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Lecture
by Oscar Arias
Cátedra Siglo XXI Lecture Series
Inter-American Development Bank.
November 21, 2000
Valores,
liderazgo, desarrollo y el BID
Amigas
y amigos:
Quiero
felicitar a don Enrique Iglesias, Presidente del Banco Interamericano
de Desarrollo, por la iniciativa que condujo a la creación
de la Cátedra Siglo XXI. Le agradezco a la señora
Muni Figueres el haberme brindado el honor de conversar, durante
los próximos minutos, con tan distinguido grupo de funcionarios
de esta importante institución sobre el tema de los valores
y el liderazgo.
Antes
de entrar en el tópico principal de mi charla, permítanme
referirme al panorama que nos ofrece la actualidad mundial en la
perspectiva desde la cual deseo situar nuestra discusión.
Sissela Bok, destacada autora en el campo de la ética y los
valores, nos hace ver que el mundo se caracteriza, en nuestra época,
por el ensanchamiento progresivo de tres formidables brechas, a
saber: la separación entre quienes tienen mucho y quienes
carecen de todo, la separación entre la realidad y la retórica,
y la separación entre quienes se preocupan por la suerte
de los demás y quienes son indiferentes. Y, en verdad, si
dirigimos nuestra mirada a América Latina y el Caribe, veremos
que en nuestra región esas brechas son enormes y continúan
ensanchándose.
América
Latina es la región del mundo en la que el abismo que separa
a los ricos de los pobres es más grande y más difícil
de superar. En muchos de nuestros países esta brecha aumenta
día a día, en buena parte porque estamos privando
a la juventud de las oportunidades educativas que le permitirían
una vida más digna.
En lo
que se refiere a la brecha entre la retórica y la realidad,
a los líderes políticos se les atribuye, generalmente,
la costumbre de decir una cosa y hacer otra. América Latina
parece estar especialmente dotada para la producción de demagogos
cuyo discurso no podría estar más desligado de la
realidad ni más alejado de sus actos.
Finalmente,
con respecto a la brecha entre la preocupación y la indiferencia,
pienso que lamentablemente no son muchos los individuos y las organizaciones
que, como el BID, están dispuestos a luchar contra los grandes
problemas que afronta la humanidad. En la otra vertiente figura
el vasto número de personas y grupos que se muestran indiferentes
o apáticos, sumergidos en la fácil creencia de que
"así han sido las cosas desde siempre y así seguirán
siendo". La cultura latinoamericana tiende a producir esta
forma de pensamiento fatalista. Les corresponde a quienes se preocupan,
a los que aún tienen fe, continuar haciendo cuanto esté
a su alcance para superar ese gran enemigo que es la indiferencia.
Mi buen
amigo Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz, señaló
alguna vez que lo opuesto al amor no es el odio, sino la indiferencia.
Por eso, al hablar con ustedes esta noche sobre la necesidad de
recurrir a los valores para fortalecer nuestros actos, debo proponerles
que, cualquiera sea nuestro ámbito de acción, no caigamos
nunca en la indiferencia.
El tema
de los valores es amplio y complejo. Pese a que muchos preferirían
ignorarlo, siempre incita al debate, sobre todo si nos preguntamos
a cuáles valores nos referimos. ¿Son los valores a los
que se adhiere una persona o un grupo tan válidos como los
que profesan otros? ¿Podemos considerar que hay valores universalmente
compartidos?
Se han
hecho innumerables intentos por definir cuáles valores compartimos
y cuáles deberíamos compartir. Dos pensadoras en el
tema de la ética, Sissela Bok y Frances Harbour, coinciden
en la identificación de un conjunto básico de valores
que, según ellas, son compartidos por todas las culturas:
la lealtad, la valentía, la veracidad, la justicia y el rechazo
del asesinato y otras formas de violencia. Ambas autoras sostienen
que las sociedades comienzan, precisamente, con esos valores y,
conforme evolucionan, construyen sistemas cada vez más desarrollados
y precisos de religión, leyes y tradiciones que ya no son
universalmente compartidos. Es obvio que la identificación
de un denominador común mínimo de valores puede ser
de utilidad para propiciar el diálogo intercultural, pero
también nos lleva a plantearnos la siguiente pregunta: si
limitamos nuestro interés únicamente a un mínimo
de valores básicos compartidos, ¿cómo integrar
nuevos elementos al inventario de valores universales para que la
humanidad pase, en un momento dado, a un nivel ético superior?
Si admitimos
que la discusión sobre lo que deberíamos tener en
común es tan importante como el debate en torno a lo que
ya tenemos en común, podríamos caer en la tentación
de imponer nuestro "deber ser" a otros individuos y a
otras culturas. Esto ha ocurrido repetidamente en la historia de
la humanidad, con mucha frecuencia bajo la forma de la colonización.
Los desastrosos efectos del colonialismo nos brindan una lección
básica que no debemos olvidar: la ampliación de cualquier
lista aceptable de valores universales no puede surgir de la dominación,
sino del diálogo entre culturas.
Un esfuerzo
por desarrollar ese diálogo fue la Comisión sobre
la Gobernabilidad Global, de la cual tuve el privilegio de formar
parte junto a don Enrique Iglesias. Esta comisión estuvo
integrada por un grupo independiente de personalidades procedentes
de veintiséis países, en representación de
todos los continentes y regiones del mundo. En el informe surgido
de nuestro trabajo, publicado en 1995, figura un conjunto de valores
fundamentales que, si bien se presenta como un "deber ser",
se basa en la realidad y es respetuoso de la diversidad religiosa
y cultural del mundo. Créanme que el empeño no fue
fácil. La lista que propusimos finalmente fue ésta:
respeto a la vida, libertad, justicia y equidad, respeto mutuo,
compasión e integridad.
Posiblemente
el mundo nunca llegue a adoptar un conjunto universal de valores.
Lo importante es que el debate sobre el tema continúe y que
nos empeñemos en poner en práctica los valores que
hayamos adoptado sobre la base de una definición ética
responsable.
Debemos,
acto seguido, examinar la importancia de los valores en el ejercicio
del liderazgo. Joanne Ciulla señala, en su libro sobre ética
y liderazgo, que, cuando hablamos de un "buen liderazgo",
la frase puede tener dos sentidos diferentes. Por una parte, el
de liderazgo efectivo y, por otra, el de liderazgo con sustento
moral. Y agrega que es mucho más fácil juzgar si el
liderazgo de determinada persona es efectivo, que juzgar si es ético
o moralmente "bueno". Esto se debe, seguramente, al carácter
conflictivo e inconcluso del debate sobre la relación entre
liderazgo y ética.
En el
ámbito de la política, la ética no debe confundirse
con un manual de prescripciones o un catecismo que contiene una
receta para cada situación. La vida democrática exige
que cada ciudadano viva y resuelva un recurrente dilema entre lo
que de acuerdo con su conciencia es correcto y lo que conviene a
sus intereses personales. Un manual atiborrado de respuestas nos
eximiría de responsabilidades, pero nos privaría de
la libertad. Ese dilema ético es el terreno en el que se
ejercita la libertad, pero el precio de la libertad ha de pagarse
con la práctica de la responsabilidad.
En nuestro
tiempo, tras el fracaso de los regímenes colectivistas se
ha entronizado una tendencia al individualismo, que pareciera destinada
a hacer de la libertad y de la responsabilidad categorías
incompatibles, y a subvertir la política, actividad que la
misma etimología impregna de connotaciones colectivas. Vemos
así cómo la libertad sin responsabilidad exalta lo
individual a expensas de lo social. Esto ocurre, entre otras cosas,
porque se han descuidado los valores que, como el amor al prójimo,
la solidaridad, la tolerancia y la compasión, ponen límites
al egoísmo animal de nuestra especie y definen la esencia
social del ser humano.
Tales
valores, fundamento del verdadero humanismo, constituyen un acervo
ético compatible con casi todas las creencias religiosas
y filosóficas y con todas las opciones políticas de
raíz democrática, de modo que su eclipse sólo
puede ser revertido dotando a la política de una nueva dimensión
ética. En esta dimensión, el individuo actuará
bajo el íntimo convencimiento de que, en cada situación,
debe optar por lo que es correcto, no importan las consecuencias
de esa decisión. Pero también implica reconocer que
los demás pueden tener, en torno a lo que es correcto, ideas
diferentes a las nuestras pero igualmente legítimas, lo que
contrasta con el moralismo sectario e intolerante.
El moralista
enrostra a los demás las debilidades que él probablemente
no podría superar. La mujer o el hombre que pone la ética
por delante no trata de demostrar que siempre tiene la razón.
Cuando cree tenerla, argumenta para convencer a los demás,
no los agrede para obligarlos a reconocer su error. La mujer o el
hombre meramente moralista busca los recursos del poder para crear
normas cuyo cumplimiento se asegura por el miedo, la exclusión
y la violencia. La ética llama a convencer, el moralismo
llama a vencer. Convencer significa transformar al otro; vencer
significa destruirlo.
Establecida
la diferencia entre la ética y el moralismo, no me cabe duda
de que el buen liderazgo tiene que ser no sólo efectivo,
sino también inseparable de la ética, sobre todo cuando
se trata del liderazgo político. Ahora bien, ¿cómo
establecer cuáles son los valores esenciales para el ejercicio
del liderazgo? Creo que el valor fundamental de un líder
debe ser la capacidad para lograr la confianza de la gente. Diversos
autores han descrito la confianza como la atmósfera en la
que deben tener lugar las relaciones humanas. Y, al igual que ocurre
con la atmósfera biológica, la confianza puede ser
fácilmente dañada y su recuperación es difícil,
si no imposible. La confianza es tan vital para el buen liderazgo
como lo son el agua y el aire para la vida. El hecho de que, en
nuestros días, el tema central de las campañas de
muchos políticos es el intento por demostrar su fiabilidad,
nos dice cuán contaminada se encuentra nuestra atmósfera
social de confianza.
La traición
de los líderes a la confianza de los pueblos se manifiesta
de muchas maneras, y todas ellas responden al nombre de corrupción.
La forma de corrupción más común consiste en
la obtención de ventajas materiales a expensas del erario
público o mediante el cohecho y la venta de influencias.
Este fenómeno, ampliamente difundido, debe ser tomado muy
en serio y tiene que ser motivo de preocupación para las
instituciones que, como el BID, deben velar por el uso legítimo
y eficiente de los recursos que proporcionan a los gobiernos. Esto
implica, además, evitar que tales fondos sean sustraídos
por funcionarios públicos inescrupulosos.
Pero
hay otras formas de corrupción que, pese a ser más
sutiles y no necesariamente ilegales, atentan contra la esencia
de la democracia. Cuando un líder sabe cuáles cambios
son indispensables, pero se abstiene de proponerlos o de llevarlos
a cabo por miedo a perder popularidad, no solo está dando
una muestra de cobardía sino que está, además,
corrompiendo los principios democráticos. Hay corrupción
cuando los líderes políticos se niegan a llamar las
cosas por sus nombres. Hoy, el podio del gobernante se encuentra
prácticamente en la sala, en el comedor o en la alcoba de
cada familia y, por ello, su ejemplo puede ser constructivo o devastador
para el individuo y para la sociedad. El bien educativo más
preciado que los dirigentes pueden ofrecer a sus conciudadanos es
la correspondencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que
se hace. Cuando consideramos los peligros que corre la democracia,
especialmente en países en donde la experiencia democrática
es nueva o vacilante, lo primero que viene a nuestra mente es la
ineptitud educativa de tantos gobernantes que, en vez de luz, crean
oscuridad al decir a los pueblos lo que estos quieren oír
y no lo que necesitan saber, y al abrir abismos entre su pensamiento,
su discurso y sus acciones. Este doble lenguaje de muchos líderes
es una práctica corruptora y degradante de los individuos,
las sociedades y el sistema democrático. Cuando se ausenta
la verdad se desvanece la democracia.
En los
presupuestos de gastos de muchos gobiernos, que deberían
ser los mejores indicadores de las prioridades del Estado, hay rubros
muy importantes que se manejan prácticamente bajo secreto.
Yo afirmo que, en este y en cualquier otro caso, el secreto es una
forma de corrupción, aun cuando no se utilice para ocultar
el enriquecimiento ilícito de los gobernantes; afirmo que
es corrupta la actitud de los líderes que se arrogan el abusivo
poder de mantener al pueblo en la oscuridad con respecto al destino
de los recursos del Estado. Esta falta de transparencia es un atentado
contra la democracia, tan letal como la apropiación indebida
de los dineros públicos, y quizás más letal
todavía porque la falta de transparencia es un fenómeno
sistemático y no individual.
En torno
a los valores de confianza, honestidad y transparencia, he hecho
otra lista: la lista de valores fundamentales que deben ser respetados
en el ejercicio del liderazgo democrático. Estos valores
son de fundamental importancia en los países de América
Latina y el Caribe que, tras sufrir décadas de dictadura,
guerras civiles, represión y regímenes totalitarios,
comienzan apenas a desarrollar las incipientes raíces de
la democracia.
Ahora
bien, ¿de qué manera se relaciona ese breve catálogo
de valores con la misión y las actividades del Banco Interamericano
de Desarrollo? Permítanme sugerir algunos de los que considero
importantes valores institucionales del BID, compatibles con los
valores del liderazgo ya mencionados.
El Convenio
Constitutivo del BID establece que el propósito del Banco
es el desarrollo económico y social de los países
miembros. Este debe ser un valor institucional del Banco porque,
como todos los valores, contiene una idea, es algo que consideramos
importante y aspiramos a ver tanto en las raíces como en
los frutos de nuestras acciones.
En el
Informe del Grupo de Trabajo sobre la Estrategia Institucional se
define al Banco como "una comunidad ética, fundada sobre
el principio de prestación de servicios a otros". Podemos
considerar que este principio es un segundo valor institucional.
La idea
del "buen gobierno", es decir, de una adecuada gestión
pública, es importante, tanto para el Banco como para las
otras instituciones financieras internacionales. Se puede ver como
un tercer valor institucional por ser la condición necesaria
para que la inversión destinada al desarrollo sea eficaz.
Al igual que la confianza, este valor se nota más por su
ausencia que por su presencia. En efecto, cuando los países
no se comprometen a tener un "buen gobierno", tarde o
temprano serán víctimas de los mecanismos estatales
deficientes, el gasto irresponsable y las fallas en la rendición
de cuentas.
Tanto
para el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, como para
el BID, es cada día mayor la importancia de reducir la pobreza
y la desigualdad. Esta es, amigas y amigos, la base del cuarto valor
institucional del BID: la justicia social. Los países no
deben crecer y desarrollarse manteniendo a los desamparados en el
desamparo, pues esa clase de desarrollo no coincide con la visión
ni con la misión del Banco.
Ahora
bien, a lo largo de esta conversación ha venido surgiendo,
por así decirlo, la armadura ética del trabajo que
ha de realizar esta prestigiosa institución. Estoy seguro,
además, de que cada uno de ustedes tiene en mente temas y
proyectos en los que el Banco actúa plegado a sus valores
institucionales. Quiero, ahora, plantearles un tema que el Banco
no trata actualmente, un tema que las instituciones de Bretton Woods
tampoco han tomado en cuenta, pero que, a mi entender, con base
en los valores y principios que he comentado, es preciso considerar.
Ese tema es el gasto militar.
Según
el Informe de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Humano, el
porcentaje promedio del producto interno bruto que los países
de América Latina y el Caribe dedican a la inversión
en salud es aproximadamente igual a la mitad del que dedican a ese
mismo rubro los 20 países con los más altos índices
de desarrollo humano. Podríamos convenir en que esto es razonable,
dadas las diferencias en el grado de desarrollo y en la disponibilidad
de infraestructura existentes entre ambos grupos de países.
Pero, mientras que América Latina invierte en salud la mitad
de lo que invierten en ese rubro los países más desarrollados,
su gasto militar equivale al 75 por ciento del gasto militar de
esos mismos países. Este es un promedio de los países
que divulgan información sobre su gasto militar. Sin embargo,
casi la mitad de los países de nuestra región no proporcionan
esa información. En algunos de esos casos, como es el de
Saint Kitts, podemos concluir que la magnitud de ese gasto es insignificante;
no obstante, no contar con información sobre el gasto militar
de países como Perú y Paraguay es extremadamente grave.
En primer
lugar, tenemos un problema de falta de transparencia, es decir,
de transgresión de uno de los valores fundamentales del liderazgo,
estrechamente relacionado con el buen gobierno, uno de los valores
centrales del BID. ¿Cómo podríamos confiar en
que a los recursos destinados al desarrollo de los países
de la región se les dará el mejor uso posible, si
los gobiernos se niegan a divulgar el destino de una significativa
parte de sus presupuestos nacionales? ¿Cómo podemos
estar seguros de que nuestros países realizan un esfuerzo
real para fortalecer los fondos asignados a la salud y a la educación,
si no sabemos con certeza cuántos recursos se dedican a la
adquisición de tanques y helicópteros artillados?
Algunos
importantes funcionarios de gobierno han mostrado preocupación
sobre este tema. En abril del presente año, el Secretario
del Tesoro de Estados Unidos, Lawrence Summers, dirigiéndose
al comité para el desarrollo del Banco Mundial y del Fondo
Monetario Internacional, dijo: "Urgimos a los gobiernos miembros
a que, con el apoyo del Banco y del Fondo, busquen con mucho empeño
una óptima transparencia en el manejo de sus presupuestos
militares
Seguimos creyendo que, antes de aprobar ayuda financiera,
a las instituciones financieras internacionales les incumbe conocer
plenamente los sistemas de auditoría y de rendición
de cuentas aplicables a los gastos militares del país prestatario,
al igual que se hace con los demás gastos
" Fin
de la cita.
Quizás
este llamado a la transparencia no sea nuevo. Sin embargo, me gustaría
proponer que, en vez de solicitarles a los gobiernos que sometan
sus gastos militares a adecuados auditorajes, introduzcamos, como
condición para el otorgamiento de recursos, una total transparencia
sobre los gastos de defensa. Como mínimo, debe haber auditorajes
periódicos sobre los presupuestos militares, así como
la aprobación de estos presupuestos por parte de los parlamentos
nacionales.
Pero
la transparencia no es suficiente. Una vez conocida la magnitud
del gasto militar de determinado gobierno, surgirá la siguiente
pregunta: ¿es apropiado este nivel de gasto militar? Por apropiado
queremos decir: ¿está este país incurriendo en
un gasto militar conmensurable con sus necesidades de seguridad
o autodefensa, o más bien se está excediendo y, en
consecuencia, distrae para ese efecto recursos que deberían
dedicarse a fines de desarrollo humano como la salud y la educación?
Con esta pregunta aludimos, al mismo tiempo, al valor ético
del liderazgo que hemos llamado honestidad, y al valor institucional
del Banco que hemos llamado justicia social.
Si los
gobernantes que buscan el apoyo del BID son verdaderamente honestos,
admitirán que el adagio latino "si vis pacem para bellum"
no puede estar hoy más lejos de la verdad y de la necesidad;
que la preparación para la guerra no produce la paz, y que
el verdadero enemigo de la paz es la pobreza. Si los gobiernos pretenden
instaurar el tipo de justicia social requerido para reducir la pobreza
y la desigualdad, deben comenzar por educar al pueblo y por cuidar
su salud. Cuando los presupuestos militares son desmesuradamente
elevados en relación con los presupuestos de salud como
es el caso en muchos de nuestros países a los pobres
se les roba la oportunidad de tener una vida sana. Ahí donde
las escuelas son, para el gobierno, menos prioritarias que los cuarteles,
a los niños se les está empobreciendo su futuro.
Es posible
que ustedes, como funcionarios del BID, estén convencidos
de que todo esto es cierto y, pese a ello, no creen que el Banco
tiene un papel que jugar en la solución de este problema.
En tal caso este es un debate no solo válido, sino también
necesario. ¿Tienen, el BID y otros proveedores de recursos
para el desarrollo, el derecho a señalarle a un país
solicitante que su gasto militar es excesivo? ¿Quién
debe indicar dónde se encuentra el límite?
Ciertamente,
ha habido bastante discusión en torno al tema de cuántos
y cuáles condicionamientos a la ayuda para el desarrollo
son apropiados, pero la cuestión está muy lejos de
haber sido resuelta. Considero que la posición del Banco
al respecto es, en cierta medida, ambigua. El aparte f de la Sección
5 del Convenio Constitutivo establece que el Banco, sus oficiales
y sus empleados no deben interferir en los asuntos políticos
de ninguno de sus miembros, ni deberán ser influidos, en
sus decisiones, por el carácter político del miembro
o los miembros afectados por esas decisiones, con respecto a las
cuales se especifica que solamente las consideraciones económicas
son relevantes. En contraste, el Informe sobre Estrategia Institucional
le atribuye al Banco serios esfuerzos para verificar que sus recursos
financieros fueran utilizados juiciosamente mediante reformas en
la política económica. Este mismo documento se refiere
al Banco como proveedor de, cito, "apoyo estratégico
a sus países miembros prestatarios para la identificación,
el diseño y la aplicación de políticas públicas".
El Informe, además, recomienda enfáticamente que el
Banco sirva como foro y como facilitador del diálogo político.
Me parece,
amigas y amigos, que, para una institución "fundada
sobre el principio de prestación de servicios a otros",
basada en el objetivo de promover el desarrollo económico
y social, y comprometida, como lo está en la actualidad,
con el mejoramiento de la gobernabilidad de nuestros estados, es
imposible no involucrarse en la política de los países
miembros. No veo cómo se podría evitar que las consideraciones
políticas afecten las decisiones del BID si es precisamente
la política la que, en último término, determina
si un gobierno da prioridad a la formación de maestros sobre
el reclutamiento de soldados, o a una campaña de inmunización
sobre una compra de munición.
Por
mucho que haya habido debate sobre cuáles condiciones son
apropiadas para el otorgamiento de recursos para el desarrollo,
la alternativa de reducir el gasto militar no se ha abierto mucho
camino. Si es posible, como lo creo, ponernos de acuerdo en que
algunos condicionamientos son necesarios, entonces podemos proponer
la posibilidad de que los créditos del BID sean condicionados
a la transparencia en el manejo de los presupuestos militares o,
aún mejor, a la transferencia de una parte de los recursos
dedicados a fines militares a los presupuestos de educación
y salud. Considero que tal condicionamiento será congruente,
tanto con los valores éticos del liderazgo como con los valores
institucionales del Banco. La valentía y el buen juicio de
quienes se atrevan a proponer y aplicar estos condicionamientos
serán retribuidos con las vidas adultas saludables, pacíficas
y productivas que llevarán las niñas y los niños
de América Latina y el Caribe de hoy. Es decir, con el cumplimiento
del objetivo fundamental del BID.
Amigas
y amigos: La paz, el desarrollo humano, la justicia, la tolerancia
y la solidaridad deben comenzar en nuestras mentes y en nuestros
actos. El mundo no podrá cambiar sin una transformación
de la conciencia humana, y esa transformación solo podrá
darse si cada uno de nosotros asume ciertas obligaciones. Muchos
años ha, Mahatma Ghandi hizo su prédica sobre los
siete pecados sociales: política sin principios, comercio
sin moralidad, riqueza sin trabajo, educación sin carácter,
ciencia sin humanidad, placer sin conciencia, y oración sin
sacrificio. Los líderes deben saber que el liderazgo carece
de sentido si no va acompañado de la responsabilidad y la
moral, esto es, si no va acompañado de un anclaje ético
del cual no debe haber alejamiento deliberado.
La ética
de las Américas no es una ética que esté a
la espera de ser inventada. Sus bases están implícitas
en las ideas políticas, filosóficas y religiosas que
impregnan nuestra historia: las que apenas fueron propugnadas y
las que se impusieron; las que figuran en los frontispicios de parlamentos,
palacios de gobierno, iglesias y universidades y las que fueron
escritas en catacumbas, ergástulas y destierros. Moisés,
Buda, Platón, Jesús, Mahoma, los anónimos gestores
del Popol Vuh, Santo Tomás, Erasmo, Locke, Kant, Adam Smith
y Marx; los padres de la Revolución Americana, Emerson y
Thoreau, Bolívar, José Cecilio Del Valle, Juárez
y Martí; en este siglo Ghandi, Churchill, Keynes, Martin
Luther King, Hayek, Karl Popper, Isaiah Berlin y la Madre Teresa
de Calcuta, son tan solo algunos integrantes del nutrido contingente
de espíritus que hemos acogido en el santoral americano de
los valores.
La ética
que nos debemos integra, desde el buen gobierno de la ciudad
de Platón, pasando por el no matarás de Moisés,
por el amaos los unos a los otros de Jesús, por el no respondáis
con la violencia de Ghandi, hasta el todos somos iguales de Mandela
y de Menchú. Puede encarnar todo eso porque en nuestro continente
han confluido, como en ninguno otro, las razas, las lenguas, las
religiones, las virtudes, los defectos, las alegrías y las
penas de todo el planeta. Esta ética, construida con valores
consagrados en todas las épocas y en todos los lugares del
mundo, debe ser también la base del liderazgo que nuestra
civilización requiere para el siglo XXI. Espero que, tanto
los individuos como las instituciones, asuman la responsabilidad
de contribuir, mediante su liderazgo y su apego a esta ética,
a la exaltación de la dignidad del ser humano.
Muchas
gracias.
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