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Por DAVID MANGURIAN Para ir de un extremo a otro de Quito es necesario pasar por el siglo XVII. Al menos así le puede parecer a quienes visitan por primera vez las estrechas calles del incomparable distrito histórico de la capital ecuatoriana. Confinada en un largo y angosto valle, a unos 3.000 metros sobre el nivel del mar, vista desde el aire Quito parece una corbata de moño.En el punto más estrecho del valle - el nudo del moño - había una ciudad incaica sobre la cual los españoles edificaron uno de los más importantes centros urbanos de la era colonial. Allí se fundó en 1565 el primer hospital del hemisferio y en 1603 una de sus primeras universidades. En las 72 manzanas del casco colonial se encuentran 15 espléndidas iglesias, conventos y monasterios, además de docenas de otros ornados edificios. El patrimonio edilicio del distrito es tan rico que en 1978 fue el primer centro urbano de América Latina declarado Sitio del Patrimonio Mundial por la UNESCO, que lo llamó "el centro histórico de América Latina mejor preservado y menos modificado". Pero la ubicación céntrica del distrito resultó ser una suerte de maldición. A medida que creció la capital a ambos lados del valle, el viejo centro se convirtió en un cuello de botella. Con el tiempo, 90 por ciento de los autobuses de la ciudad y unas 600.000 personas debían bregar para cruzarlo diariamente. Era imposible encontrar lugar para estacionar, lo cual forzaba a los automóviles a circular incesantemente. Las angostas calles del distrito no podían acomodar el tráfico, que a menudo avanzaba a paso de hombre, en medio de bocinazos y humo de escapes. A comienzos de la década pasada, los esfuerzos por preservar el centro histórico también estaban casi paralizados. Había planes para protegerlo que se remontaban a los años cuarenta, cuando se había hecho obvio que las cosas estaban empeorando. Las familias más ricas estaban abandonando sus antiguas casonas del centro para mudarse a residencias más modernas en los suburbios. Muchas de esas viejas mansiones fueron ocupadas por familias modestas que las subdividieron en hasta 15 viviendas. Los comercios pronto siguieron los pasos de sus antiguos clientes hacia las afueras. En su lugar aparecieron casi 5.000 vendedores ambulantes que colmaban las estrechas veredas del distrito y tres mercados al aire libre que producían montañas de basura. Inicialmente, las autoridades de Quito intentaron frenar el deterioro mediante una serie de leyes que protegían algunos edificios y monumentos, restringiendo la forma en que propietarios de edificios históricos podían usarlos. En muchos casos, las leyes tuvieron resultado opuesto. Algunos dejaron que sus propiedades se desvencijaran hasta el punto en que la única alternativa viable era la demolición, a fin de dar paso a nuevas construcciones. Otros las subdividieron en unidades pequeñas para alquiler. Pero en la práctica no hubo ni inversiones ni esfuerzos de restauración significativos. Nuevo intento. En los años ochenta, las autoridades a nivel nacional y municipal coincidieron en la necesidad de una estrategia radicalmente diferente. Estudiando las experiencias de distritos históricos en otros países, el gobierno decidió desarrollar un plan amplio que fuera más allá de la mera restauración y buscó revitalizar el distrito histórico procurando la participación del sector privado. El alcance del plan, formulado con apoyo técnico del BID, era ambicioso. Incluía la reorganización de la infraestructura del transporte en el distrito, la racionalización del flujo del tráfico, la eliminación de la basura y las viviendas precarias, la retención de una población mixta de residentes y la creación de oportunidades de inversión en sociedad con empresas comerciales e inmobiliarias. "Lo que faltaba en los proyectos anteriores era participación del sector privado y de la sociedad civil", comenta Eduardo Rojas, quien encabezó el equipo del BID abocado al programa de restauración quiteño. A diferencia de los esfuerzos previos, impartidos desde la cúpula oficial, el nuevo proyecto fue diseñado de manera que los propios interesados lo implementaran. A fin de asegurar la eficiencia, el acceso y la transparencia, el gobierno delegó su conducción a una nueva corporación autónoma sin fines de lucro, la Empresa del Centro Histórico de Quito (ECH). En 1994, el BID aprobó un préstamo de 41 millones de dólares para ayudar a financiar los primeros seis años de funcionamiento de la ECH. Aunque la ECH recibió también fondos y propiedades adquiridas previamente por la municipalidad de Quito, de muchas maneras opera como una firma del sector privado. Tiene autoridad para utilizar procedimientos ágiles de contratación y adquisición y puede desarrollar empresas dentro del centro histórico. No obstante, debe desprenderse eventualmente de las empresas para recuperar costos y volcar el dinero obtenido en nuevos proyectos de rehabilitación. La misión esencial de la ECH es atraer inversores privados asumiendo el riesgo inicial en un proyecto de desarrollo. Una de sus primeras operaciones fue adquirir el Hotel Majestic, un magnífico edificio frente a la Plaza de la Independencia que había sido subdividido en pequeñas oficinas y unidades de uso mixto. La ECH está costeando la restauración de la fachada del edificio y la remodelación de su interior. Ya tiene una firma privada interesada en equiparlo y convertirlo en un hotel de 30 departamentos junto con otro proyecto ya en marcha en el elegante Patio Andaluz. En el Centro Comercial La Manzana, la ECH ha vaciado media manzana de edificios históricos, reteniendo sus fachadas y otras características arquitectónicas, construyendo en su interior un moderno centro comercial. Un pequeño espacio, conocido como Pasaje Baca, fue rediseñado como un complejo de restaurantes y tiendas de lujo. El interés de los inversores potenciales ha sido intenso; antes de terminar la remodelación, la ECH había recibido más de 4.000 ofertas por los 190 espacios en alquiler en los ambos proyectos. Asimismo está en marcha la construcción de un complejo de cine de ocho pantallas dentro de un edificio histórico. No todos los proyectos de la ECH tienen una dimensión comercial. Uno de sus más impresionantes logros es el Museo de la Ciudad edificado sobre las ruinas del Hospital San Juan de Dios, construido hace 400 años. El museo recrea la vida en el Quito colonial mediante detallados dioramas que reflejan tradiciones y artesanías. Asimismo, hay espacios para exhibir arte ecuatoriano contemporáneo. Pero la ECH no se propone convertir el distrito histórico en un enclave comercial y cultural para consumidores pudientes. Por el contrario, su objetivo es asegurar que una mezcla representativa de clases sociales se sienta atraída a vivir y trabajar allí. Con ese propósito, la ECH ha lanzado un programa para rehabilitar antiguos edificios residenciales ahora habitados por varias familias (ver artículo "Vida moderna"). Durante los últimos cinco años la ECH ha contratado firmas privadas para reconstruir las veredas en las 72 manzanas que rodean a la plaza principal y para construir 2.000 nuevos lugares de estacionamiento en garajes cerrados. Otros proyectos son mejorar y sincronizar los semáforos, colocar nuevas señales de tránsito y agilizar el flujo de tráfico mediante un nuevo sistema de trolebuses. Además, la ECH coordina la construcción de nuevos mercados públicos en la periferia del distrito que alojarán a los vendedores ambulantes que todavía ofrecen sus mercancías en las calles centrales. Pese a esos notables logros, la joven directora de la ECH, Paulina Burbano de Lara, dice que no ha sido fácil atraer inversores privados. "Los grandes inversores quieren un flujo de gente, turistas, que gasten mucho dinero en el centro", explica. "Muchos de esos inversores tenían sus oficinas aquí, hace 10 ó 15 años, pero se han ido al norte de la ciudad. Ha sido difícil convencerlos de que el centro tiene potencial económico de nuevo". El proceso se vio complicado por la crisis financiera que ha sufrido Ecuador desde enero de este año. La moneda ecuatoriana perdió 40 por ciento de su valor y el gobierno tuvo que tomar medidas drásticas para proteger el frágil sistema bancario nacional. "Este no es un gran momento para interesar al sector privado en nuevas inversiones", admite Gabriel Montalvo, el especialista del BID que supervisa el proyecto en Quito. "En épocas de recesión, al sector privado le desagrada arriesgar capital". Pero Burbano de Lara conserva el optimismo y apunta que las empresas y los residentes ya ven que la ECH es capaz de trabajar mancomunadamente con ellos como ningún otro programa anterior de rehabilitación. El concepto de la asociación entre el sector público y el privado, prácticamente desconocido hasta el establecimiento de la ECH, ha quedado demostrado y está comenzando a atraer el interés de importantes inversores. "Estamos estableciendo una base sólida", dice Burbano de Lara. "Podríamos necesitar otros seis u ocho años. Pero no
tengo dudas sobre el futuro de nuestra empresa y la participación del sector privado". |
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