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Esta vez hagámoslo bien





Por EDMUNDO JARQUIN

Las abrumadoras pérdidas humanas y materiales causadas por el huracán Mitch han generado un flujo masivo de ayuda internacional para Honduras y Nicaragua. Parte de ese auxilio se ha destinado a ayudar a la gente a capear la emergencia y un monto mucho mayor será usado para reconstruir las devastadas economías.

Pero, ¿cómo se usará la ayuda futura? Si la reconstrucción deja a estos países exactamente donde estaban antes del huracán, se habrá perdido una gran oportunidad. Ambos ya eran muy pobres. Un pasado de guerras civiles, intervenciones extranjeras, revoluciones y dictaduras ha dejado muy frágiles a sus sistemas democráticos. Sus instituciones de gobierno siguen plagadas de favoritismo, corrupción e ineficiencia. El aún modesto sector privado refleja las fallas y conductas corruptas de la esfera pública.

Estos países han sido víctimas de catástrofes causadas tanto por el hombre como por la naturaleza. Ambos tipos de desastres están interrelacionados porque aunque los naturales no se pueden evitar, sus efectos se ven magnificados por la acción humana.

Por ejemplo, tras el sismo que arrasó Managua en 1972, el entonces dictador de Nicaragua, Anastasio Somoza, dijo que el cataclismo presentó "una revolución de oportunidad" porque abría camino para una inversión masiva y a los flujos de ayuda externa para financiarla. Pero las "oportunidades" fueron a parar a los bolsillos de Somoza y sus compinches. Siete años más tarde se produjo otro tipo de revolución, desatando una guerra civil con participación estadounidense y soviética. A dos décadas de ese estallido, el ingreso per cápita nicaragüense está al mismo nivel en que hace 40 años.

Si esperamos romper el ciclo de desastres naturales y humanos, será necesario canalizar la ayuda internacional a estos países con mucho más cuidado que en el pasado. Aunque no se puede condicionar la asistencia humanitaria, el proceso de reconstrucción a largo plazo debe partir de la premisa de que los tradicionales programas de ayuda para la reconstrucción no darán resultado.

Sabemos, por ejemplo, que gran parte del daño causado por el huracán se debió a la extendida deforestación. Por lo tanto, la comunidad internacional debe ayudar a promover la reforestación masiva en estos países e insistir en una veda supervisada de exportación de maderas hasta que se implementen programas racionales para la explotación de bosques.

Esta emergencia no debe descarrilar el proceso de fortalecimiento de las instituciones democráticas, especialmente las que crean orden, seguridad y confianza, como los organismos judiciales y los entes reguladores. La peor cosa imaginable sería si una administración ineficiente o corrupta de la ayuda ahondara la desconfianza de los centroamericanos en sus instituciones democráticas. De manera similar, los recursos deben ser gastados donde más se los necesita. Deben reservarse para reconstruir distritos humildes, no para los vecindarios de clase media y alta.

Debe ser, además, una ocasión para racionalizar el papel de los militares. Por primera vez en su historia, las fuerzas armadas nicaragüenses y hondureñas están bajo autoridad civil. Pero siguen equipadas con tanques y otras armas innecesarias en una sociedad democrática sin amenazas externas. No tienen topadoras ni vehículos de transporte para actuar en desastres. Equipar y capacitar a los ejércitos y la policía para trabajar en la reconstrucción y la protección de recursos naturales ayudará a consolidar uno de los aspectos más delicados de la transición democrática.

Finalmente, la ayuda que vendrá puede contribuir al proceso de integración política y económica de Centroamérica. La destrucción de puentes en Honduras y Nicaragua ha alterado todo el comercio dentro de la región. Debemos aprovechar esta oportunidad para establecer instituciones supranacionales para el desarrollo de áreas de frontera; programas que han estado en los planos por años y son estratégicamente importantes para el desarrollo del istmo.

Estas son sólo algunas ideas. Nuestro desafío es transformar la tragedia en oportunidad y hacer de la necesidad una virtud.

El autor es jefe de la División de Estado y Sociedad Civil del BID y ex legislador nicaraguense



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