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Una costa para todos
Comunidades ecuatorianas superan un legado de conflictos ambientales y crean un modelo para manejar su litoral








Sitios designados para la acción costera





Limpiando los cangrejos que iran al mercado

Más sobre el Programa de Manejo de Recursos Costeros de Ecuador

Por ROGER HAMILTON

Todo amante de un buen plato de camarones debería conocer la anécdota de cómo Edgar Mora se encontró en la mira de un revólver.

Este apacible abogado ecuatoriano recibió un día noticias de que un productor de camarones había bloqueado el acceso a una caleta usada por pescadores en Machala. Como presidente de un comité encargado de la gestión ambiental de las costas locales, era su deber investigar el caso.

Al llegar al lugar acompañado de otras personas, Mora escuchó disparos. Afortunadamente nadie salió herido, dado que la guardia que vigilaba la zona tenía órdenes de tirar sólo para asustar a los "intrusos".

El incidente pudo haber terminado allí, como otra disputa sin resolución que provocaría resentimiento y posiblemente nuevos conflictos. Pero Mora formaba parte de un esfuerzo mucho más amplio que gozaba del apoyo de no sólo la comunidad sino también de las autoridades locales y el gobierno central. Llevó el problema a funcionarios municipales que eventualmente intervinieron y persuadieron al camaronero de reabrir el acceso a la caleta.

Han habido otros incidentes, especialmente después de que Mora denunció la tala ilegal de manglares protegidos. "Cuando los camaroneros se enteraron que había mandado los informes (sobre el desmonte), recibí amenazas telefónicas contra mí y contra mi familia", recuerda el abogado. Estas presiones recordaban las tristes experiencias de otros defensores del medio ambiente latinoamericanos, algunos de los cuales han pagado caro sus esfuerzos.

Pero Mora asegura que no estaba preocupado. "Insisto en que no somos enemigos", dijo, refiriéndose a los camaroneros. "Incluso estamos comenzando a hacernos amigos".

Esperemos que Mora no se equivoque, tanto por su suerte como por el futuro de los ecuatorianos que viven a lo largo de este mosaico de playas, salinas y manglares. Miles de ellos dependen de la producción de camarones, pescado, mariscos y cangrejos, y muchos otros de servicios ambientales como la purificación del agua y la protección de la tierra que proveen los manglares.

Si bien varían en sus detalles, los problemas que afectan a los ambientes costeros son similares en los países en vías de desarrollo: existen leyes y regulaciones que los gobiernos no pueden hacer cumplir, hace falta participación por parte de la población local, se suscitan serios conflictos entre grupos de usuarios y resulta insuficiente la información científica para tomar decisiones administrativas. En general, los países que sufren los problemas ambientales más serios son los menos preparados para resolverlos.

En Ecuador, si bien las dificultades siguen siendo inmensas, gente como Edgar Mora ha iniciado el lento y arduo proceso de acercar a las comunidades locales a las autoridades gubernamentales y otros grupos para hacer del desarrollo sostenible una realidad.


Pacto con el diablo. La cría de camarones es tanto la promesa económica del Ecuador como su maldición ambiental. Después de que comenzaron las operaciones a gran escala a principios de los años ochenta, el valor de las exportaciones escaló vertiginosamente de 31 millones de dólares a 539 millones de dólares en 1994, con una proyección de 950 millones de dólares para 1999. Hoy en día, alrededor de 260.000 ecuatorianos trabajan en los 1.360 kilómetros cuadrados de lagunas artificiales y más de 400 criaderos de camarones, plantas procesadoras y otras instalaciones. La producción camaronera se ha convertido en una de las principales actividades del sector privado del país y los ingresos de divisas por exportaciones de camarones sólo son superados por los de petróleo y bananas.

El auge del negocio del camarón tiene contrapartes en varias áreas tropicales del mundo, donde el cultivo intensivo genera pingües ganancias para criadores y precios más baratos para los consumidores. En la última década, en los Estados Unidos el precio del camarón ha bajado de 15 dólares la libra a 6 dólares, al tiempo que el consumo mundial se duplicó.

Al principio, la cría de camarones fue bienvenida como una manera de reducir la presión sobre la cosecha de poblaciones naturales, que llegó a su pico mundial en 1994 y ha estado declinando desde entonces. Los camarones silvestres son capturados por barcos pesqueros pero en sus redes también quedan enormes cantidades de tortugas y otras especies marinas. Esta pesca accidental, que puede llegar a quintuplicar el peso del camarón capturado, comúnmente termina siendo descartada.

Pero la cría del camarón ha resultado ser destructiva en sí misma, especialmente para los manglares y los ecosistemas de los litorales. Al formar matorrales impenetrables en las planicies anegadizas de la costa, los manglares sirven de ancla a una gran parte del ecosistema costero. Sus raíces enredadas penetran el lodo como los dedos de una mano, dando refugio a las nuevas camadas de peces, camarones y otras especies.

La propia industria camaronera depende de los manglares para la larva del camarón y para tener agua limpia en el estuario para que puedan desarrollarse los crustáceos. Pero los criadores también necesitan espacio para construir lagunas. En los últimos 25 años, la expansión de la industria ecuatoriana del camarón ha reducido los pantanos de manglares del país en más del 20 por ciento. Un 85 por ciento de sus salinas han sido convertidas en lagunas.

Como en la selva, donde la tala indiscriminada de árboles destruye el hábitat y elimina la mayoría de las criaturas que allí viven, la destrucción del manglar tiene un efecto devastador sobre los ecosistemas costeros. El agua desechada por las lagunas camaroneras contiene pesticidas, antibióticos y grandes cantidades de nutrientes que contaminan los estuarios y su fauna y flora.

Además de su valor para la pesca, los manglares proveen otros bienes y servicios esenciales para comunidades locales como madera, carbón, protección de áreas interiores contra las olas provocadas por huracanes y filtro de sedimentos. Investigadores en la ciudad mexicana de Campeche han calculado el siguiente valor anual hipotético de una hectárea de manglar bajo manejo sostenido:

Carbón: 451 dólares
Madera: 631 dólares
Hábitat para peces: 1.578 dólares
Filtro de agua: 1.193 dólares

Estas cifras no incluyen el valor de los manglares como hábitat de especies en peligro, como fuente de bienes y servicios para la subsistencia de pobladores locales y como barrera de protección de la costa.

Dado su valor, ¿por qué simplemente no interviene el gobierno y prohíbe cortar manglares? Este enfoque de arriba hacia abajo ha sido intentado en varios lugares, incluyendo las Filipinas, donde tras aplicar tales políticas se perdió la mitad de los manglares. En Ecuador, desde 1978 ha estado vigente una legislación que prohíbe cortar manglares y la construcción o expansión de lagunas camaroneras. Pero la tala no cesa.


Socios. Una nueva estrategia para salvar los manglares, proteger el medio ambiente costero y reducir conflictos está en marcha en Ecuador y el comité de Mora forma parte de esa iniciativa. A diferencia de los intentos fracasados del pasado, el Programa de Manejo de Recursos Costeros está basado en un amplio esfuerzo cooperativo que asocia a la gente de la región con el gobierno ecuatoriano, el bid, organizaciones no gubernamentales nacionales e internacionales y agencias bilaterales de cooperación.

El programa nació en 1986 cuando el gobierno del Ecuador, junto a la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), el Centro de Recursos Costeros de la Universidad de Rhode Island y la Fundación Pedro Vicente Maldonado de Guayaquil, comenzaron a trabajar con comunidades costeras para identificar necesidades y posibles soluciones. En 1989 se lanzó el programa formalmente, creándose seis zonas de manejo especial, cinco en el continente y una en las Islas Galápagos.

En las zonas de manejo viven unas 280.000 personas. Muchas dependen de recursos costeros para ganarse la vida: recolectores de larvas de camarón, pescadores artesanales, criadores de camarones, operadores de servicios de turismo, acopiadores de madera y productores de carbón.

Auspiciosamente, al lanzarse la iniciativa se crearon 40 programas piloto, clara evidencia de que los propios miembros de la comunidad pueden ayudar a proteger el medio ambiente, reducir conflictos y mejorar condiciones de vida. Pero el esfuerzo inicial resultó pequeño ante la magnitud del problema.

En 1993 el BID aprobó un financiamiento de 14,9 millones de dólares para apoyar la expansión del programa. Este esfuerzo pionero, fundado en los principios que sostendrían la Estrategia de Manejo de Recursos Costeros y Marinos del Banco (ver artículo en este número), se convertiría en foco de interés internacional y en un ejemplo de cómo la participación comunitaria puede resolver problemas ambientales.

Ya en su sexto año, el programa ha financiado docenas de proyectos para proteger manglares, reforestar áreas desmontadas y promover el ecoturismo. Como parte de estos proyectos, también se construyeron sistemas de agua potable y procesamiento de desechos sólidos que les brindan servicios sanitarios básicos a unas 100.000 personas en cinco zonas de manejo costero.

Al mismo tiempo, se han realizado estudios de segmentos críticos de las costas en cada una de las áreas de manejo que están siendo desarrolladas o con planes pendientes de desarrollo. Se adoptaron medidas para proteger estos segmentos y se erigieron pequeñas estructuras para frenar la erosión y la contaminación de la costa.

Integrantes de la comunidad han ayudado a recabar datos sobre las reservas pesqueras y han llevado a cabo proyectos piloto de maricultura. Grupos de mujeres que recogen moluscos en las lagunas de manglares han recibido ayuda para repoblar zonas tradicionales de cosecha. Por otra parte, se inició una investigación que hará posible diseñar un plan de gestión de estuarios.

Otros proyectos de investigación estudian maneras de reducir el desperdicio de grandes reservas de larvas de camarón en operaciones de maricultura y cómo mejorar la operación de criaderos y lagunas de camarones. Se puso en marcha un programa cooperativo para vigilar preventivamente el cumplimiento de reglas de protección de manglares y regular el uso de agua y la pesca de peces y camarones. Unidades inspectoras de conservación patrullan ahora la mayor parte de la costa, trabajando con comunidades y gobiernos locales para combatir la tala de manglares.

Mientras tanto, las instituciones públicas que participan en el programa reciben adiestramiento, equipamiento y personal, mientras que las comunidades locales se benefician de programas de educación y capacitación de liderazgo.


Premio a la persistencia. Si bien la "participación comunitaria" suele invocarse con frecuencia en las conferencias sobre desarrollo, no resulta tan fácil en la práctica.

Este ciertamente es el caso del programa ecuatoriano. Uno de sus impulsores, Luis Arriaga, consultor de la Universidad de Rhode Island, enumeró algunas de las razones por las cuales tomó ocho años crear las zonas de manejo especial en lugar de dos años como se previó en un principio. Al comienzo, recordó Arriaga, la gente asistía a las reuniones con listas de pedidos. Cuando se daban cuenta de que no había dinero para estas cosas, muchos dejaron de concurrir. "Pero otros perseveraron, educándose, comprometiendo su tiempo y sus propios recursos para su desarrollo", señaló.

Edgar Mora, presidente de la Zona de Manejo Especial de Machala, dijo que había otras razones más profundas que explican la lentitud del cambio. "Nosotros, los ecuatorianos, estamos acostumbrados al paternalismo", dijo. "Resultaba difícil convencer a la gente de que debía hacer su parte". Recordó lo sucedido cuando el programa de manejo costero le entregó una embarcación a cada una de las dos cooperativas de transporte con la intención de que usaran los ingresos para comprar más naves. "Pero después de que las recibieron, ahí quedó la cosa", comentó Mora.

Su gran tarea sería cambiar la mentalidad de la gente. Como primer paso, abrió el trabajo del comité a muchas otras personas, creando comisiones sobre turismo, manglares, saneamiento y varios temas más.

Eventualmente, unos 35 grupos locales previamente desligados entre sí terminaron bregando juntos para que las cosas se hicieran. Por ejemplo, la comisión de saneamiento ambiental se unió al gobierno municipal de Machala y la universidad local para llevar a cabo un proyecto para hacer un mapa del estuario como primer paso hacia un programa de saneamiento ambiental.

La gente está aprendiendo que puede marcar una diferencia. "Siempre nos han olvidado porque no tenemos educación ni experiencia en trabajar con las autoridades", dice el pescador Faustino Curia Huari, quien vive cerca de Machala.

Curia decidió que él y sus vecinos necesitaban un muelle porque en la playa, llena de andamios para secar pescado, no quedaba lugar para amarrar sus botes. Pero cuando formó un comité para solicitar fondos para comprar materiales, muchos de sus vecinos creyeron que estaba loco. Curia y el comité, sin embargo, siguieron adelante y la propuesta fue aprobada. Los materiales llegaron y después de dos semanas de trabajo, el muelle era una realidad.


Un nuevo vocabulario. La participación comunitaria no es para gente impaciente que se desalienta fácilmente, particularmente en situaciones donde la población tiene poca educación y poca experiencia en la realización de actividades conjuntas.

"Hay que tener mucha paciencia", dice Héctor Ayón, ex director de la Oficina de Manejo Costero en Guayaquil, "y a la vez ser muy firmes, porque estamos frente a un elemento que muy pocos reconocen aqui en este país".

"Este factor" dice Ayón, "es el bajo nivel educativo de nuestro pueblo". Los habitantes de la costa deben aprender a ganarse la vida aprovechando los recursos de su medio ambiente sin dañarlo, y el cambio debe provenir de la comunidad.

A través de reuniones y programas de adiestramiento, los costeños están aprendiendo e incluso enriqueciendo sus conocimientos en temas que nunca antes habían considerado. "Ahora dicen: estos químicos nos están matando", comentó Arturo Maldonado, coordinador del programa en la zona de manejo especial Machala-Puerto Bolívar-Jambelí. "Hace apenas una semana, un grupo vecinal se nos acercó y dijo que querían formar una nueva minga (cuadrilla de trabajo cooperativo) porque tienen problemas de contaminación en su estuario. Ya hemos tenido aquí mingas que representaron 17 millones de sucres en gastos laborales.
Hace dos años tuvimos mil personas participando en una minga". Al principio decían que querían una vecindad limpia, agregó, pero ahora quieren dar un paso más y hacer una vecindad bonita.

Según Maldonado, hasta los criadores de camarones están cambiando sus puntos de vista. "Antes nos decían: ‘No corto más los manglares, sólo los podo'," refiriéndose a la práctica de cortar la copa de los árboles para tener una mejor visión de sus operaciones camaroneras, y en especial para avistar ladrones. Pero ahora están dejando tranquilos a los árboles, en parte porque los consideran como una forma de decoración.

"Esto no quiere decir que los criadores de camarones han dejado de cortar los árboles", dijo Arriaga, el especialista de la Universidad de Rhode Island. "Pero al menos algunos individuos y grupos responsables están ayudando a replantar".

Otra señal de progreso es la reducción de tensiones. Por ejemplo, la asociación local de maricultura pidió una lista de criadores de camarones que cortan manglares para que ellos, como colegas, pudiesen tomar cartas en el asunto. El mismo grupo solicitó información del comité sobre incidentes en los que recolectores de mariscos han tenido dificultades para acceder a manglares, a fin de abogar por esos trabajadores.

Muchos de los participantes en las reuniones de comités zonales representan a grupos que en el pasado han estado enfrentados. "Al principio, nos costaba mucho reunir a la gente", narró Maldonado. "Cada grupo, los pescadores, los recolectores de mariscos, los pescadores de larva de camarón, decía que no tenía razones para hablar con los demás. Pero la comunicación ha mejorado y ahora los propios criadores de camarones están pidiendo reuniones más frecuentes para resolver problemas".

Un desafío pendiente es lograr la participación de las autoridades provinciales, que prefieren actuar desde arriba, como siempre lo han hecho, dijo Maldonado. Además, las instituciones gubernamentales con jurisdicción sobre temas costeros están organizadas por sectores, en lugar de multisectorialmente como lo están los comités locales. Pero también aquí los funcionarios están comenzando a ser parte del proceso.

"La gente es probablemente el componente más importante de los recursos que debemos manejar", dijo Ayón. "Estamos hablando de manejo de los manglares, manejo de larvas de camarones, manejo de tierras. Pero todo ello, por último, está dirigido a mejorar las condiciones de vida de la gente. Esto es más importante que llevar a cabo obras físicas, más aún que la preservación de la enorme biodiversidad que tenemos en este país, porque si el hombre no administra bien estos recursos, toda esta biodiversidad desaparece".

Recordó una conversación que tuvo con una recolectora de mariscos en una pequeña comunidad costera. La mujer se refería al manglar como su "granja", una posesión que esperaba legar a sus hijos. Esta es también la esperanza de Ayón.

-- con la colaboración de David Mangurian en Machala.

Para obtener más información sobre el proyecto de Ecuador, vea la página de internet www.pmrc.org.ec



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