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por CAROLINE CLARKE Las devastadoras inundaciones y los deslizamientos de lodo que mataron a unas 30.000 personas en Venezuela en diciembre ocurrieron poco más de un año después de que el huracán Mitch arrasó América Central, donde perecieron más de 10.000 personas.La tragedia del huracán suscitó una extraordinaria campaña internacional para apoyar la reconstrucción y la transformación de Honduras, Nicaragua, Guatemala y El Salvador. Para coordinar ese esfuerzo, el BID organizó un grupo consultivo de instituciones multilaterales y gobiernos donantes que se comprometieron a otorgar miles de millones de dólares en ayuda humanitaria, préstamos a largo plazo y alivio de deuda para ayudar a los países afectados por el Mitch. A pesar de esos esfuerzos, el proceso de reconstrucción ha tardado en despegar en América Central, un hecho que ha llevado a todas las partes involucradas a manifestar frustraciones y a culparse mutuamente. Los países beneficiarios han dicho que la ayuda internacional resulta demasiado lenta, que falta coordinación y sobran condicionalidades. Los donantes se han quejado de que algunos gobiernos beneficiarios no involucran suficientemente a los municipios y a la sociedad civil en los programas de reconstrucción, que los procedimientos de compras y contratos y asignación de recursos no son transparentes y que no se están llevando a cabo las reformas necesarias en los sectores sociales. A su vez, las organizaciones no gubernamentales han criticado a todos los demás por los retrasos injustificados, la escasez de resultados y la falta de apego a los principios acordados entre beneficiarios y donantes en una reunión internacional celebrada en mayo de 1999 en Estocolmo. Todas esas aseveraciones tienen una cuota de verdad. Pero no debemos perder de vista las oportunidades sin precedentes derivadas de esta difícil tarea de recuperar y modernizar a América Central. De esta experiencia podría surgir, y debería surgir, una nueva estrategia para el desarrollo en una de las regiones del mundo más expuestas a amenazas naturales. Las lecciones que se aprendan en América Central resultarán valiosísimas para otros países. Venezuela, que recién inicia la monumental tarea de la reconstrucción, puede ganar mucho si aprende de los errores del pasado. Entre los aspectos positivos se puede señalar que, de una vez por todas, el manejo de riesgos y la prevención de desastres están logrando el nivel de atención que realmente requieren. Nunca antes habían reconocido los gobiernos tan explícitamente que la mitigación es un elemento crucial, no sólo para los proyectos de reconstrucción sino para los programas de desarrollo en general. Aún a pesar de que frecuentemente se producen episodios como una correntada que se lleva un puente recién repuesto o los reasentamientos de familias en zonas de alto riesgo, hechos que nos demuestran que los principios de la precaución no siempre se cumplen cabalmente, los países de la región sí están tomando medidas para reforzar su capacidad para manejar riesgos. Están creando sistemas de monitoreo y pronóstico, están identificando zonas de alto riesgo, están reforzando sus normas para la construcción y están alentando medidas para mitigar los desastres a nivel comunitario. Esto, por lo menos, es un comienzo. Pero por sí solas, estas medidas no le brindarán a los habitantes de las regiones más amenazadas la seguridad que necesitan y se merecen. Los países golpeados por desastres naturales enfrentan la gigantesca tarea de organizar sus sistemas de defensa civil tanto para guiar la reconstrucción como para prepararse para futuras emergencias. Su principal objetivo debe ser asignar recursos, sobre una base permanente, para las inversiones en mitigación de desastres. Los gobiernos no pueden seguir lidiando con estas tragedias sólo después de que suceden. —La autora es especialista en mitigación de desastres y desarrollo urbano del BID.
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