"De la noche a la mañana pasé de loco a
visionario"
Rodrigo Baggio
Empresario Informático
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Por PAUL CONSTANCE
Rodrigo Baggio podría ser descrito como un empresario informático con conciencia social. A los 12 años,
cuando su padre le regaló una computadora Paralógica TK-82, el primer modelo que se popularizó en Brasil, este joven
carioca aprendió por su cuenta a programar software. “Desde ese momento quedé fascinado por la computación”, cuenta
Baggio. También demostró tener un precoz interés por los temas sociales. Por los tiempos en que comenzaba a dominar
su PC, se ofreció a coordinar un programa de deportes para niños de las favelas de Rio. “Esa experiencia me conmovió porque
me mostró una realidad que era muy distinta a la mía”, recuerda Baggio, hoy de 29 años. A los 15 se ofreció a ayudar a
operar la oficina carioca de una reserva extractiva en la selva amazónica. Al poco tiempo diseñó un programa informático de
administración ambiental para la reserva que integraba imágenes satelitales con datos de estudios de campo. Tras estudiar en la
Universidad Federal de Rio de Janeiro, Baggio entró a trabajar como programador en la firma internacional Andersen
Consulting. Pero el mundo de las grandes corporaciones resultó ser demasiado lento para el inquieto Baggio. A los 22, con
ayuda de su padre, fundó una empresa de sistemas informáticas. Uno de sus primeros clientes fue un grupo de escuelas privadas
que quedó tan impresionado con su trabajo que le pidió que diseñara un curso de computación como complemento a los
programas de estudios tradicionales. Su curso, que usaba programas interactivos para hacer más atractivas las materias como
astronomía, anatomía y biología, resultó un éxito rotundo. Gracias a las recomendaciones, pronto llegó a tener más clientes
que los que podía atender. “Comencé a ganar muchísimo dinero”, recuerda. “Compré un departamento, un auto, un barco,
teléfonos celulares.” Sin embargo, al poco tiempo, empezó a sentirse descontento. “Estaba tan ocupado que dejé de lado
mis esfuerzos en el campo social”, dice. Una noche tuvo un sueño en el que vio a niños pobres operando computadoras. Esa
visión desencadenó una serie de eventos que lo llevó a crear en 1994 el Comité para la Democratización de la Informática
(CDI). Su propósito era instruir a los jóvenes de las favelas tanto en el uso de computadoras como en materia cívica para que
pudiesen mejorar sus posibilidades de conseguir empleo y lidiar con los problemas de sus propias comunidades.
Baggio ayuda a alumnos en una de las 107 escuelas de
computación que operan en favelas (Foto: CDI)
Según recuerda Baggio, al principio casi todo el mundo creyó que era una quimera. A pesar de todo, se empeñó hasta encontrar
una iglesia católica en la favela de Santa Marta que le prestó sus instalaciones para abrir su particular escuela de computación.
Una empresa de confecciones textiles le donó cinco computadoras flamantes y una organización no gubernamental se ofreció a
coordinar la operación. Los medios le brindaron una masiva cobertura a la inauguración de la escuela. “De la noche a la mañana
pasé de loco a visionario”, dice. Durante los primeros días de inscripción, la escuela anotó a 600 personas ansiosas por
aprender computación. Baggio reclutó a voluntarios para entrenar a maestros locales y concibió un sistema flexible de cursos de
uno a tres meses de duración con turnos diurnos y vespertinos. Los módulos cubren desde programas básicos de computación a
aspectos más complicados como el mantenimiento de equipos. Los estudiantes aprenden a poner en práctica sus conocimientos
informáticos imprimiendo panfletos y diarios comunitarios o compilando estadísticas de salud de sus favelas en hojas de
cálculo.
Aranceles y costos.
La idea de Baggio se ha propagado como un virus cibernético. Desde 1994, el CDI ha ayudado a abrir 107 escuelas de
computación en barrios marginales de 13 estados brasileños. Unos 32.000 jóvenes han pasado por sus aulas. Aunque las
escuelas dependen de donaciones de equipos e instalaciones prestadas, son autosuficientes en materia financiera ya que cobran
modestos aranceles que promedian los tres dólares mensuales. Esos pagos generan suficientes fondos como para pagarles
sueldos a los instructores, quienes viven en las mismas comunidades donde enseñan. Recientemente, entidades de Japón,
Colombia y Filipinas han invitado a Baggio para que les explique cómo pueden adaptar su programa a sus
comunidades. ¿Cuál es su siguiente objetivo? “Les estoy pidiendo a las empresas telefónicas que donen líneas para que
todas las escuelas brasileñas tengan conexiones de Internet”, dice. “Hoy en día sólo tres de nuestras escuelas en Rio y dos en
Minas Gerais están conectadas”, comenta Baggio. “Pero en tres meses, esperamos que la mitad de nuestras escuelas estén
enganchadas a Internet.” Para más información acerca del CDI, diríjase a www.cdi.org.br.
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