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El precio de vivir en el trópico
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Por ROGER HAMILTON
Si a la gente no le gusta el lugar donde vive, tiene dos opciones. La primera es mudarse a algún otro lugar donde las
cosas parezcan mejores. Esa ha sido la historia de la gran diáspora humana de los pasados 50.000 años.
O la gente puede permanecer donde está y cambiar su entorno. Se pueden abrir canales de irrigación,
desviar ríos, controlar mosquitos que transmiten enfermedades y superar otros obstáculos. Los esfuerzos por
sobreponerse a la naturaleza son la médula de la saga de la civilización.
(Foto: Carlos Conde, BID)
De una u otra forma, el tema es la geografía, que otrora primaba entre las ciencias. Con el correr de los
años, todo un nuevo conjunto de intereses científicos la empujaron a un lado. Ahora, muchos consideran a la
geografía como una disciplina un tanto pasada de moda. Otros la ven con cierta sospecha, reflejo de los abusos
perpetrados cuando se la esgrimía para justificar prejuicios como los presuntos nexos entre climas cálidos y
"razas inferiores".
Pero no se puede negar el valor de la geografía como instrumento explicativo. En manos de estudiosos
capacitados, los datos sobre topografía, suelos, climas, distribución de la población y otros factores
iluminan las causas de la evolución de las sociedades humanas. Aunque las explicaciones pueden ser tentativas y abiertas
al debate, están basadas en factores reales que existen en el mundo real. La ineludible conclusión es que
ciertamente importa donde uno vive.
Pero aunque la geografía importa, no es determinante, así como el patrimonio genético de una
persona no fija el curso de su futuro desarrollo. Las circunstancias geográficas no se traducen en resultados predecibles.
Por ejemplo, hay países con niveles de vida relativamente altos situados en regiones tropicales, como Costa Rica. A la
inversa, hay países pobres en zonas templadas y geográficamente más favorables. Las excepciones
confirman el hecho de que las influencias geográficas confluyen con otros factores, como las instituciones
políticas, la educación y el desarrollo tecnológico. De todas formas, cuanto más comprenda una
sociedad sus desventajas geográficas, mejores las estrategias que podrá concebir para superarlas.
Por todas estas razones es importante reconocer que muchas naciones de América Latina enfrentan de hecho
una serie de desventajas geográficas en comparación con las naciones desarrolladas del norte (ver recuadro a la
izquierda). Esa es la conclusión de un reciente estudio del BID, Desarrollo Más Allá de la
Economía. Uno de sus capítulos, preparado por John Gallup, del Centro para el Desarrollo Internacional de
la Universidad de Harvard y por Eduardo Lora, del Departamento de Investigación del BID, muestra que muchos de los
persistentes problemas de desarrollo que enfrentan los países latinoamericanos son resultado de su ubicación
geográfica.
Pero el informe muestra asimismo que una vez que esos problemas son claramente identificados y puestos en contexto,
se los puede superar mediante políticas y tecnologías adecuadas.
Haciendo frente a la geografía. Una manera de superar el aislamiento
geográfico de un país es mejorar su infraestructura de transporte. Mejores caminos, puertos, ferrocarriles y
aeropuertos brindan acceso a los mercados mundiales. Pero el país sólo cosechará beneficios plenos de su
inversión en ese frente si practica buenas políticas comerciales y macroeconómicas. La relación
entre ambos factores es bien conocida. Un propósito central del BID, desde su fundación en 1959, ha sido
financiar programas que contribuyan a construir infraestructura y ayuden a reformar la economía.
Debido a la enorme diversidad geográfica que caracteriza a muchos países de América Latina,
algunas regiones dentro de los propios países pueden también sufrir desventajas económicas. Pero los
autores del estudio del BID instan a no repetir los errores de anteriores programas de desarrollo orientados a ayudar a esas
regiones. Por ejemplo, resulta muy costoso llevar infraestructura, electricidad y caminos a lugares aislados. Sólo se
pueden justificar semejantes inversiones si garantizan grandes beneficios para los habitantes.
CAMINO DE MONTAÑA: Estas vías
son costosas de construir y mantener. (Foto: Lorena McIntyre, BID)
Por ejemplo, cualquier intento por instalar industrias en un lugar remoto debe tener en cuenta que deberán superarse las
enormes ventajas competitivas que una ciudad tiene en términos de transporte, comunicaciones, personal capacitado y
proximidad a proveedores de insumos y equipos. El informe lo describe como un dilema del huevo y la gallina. Las empresas no
se afincan donde no hay servicios ni infraestructura, pero no es una inversión eficiente crear esos atractivos a menos que
se pueda atraer suficientes interesados. Nadie quiere ser el primero y los parques industriales en regiones apartadas suelen acabar
desiertos. "Se construyeron, pero nadie vino", dice el informe.
Aun llevados a escalas gigantescas, los programas de fomento regionales no han podido crear la compleja estructura
económica necesaria para sacar de la pobreza a esas regiones desaventajadas. En Brasil, décadas de programas
para asistir al empobrecido nordeste han tenido resultados muy modestos. En 1960, el estado más pobre del Brasil era
Piauí, con un ingreso per cápita equivalente a sólo 11 por ciento del que tenía Sao Paulo, el
estado más rico. En 1995, el ingreso por habitante de Piauí ha aumentado a sólo 16 por ciento del ingreso
paulista. Lo mismo ocurrió con la Amazonia. La colonización de esa región ha causado inmensos
daños ambientales, y pocos beneficios económicos.
Según el informe, en lugar de fuertes inversiones en infraestructura, una estrategia más adecuada en el
caso de áreas remotas sería atender ciertas necesidades básicas para reducir la pobreza. Los programas
estarían orientados a proveer y mantener rudimentarios caminos de acceso, electricidad y comunicaciones. Idealmente,
los propios lugareños planearían y guiarían los proyectos para asegurar que satisfacen las necesidades
locales.
En el área de la salud, el informe detalla los serios problemas que plantea quebrar el vínculo entre el
clima y las enfermedades. Un clásico ejemplo es la malaria, para la cual aún no hay vacunas. Aunque cada
año mueren hasta 2,5 millones de personas de malaria, las empresas farmacéuticas privadas prácticamente
no trabajan en investigar el mal. Gran parte de los 84 millones invertidos en todo el mundo en 1993 buscándole una cura
fue gastada por países ricos preocupados por la salud de sus soldados apostados en territorios tórridos.
Una importante razón del magro progreso alcanzado contra las enfermedades tropicales es que ni siquiera las
naciones desarrolladas tienen capacidad de llevar a cabo la necesaria investigación biomédica y
farmacéutica. Por otra parte, las empresas farmacéuticas internacionales no están interesadas en
desarrollar productos para curar enfermedades tropicales porque el modesto mercado potencial no justifica la inversión.
¿Qué hacer?
Una posible solución ha sido planteada por Jeffrey Sachs, economista de la Universidad de Harvard y colega de
Gallup, uno de los autores del informe del BID. Sachs propone que los países ricos garanticen un precio mínimo
de compra por cada dosis de vacuna contra la malaria como una forma de crear un mercado atractivo para una firma que tenga
éxito en desarrollar tal vacuna. Garantías similares podrían promover el desarrollo de remedios contra
otras enfermedades.
La necesidad de datos.
Dada la complejidad de los vínculos entre geografía y desarrollo, es esencial tener buenos datos para formular
buenas políticas. Esa necesidad es particularmente grande en América Latina, donde las condiciones
geográficas cambian mucho de un país a otro y aún de una región a otra, dentro de un mismo
país. Una consecuencia es que el provecho de inversiones en infraestructura o en iniciativas de salud pública, por
ejemplo, puede diferir mucho, dependiendo del lugar. De la misma manera, se necesita precisa información
meteorológica y climatológica, como también geológica, para guiar los esfuerzos de
prevención de desastres naturales en las áreas que están en mayor peligro.
Aunque algunos de los países más grandes de la región tienen institutos geográficos y
estadísticos con capacidad técnica y analítica de nivel internacional (ver recuadro) en otros países
esos esfuerzos de recolección masiva de datos recién están comenzando. En países más
pequeños, los factores geográficos todavía no se tienen en cuenta al tomar decisiones en materia de gastos
en infraestructura, salud pública, desarrollo urbano o prevención de desastres.
Pero aun en países que tienen estadísticas de razonable calidad, a menudo la información
necesaria no llega a los niveles donde más se la necesita. Aunque se producen minuciosos análisis e informes,
con mucha frecuencia el ciudadano común no tiene acceso a información que podría preservar su vida o
su propiedad. La gente construye viviendas en laderas inestables o en planicies anegadizas, por ejemplo, porque no conoce los
riesgos. Los agricultores cometen costosos errores en el uso de fertilizantes, pesticidas e irrigación porque no tienen
información sobre la composición de la tierra que cultivan, o de la actividad de insectos o del perfil
meteorológico de su zona. En los peores casos, se manipula políticamente información vital que puede
afectar la salud y la seguridad de millones de personas, como datos sobre contaminación del agua, contaminación
industrial o deforestación de las riberas.
En otras palabras, si bien es mejor dejar en manos de organismos públicos la compleja y costosa tarea de reunir
y procesar información estadística, esos organismos no siempre son los más calificados para aprovechar
esa información. Para evitar esas distorsiones, los autores del informe sugieren descentralizar tanto como sea posible el
acceso a esa información y el subsecuente proceso de tomar decisiones sobre la base de esos datos. Con buena
información, los gobiernos provinciales, municipales y hasta locales tienen mejores posibilidades de tomar decisiones
correctas en materia de viviendas y actividades productivas, por ejemplo. Cada vez hay más evidencia de que es
más probable que tengan éxito los proyectos de desarrollo formulados e implementados en el ámbito
local que los concebidos en las cúpulas del poder.
Cómo no descentralizar.
¿Son el libre acceso a la información y la descentralización del gobierno las claves para superar desventajas
geográficas? Depende. En países con una larga tradición centralista, la descentralización genera
todo tipo de incógnitas. Por ejemplo, ¿quién es responsable del desarrollo de la infraestructura, los entes
oficiales? ¿O puede delegarse en otras entidades, como las asociaciones regionales de cafeteros o las empresas petroleras?
¿Deben ciertos problemas ser encarados cooperativamente por grupos de municipalidades? En ese caso, ¿cómo se
manejan las inevitables rivalidades políticas? En muchos países latinoamericanos existe un excesivo
número de jurisdicciones políticas. En Panamá, con una población de 3 millones de habitantes,
existen 67 municipalidades. El Salvador tiene el doble de población pero con 262 municipios.
La descentralización política bien puede ser un buen instrumento para controlar la geografía,
pero no es un instrumento simple. El informe enumera tres condiciones para que la descentralización tenga éxito:
(1) las decisiones en el ámbito local deben ser transparentes; (2) los costos de ejecutar proyectos de desarrollo deben ser
solventados por quienes los formulen y por otras unidades del gobierno; y (3) todos los beneficios deben ser para la comunidad
local.
Sin embargo, según el informe, en la mayoría de los casos rara vez se cumplen esas condiciones. Por
ejemplo, aunque en casi toda la región los gobiernos municipales ahora son electos democráticamente, las
decisiones que toman no son necesariamente transparentes, porque las prácticas de favoritismo político en el
ámbito local pueden ser tan corruptas como al nivel nacional. Como resultado, otros tipos de agrupaciones organizadas
democráticamente, como las asociaciones de productores locales, deben a menudo tomar la iniciativa para llevar adelante
proyectos.
La transferencia de fondos del gobierno central a jurisdicciones subalternas tiende también a sufrir de falta de
rendición de cuentas. Con frecuencia, esas transferencias son hechas automáticamente sobre la base de costos
declarados, en lugar de estar basadas en una evaluación independiente de la calidad o alcance de los bienes y servicios
que se están pagando. En algunos países el monto de transferencias federales está basado en precedentes,
casi como un derecho adquirido; o en un porcentaje fijo de los ingresos del gobierno central. Finalmente, los niveles inferiores
de gobierno en algunos países están facultados a tomar fondos prestados sin tener en cuenta su capacidad real de
generar ingresos y permanecer solventes.
No obstante, todas las potenciales desventajas de la descentralización se pueden evitar. Con una mejor
división de responsabilidades centrales y locales, una mejor recolección y diseminación de datos y
voluntad para tomar decisiones políticas difíciles, se pueden superar los obstáculos geográficos y
brindar más oportunidades a la ciudadanía.
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