Ver también:

|
COMO SALVAR VIDAS EN LA
CALLE
|
|
|
Por PAUL CONSTANCE
El peligro de transitar los caminos latinoamericanos representa una enorme pérdida social y económica para la región.
Según estadísticas compiladas por la Dirección Vial Danesa en un estudio financiado por el BID, por lo menos 100.000
personas mueren y otras 1.2 millones sufren heridas cada año en accidentes de tránsito en América Latina. Los costos de estos
accidentes, en términos de pérdidas de productividad, cuentas de hospitales y otros factores, son del orden de los 30.000
millones de dólares. Los accidentes de tránsito ocurren con mucha más frecuencia en esta región que en la mayoría de las
naciones industrializadas. Por cada 10.000 vehículos en circulación, en el país latinoamericano promedio registra unas 18
muertes en accidentes al año. En los Estados Unidos, Canadá, Japón y varios países europeos, el promedio es de tan sólo 2,4
muertes por cada 10.000 vehículos. El factor más alarmante de las estadísticas latinoamericanas es la cantidad de
peatones que mueren arrollados por vehículos. Casi la mitad de los accidentes de la región ocurren en las ciudades, donde entre
un tercio y la mitad de las fatalidades corresponden a peatones, a diferencia de conductores y pasajeros de vehículos. Según el
economista Charles Wright, especialista en transporte del BID, esto se debe en parte a que las ciudades latinoamericanas tienen
altas densidades de población y que caminar sigue siendo la principal forma de locomoción de sus habitantes. Pero la
principal razón para la elevada tasa de muertes de peatones se debe a que los sistemas de circulación de tránsito de las ciudades
latinoamericanas fueron concebidos sólo para vehículos. En muchas de las ciudades las aceras son estrechas, o están mal
marcadas o directamente no existen. Esto obliga a los peatones a arriesgarse a caminar en las calles. No son comunes las señales
de pare. En algunas intersecciones los semáforos no le dan suficiente tiempo a los peatones para cruzar las calles. Muchas calles
están mal iluminadas, factor que entorpece la visión de los conductores de noche o de madrugada, cuando muchos escolares
transitan. Por otra parte, la falta de vigilancia efectiva permite que los conductores no obedezcan los límites de velocidad y otras
reglas. Desdichadamente, es probable que estos problemas se agraven. El crecimiento económico y la liberalización del
comercio se han combinado para aumentar el número de vehículos en la región durante la última década. Aunque en
comparación con otras regiones el número de vehículos es relativamente bajo (unos 100 vehículos por cada 1.000 habitantes en
América Latina, contra 500 vehículos por cada 1.000 habitantes en naciones industrializadas) está en franco crecimiento. Los
principales fabricantes de autos han hecho grandes inversiones en Brasil, México y Argentina en años recientes con la esperanza
de capturar una porción del vasto mercado potencial para modelos económicos y utilitarios. Las ciudades latinoamericanas,
donde el tráfico ya es una pesadilla, se volverán aún más peligrosas.
Arreglo.
Cuando se los enfrenta a la realidad de los accidentes viales, la mayoría de los latinoamericanos demuestran cierta resignación.
Los accidentes suelen ser vistos como resultado de la mala suerte. Se presume que todo aumento en los niveles de seguridad
sería terriblemente caro. Este es un error trágico. Wright y otros expertos no se cansan de apuntar que hay una cantidad de
medidas relativamente baratas que pueden tomar las ciudades para reducir rápidamente las muertes de peatones. Varias de esas
alternativas están ilustradas en estas páginas. Tomemos como ejemplo a la ciudad de Belo Horizonte, la capital del estado
brasileño de Minas Gerais, que hasta fines de los años setenta tenía una de las tasas de accidentes más altas de Brasil. Sus
calles, diseñadas en la época de los carros tirados por caballos, traían el tráfico de calles con un trazado cuadriculado y cortado
por avenidas diagonales hacia gigantescas rotondas de múltiples carriles. A medida que creció el parque automotor, las rotondas
se convirtieron en pesadillas para los conductores y trampas mortales para los peatones. En 1980 las autoridades municipales
resolvieron cerrar las diagonales y convertirlas en playas de estacionamiento y paseos peatonales. Ensancharon las aceras para
que el tráfico se ordenara en carriles bien marcados. Instalaron semáforos programados para que los peatones pudiesen cruzar las
calles. Rediseñaron las rutas de autobuses y pusieron paradas en zonas protegidas. Después de poner en efecto todas esas
medidas, el número de muertes en accidentes de tránsito cayó 75 por ciento, dice Wright. Una política integral de
seguridad vial requiere mucho más. También se necesitan planes de transporte orientados hacia los peatones, mejores reglas de
tránsito, más vigilancia por parte de la policía y requisitos más exigentes para permisos de conducir. “Esos son los principales
objetivos de largo plazo”, señala Wright. “Pero, entre tanto, las ciudades pueden tomar simples medidas que salvarían miles de
vidas.” Para más información sobre el tema, solicite el libro Seguridad de Tránsito: Aplicaciones de Ingeniería para
Reducir Accidentes por Philip Gold, consultor del BID. Llame al (202) 623-1753 o escriba al correo electrónico
idb-books@iadb.org.
|
|