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Deciden los aldeanos
En las montañas de Guatemala se sobreponen
al lodo, al aislamiento y a 36 años de guerra





Por CARLOS GONZALEZ, Guatemala

C on el lodo hasta los ejes, la camioneta avanzó a los tumbos por la calle principal de Nueva Catarina, una de tantas aldeas perdidas en la Sierra de los Cuchumatanes, en el norteño departamento guatemalteco de Huehuetenango. Eventualmente llegó a su destino, donde una cuadrilla de trabajadores cavaba una zanja de desagüe. Uno de ellos se acercó a los visitantes.
“Va despacio”, explicó Hernando Delgado, miembro de la Entidad Representativa Microrregional, organizadora del proyecto. El problema eran las piedras. “Cuando son demasiado duras o pesadas para levantarlas con pico y pala, tenemos que usar dinamita”, dijo. Como estaban trabajando cerca del pueblo, esa tarea debía hacerse con mucho cuidado y usando cargas precisas.
El trabajo es duro e impago, las jornadas son largas. De todas formas, los hombres que empuñan los picos y palas mantienen su entusiasmo, porque se trata de su propio proyecto. Como otras 92 comunidades en todo el ámbito de este país desgarrado por décadas de guerra civil, Nueva Catarina ha recibido fondos y asistencia técnica por medio de una iniciativa financiada por el BID llamada Programa de Desarrollo Comunitario para la Paz (DECOPAZ). El programa, que está contribuyendo a reconstruir la infraestructura y a reparar el tejido social tras 36 años de conflicto armado, enrola la cooperación de las comunidades en una medida sin precedentes. Los vecinos forman sus propias organizaciones, toman las decisiones en cuanto a los proyectos y usan los fondos provistos por el programa para contratar servicios y formar cuadrillas de trabajo. A menudo analfabetos y carentes de experiencia en este tipo de responsabilidades, los vecinos dependen mucho de los cursos de capacitación y de la supervisión ofrecida por un grupo de organizaciones que cooperan con el programa, incluyendo CARE, la Oficina de las Naciones Unidas para Servicios de Proyectos y el Centro Canadiense para la Cooperación y los Estudios Internacionales.
El proyecto de desagüe es el segundo que se lleva a cabo en Nueva Catarina. El primero, ya completado, trajo agua corriente a la comunidad. “Al comienzo, algunas familias se oponían a ese proyecto”, recordó Gaspar Cardona, un vecino de la comunidad. “Pero ahora tenemos agua en todas las casas y quienes antes dudaban ahora trabajan en el nuevo sistema de desagüe”.
Terminada la visita a Nueva Catarina, el vehículo siguió subiendo por el camino de montaña, donde un manto permanente de neblina cubre las cimas. Es aquí donde se fabrican las famosas telas tradicionales de Guatemala. Los residentes hablan antiguas lenguas mayas, como jacalteco, q’anjobal y mam. Las distancias que separan a las comunidades pueden ser pequeñas, pero la precariedad del camino alarga la travesía.
La aldea de Mangalitos está a menos de un kilómetro de la ruta, pero sólo se puede llegar allí a pie. Hasta hace sólo dos meses, ocho de las familias de la comunidad vivían en chozas hechas de palos y paja.

El problema del agua. Aún más arriba, a 3.500 metros de altura, los habitantes de Tuisoch no pueden cultivar maíz y frijoles debido al frío y a la falta de lluvia. En lugar de eso producen papas y crían ovejas y otros animales.
Los aldeanos de Tuisoch decidieron que la falta de agua era para ellos el problema más persistente. El arroyo más cercano queda a dos kilómetros, apunta Javier Pablo, un miembro de la filial local de la Entidad Representativa Microrregional. Las familias tenían que hacer de dos a cuatro viajes al día para aprovisionarse de agua.
La aldea optó por una solución simple pero efectiva para capear la estación seca anual: construir tanques en el techo de las casas de las 70 familias participantes para almacenar agua de lluvia. Tras pasar por filtros, el agua llega a grifos.
Un mejor suministro de agua es sólo el beneficio más visible del proyecto, asegura Pablo. “Igualmente importante fue aprender a unirnos para beneficio de toda la comunidad”, afirma. “Administramos el presupuesto, contratamos las firmas para hacer el trabajo y suministramos la mano de obra. Nos sentimos muy orgullosos”.
Esos beneficios intangibles son en muchos sentidos los resultados más significativos del programa. Mancomunarse en torno a proyectos comunitarios ayuda a superar sospechas y hostilidades hondamente enraizadas en años de guerra civil. Aunque el programa recién comienza, las rivalidades entre paramilitares, guerrilleros, refugiados y personas desplazadas parecen estar desvaneciéndose. De la misma manera, la desconfianza hacia los organismos de gobierno, las instituciones internacionales y las organizaciones no gubernamentales está cediendo paso a relaciones más cooperativas.
Un dirigente de la comunidad lo definió así: “Estamos realmente contentos de que nos estén ayudando a mejorarnos. Trabajando juntos mejoraremos nuestras vidas”.



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