, iglesias y universidades y las que fueron escritas en catacumbas, ergástulas y destierros. Moisés, Buda, Platón, Jesús, Mahoma, los anónimos gestores del Popol Vuh, Santo Tomás, Erasmo, Locke, Kant, Adam Smith y Marx; los padres de la Revolución Americana, Emerson y Thoreau, Bolívar, José Cecilio Del Valle, Juárez y Martí; en este siglo Ghandi, Churchill, Keynes, Martin Luther King, Hayek, Karl Popper, Isaiah Berlin y la Madre Teresa de Calcuta, son tan solo algunos integrantes del nutrido contingente de espíritus que hemos acogido en el santoral americano de los valores.

La ética que nos debemos integra, desde el buen gobierno de la ciudad de Platón, pasando por el no matarás de Moisés, por el amaos los unos a los otros de Jesús, por el no respondáis con la violencia de Ghandi, hasta el todos somos iguales de Mandela y de Menchú. Puede encarnar todo eso porque en nuestro continente han confluido, como en ninguno otro, las razas, las lenguas, las religiones, las virtudes, los defectos, las alegrías y las penas de todo el planeta. Esta ética, construida con valores consagrados en todas las épocas y en todos los lugares del mundo, debe ser también la base del liderazgo que nuestra civilización requiere para el siglo XXI. Espero que, tanto los individuos como las instituciones, asuman la responsabilidad de contribuir, mediante su liderazgo y su apego a esta ética, a la exaltación de la dignidad del ser humano.

Muchas gracias.

 

 

Publié: mars 2001