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Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y el Caribe |
Víctor Hugo Cárdenas está claramente en su salsa. Es mediodía en Jesús de Machaqa. En la polvorienta plaza del
pueblo los dirigentes de la comunidad, luciendo coloridos ponchos y chalinas, se congregan en torno a manteles tendidos sobre
el suelo con chuño (papa deshidratada al hielo) y pequeños pescados fritos.
Mientras los hombres permanecen de pie, las mujeres, sentadas, distribuyen la comida. Cárdenas acepta un puñado de papas. Come y habla, y la gente se acerca. La conversación discurre en aymara, un idioma incomprensible para un forastero. Pero probablemente gire en torno a temas planteados en una reunión previa, o sus experiencias como vicepresidente de Bolivia, o las actividades del Fondo Indígena, institución que presidió hasta hace poco. Los lugareños lo tratan con familiaridad. Después de todo, Cárdenas es uno de ellos, nacido y criado en una aldea aymara. Algunos toman apuntes, como es de esperarse cuando diserta un veterano profesor universitario con una singular capacidad para presentar ideas complejas con pasión, precisión y, a menudo, con humor. Más tarde, Cárdenas conversó con Roger Hamilton, editor de BIDAmérica.
En los últimos 20 años hubo un fuerte proceso de reafirmación de su propia cultura indígena. En las áreas rurales siempre hubo esta presencia, pero se ha ampliado a las áreas urbanas... Se está empezando ya a perfilar una nueva visión, donde Bolivia sea la conjunción en lo cultural de la Bolivia criolla, de la Bolivia indígena, de la Bolivia de otros sectores. Por el otro lado, es verdad que muchos indígenas consideran realmente su lenguaje y su cultura como una especia de estigma. La razón de eso es su situación asimétrica en relación al resto de la sociedad. La predisposición de alguna gente a reemplazar su lengua con el castellano es el resultado de una percepción equivocada.
Los pueblos indígenas en Bolivia viven en una situación enormemente desigual al resto de la sociedad. Están excluídos no sólo de la vida política, sino también de los beneficios del desarrollo y de la sociedad como un todo. De cinco siglos de exclusión causados por un poder externo, el colonialismo español, se pasó a un colonialismo interno. El desafío democrático de hoy es superar las condiciones del colonialismo interno.
Hay una invasión enormemente desigual; los medios de comunicación van diseñando pautas culturales y sociales. Pero no hay que desconocer este proceso de mundialización. Hay que combinar el desarrollo de esas identidades particulares y los indígenas. Debemos incorporar esas influencias externas en nuestra propia identidad. Yo creo que los pueblos indígenas tienen que tener acceso a medios de comunicación. No veo razón la cual la radio y la televisión tienen que excluir al mundo indígena como ocurre hasta ahora. Obviamente, tenemos que romper esa visión monocultural, en la cual la única forma de ser humano es la moldeada por las grandes empresas. Pero también está surgiendo poco a poco una concepción de que la diversidad humana representa riqueza, y no pobreza.
Hay que tener mucho cuidado, porque a veces la diversidad puede tomar formas violentas y perversas. Cuando se habla de los conflictos étnicos en Yugoslavia se dice "ahí tienen la diversidad". Pero también hay ejemplos positivos. En Bolivia se está construyendo, con la participación popular, una reforma educativa y se están dando pasos significativos en la democratización social. Otros países están encarando lo mismo. Hay que admitir que es un proyecto difícil. Sería más fácil ser víctima del proceso de homogeneización. Pero yo insisto que el mundo no indígena no es el modelo exclusivo de modernidad, y que no hay razón para relegar la cultura indígena a la condición de mera tradición. Yo diría que hay dos clases de modernidad, una indígena y la otra no indígena. La indígena es perfectamente capaz de manifestar modernidad sin renunciar a sus raíces. Hasta los pueblos más desarrollados han tenido raíces. Solamente los bolivianos a veces queremos negar nuestras raíces y aparecer injertados en otras realidades.
Aparte de las medidas que impulsamos, que hemos concretado y que están expresadas en leyes, demostramos que un indígena puede llegar a un cargo tan importante y tener una gestión exitosa. Porque hubo indígenas que llegaron a cargos parlamentarios y ministeriales pero tuvieron gestiones desastrosas. Era muy importante para nosotros tener una buena gestión. De tal forma que hasta gente que era escéptica y dudaba de nuestra capacidad, ahora nos ve por la calle y nos dice que se había equivocado. Los indígenas podemos manejar el país igual o mejor que otros líderes políticos. Ahora hay que hacerlo también en otros ámbitos. Necesitamos empresarios indígenas exitosos, necesitamos intelectuales indígenas destacados y necesitamos profesionales indígenas de alto nivel y buena formación en universidades nacionales e internacionales. También necesitamos autoridades femeninas exitosas. Todavía el mundo no indígena, cuando habla de indígenas, piensa en una persona analfabeta, sucia, campesina, aislada, recluida en su comunidad. No es visible. A mi me han dicho, al ver que hablo castellano fluido y que tengo formación universitaria, que ya no soy indígena, que ahora soy profesor. Es parte de cierto estereotipo que justamente esta sociedad asimétrica ha ido inculcando en indígenas y no indígenas por igual. BIDAmérica: Usted habla de usar elementos de la cultura indígena para crear una sociedad moderna. ¿Qué ejemplos puede dar? Veamos primero el plano práctico y luego el teórico. En la Bolivia actual, ser autoridad es el privilegio. En la tradición indígena, se concibe a la autoridad como un servidor social, alguien que no está separado si no más bien al lado del grupo, conduciendo, dirigiendo, pero totalmente dependiente del grupo. Esa autoridad no puede acumular riquezas; al contrario, realiza gastos que corresponden a su gestión, sacando recursos de su bolsillo. Este mecanismo debería ser una buena enseñanza para la otra llamada política moderna. Otro principio es la constante consulta a los representados. La autoridad indígena nunca puede decidir al margen de la voluntad popular. A nivel económico, la acumulación no está reñida con la tradición indígena. Está muy bien ser rico, pero la riqueza hay que compartirla. Hay formas de redistribución muy importantes. Esa tradición se puede ver en las fiestas, en lo ritual y ceremonial, pero también hay empresarios indígenas que colaboran con sus comunidades. Otro elemento es el concepto indígena del trabajo comunal. No soy enemigo de la propiedad individual, ni un adorador de la propiedad colectiva, pero hay que combinar ambos aspectos, porque ser humano es eso, un individuo pero también parte de una colectividad. El gran secreto de la forma organizativa indígena ha sido encontrar un equilibrio entre lo individual y lo colectivo. Hay otro elemento positivo en la tradición indígena que es la relación entre el hombre y la mujer. El principio tradicional concibe al hombre y a la mujer como seres del mismo nivel.
Yo creo que los pueblos son como
los árboles. El tronco y las ramas y las flores no pueden crecer sino sobre sus raíces. Lo que se ha tratado de hacer en Bolivia es
injertar ramas, flores y frutos sobre una raíz ajena. Hoy se trata de saber que nuestras raíces son indígenas pero también
criollas; que son propias pero también en relación con otras culturas. La tradición no es ni mala ni buena en sí misma. En toda
tradición hay aspectos buenos que favorecen el desarrollo, así como aspectos que hay que cambiar. |
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