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Julio - Agosto 2000
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Batallón: Presente armas -y
verduras
Un militar boliviano ayuda a rescatar ancestrales técnicas agrícolas altiplánicas |
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Por ROGER HAMILTON, en Warisata, Bolivia
El teniente coronel José Delgadillo está orgulloso de sus enormes nabos. Siente lo mismo por sus habas de exposición, que crecen más altas que un hombre, y por sus jugosas cebollas. Sus papas prosperan con tal éxito que algunas parecen a punto de emerger de la tierra. Pero lo que más disfruta el jefe del VIII Batallón de Infantería Ayacucho es mostrar a sus visitantes los detalles de la ingeniosa técnica que emplean sus soldados para producir prodigiosas hortalizas. La guarnición de Delgadillo se encuentra a dos horas de automóvil al norte de La Paz, en una planicie que bordea el Lago Titicaca, a más de 3.800 metros de altura. A un lado de la carretera se levanta un típico complejo de edificios militares, del otro lado el terreno es un damero de zanjones llenos de agua entre hileras elevadas de tierra, algunas rebosando de cultivos, otras ya cosechadas. La mayoría de las guarniciones no permite el acceso a visitantes no autorizados. Pero Delgadillo movilizó en instantes a un grupo de sus soldados para un recorrido por el lugar. Saltando las zanjas de aguas turbias pero ricas en nutrientes, el oficial explicó cómo funciona este antiguo sistema de cultivo que está siendo rescatado del pasado por estudiosos con la colaboración de entusiastas como Delgadillo.
Esta técnica, conocida como suka collo en aymara y waru waru en quechua, fue creada por los habitantes de las costas del Titicaca hace por lo menos 3.000 años. Inexplicablemente, esta práctica fue abandonada hacia el año 1400, poco antes de la llegada de los españoles. En un momento dado, unas 82.000 hectáreas de tierras alrededor del Titicaca, en Bolivia y Perú, estaban cubiertas por suka collos. Sus restos se pueden apreciar mejor desde el aire, como vastas planicies corrugadas. Parte del paisaje por siglos, la peculiar textura topográfica solía ser considerada un extraño legado de una antigua raza preincaica. Pero en los años sesenta algunos arqueólogos comprendieron la verdadera razón de los montículos y desde entonces científicos locales y extranjeros han estudiado cuidadosamente los sitios, midiendo sus dimensiones y analizando la composición del suelo y las características de muestras de polen milenario. Posteriormente, como en la película “Parque Jurásico”, un grupo de arqueólogos resuscitó la extinta tecnología. Consultando antiguas especificaciones, consiguieron reconstruir las parcelas y recrear lo que presumen son los métodos agrícolas de la epoca. Los resultados han sido notables. Sin la ayuda de productos agroquímicos o maquinaria moderna, esas parcelas superan ampliamente en producción a las sembradas con métodos convencionales modernos. En uno de los casos, la producción promedio de papas de suka collos no fertilizados alcanzó 10 toneladas por hectárea, en comparación al rendimiento de una a cuatro toneladas en tierras vecinas que habían sido fertilizadas. En vez de recurrir a insumos de alta tecnología, la antigua revolución verde se valió de ingeniería para crear un microclima que protegía los cultivos de las severas heladas que suelen caer en estas alturas. Capaces de rendir todo el año, los cultivos de suka collos son menos susceptibles a las sequías y las inundaciones que los sembrados en parcelas convencionales. Como beneficio adicional, el rico limo que se forma en el fondo de las zanjas es esparcido en los montículos como un fertilizante natural. Semejantes resultados llamaron la atención de organizaciones privadas e internacionales que están tomando medidas para aprovechar esta tecnología redescubierta. Una de esas organizaciones es el Centro Internacional de la Papa, con sede en Lima, que recibe apoyo financiero del BID. El Centro está examinando cómo puede contribuir el sistema de suka collos a aumentar el rendimiento de cultivos en partes del mundo con climas muy severos, como en el Himalaya o las regiones montañosas de Africa Oriental.
Las cinco hectáreas que cultiva el VIII Batallón de Infantería tienen múltiples usos. La producción se usa para alimentar a la tropa y al mismo tiempo las parcelas son usadas en tareas de investigación de agrónomos nacionales e internacionales. Además, el proyecto es una lección práctica para los jóvenes reclutas que, según Delgadillo, “aprenden mejor cuando las cosas les entran por los ojos”. Alrededor de una cuarta parte de ellos iniciaron proyectos de suka collos en sus comunidades tras completar su servicio militar, informó. Construir los suka collos es la parte fácil del proyecto, explicó Delgadillo. Se excavan trincheras de un metro de profundidad y dos metros de ancho, dejando cuatro metros de tierra entre ellas. Esas dimensiones, establecidas en cuidadosos estudios, resultaron ser las mismas empleadas por los agricultores precolombinos. La parte más difícil de la labor es identificar los suelos apropiados para excavar suka collos y mantener el nivel correcto de agua en las trincheras para crear el microclima ideal. Según observaciones vía satélite, unas 30.000 hectáreas alrededor del Lago Titicaca reúnen las condiciones requeridas. Al margen de los suka collos, los hombres al mando de Delgadillo son por encima de todo soldados y dedican 60 por ciento de su tiempo al aprendizaje militar. Pero el resto del tiempo es invertido en cuidar de sus cultivos, recibiendo capacitación agrícola y aprendiendo a leer y escribir. Delgadillo ha organizado una compañía ecológica que restaura suelos degradados y trabaja en reforestación usando el árbol nativo kiswara. En un país como Bolivia, el servicio militar cumple a menudo un importante papel social y educativo, brindando a jóvenes pobres, de origen rural y a menudo analfabetos, la oportunidad de ampliar sus horizontes, aseguró Delgadillo.
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