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Por LAURENCE WOLFF Como en muchas otras partes del mundo, los latinoamericanos están envueltos en apasionados debates nacionales sobre la educación. Muchos de los desacuerdos giran en torno al sueldo de los docentes, la magnitud del presupuesto para educación y la recuperación de costos. Por cierto, es raro que pase un mes sin producirse protestas universitarias contra aumentos en las matrículas o huelgas de maestros en demanda de mejores salarios.El costo de las matrículas universitarias y los sueldos docentes son aspectos legítimos de una preocupación pública, pero no deberían eclipsar un tema fundamental en cualquier debate sobre educación: ¿cuánto están aprendiendo los estudiantes y qué tan bien aprenden? Es muy difícil responder esta pregunta tan básica en América Latina porque los gobiernos de la región recién empiezan a participar en estudios internacionales que pueden poner en perspectiva los logros de sus alumnos. Los primeros indicios no son alentadores. Por ejemplo, Colombia fue el único país latinoamericano que autorizó la publicación del desempeño de sus estudiantes en el Tercer Estudio Internacional de Matemáticas y Ciencias (TIMSS), organizado en 1996 por la Asociación Internacional de Educación (México también participó pero no autorizó la publicación de sus resultados). En ese estudio, Colombia ocupó el penúltimo lugar entre 42 países participantes. Sólo cuatro por ciento de los estudiantes colombianos del octavo grado lograron un puntaje que los puso dentro de la mitad mejor calificada de los estudiantes de todo el mundo. Más recientemente, un estudio pionero de la UNESCO ofreció información comparativa sobre conocimientos de matemáticas y de lectura entre alumnos de tercer y cuarto grado en 11 países de América Latina (ver "Exámen para las escuelas", en la edición marzo-abril de 1999 de BIDAmérica). En promedio, los estudiantes respondieron correctamente poco más de la mitad de las preguntas de un exámen considerado mucho más simple y menos exigente que los exámenes que suelen tomarse en países desarrollados. Sólo Cuba mostró resultados muy superiores al promedio, pese a ser un país mucho más pobre, en términos de ingreso per cápita, que la mayoría de los demás países de la región. Los resultados de Colombia fueron apenas superiores al promedio, lo cual sugiere que otros países latinoamericanos también obtendrían resultados desalentadores en exámenes internacionales como el TIMSS. Esos índices lamentables subrayan la necesidad de medir más rigurosamente el aprendizaje en América Latina. Afortunadamente, en los últimos años casi todos los países de la región ha adoptado algún tipo de sistema nacional de exámenes, en muchos casos con ayuda financiera del BID. Además, varios países se están preparando para tomar parte en exámenes internacionales parecidos al TIMSS. No obstante, con algunas excepciones, el debate público todavía no refleja la importancia de tomar exámenes. Esto es desafortunado, porque América Latina enfrenta una competencia sin tregua de otros países en desarrollo, particularmente en Asia, que han conquistado notables ventajas sociales y económicas al enfocar con seriedad la cuestión de los logros educativos. ¿Qué hace falta ahora? Primero, los principales interesados (docentes, estudiantes, padres, empresarios, políticos) deben identificar y entender la importancia de contar con normas y metas educacionales específicas que se puedan medir mediante exámenes. Segundo, los resultados de esos exámenes deben ser difundidos de forma que permita a la opinión pública evaluar progresos y ver diferencias entre regiones y jurisdicciones. Tercero, la calidad de esos exámenes debe permitir comparaciones y evaluaciones justas, en especial del "valor agregado" de la educación. Desde luego que fijar normas, tomar exámenes y difundir los resultados no garantiza una mejor enseñanza, así como medir una cosecha no garantiza una mayor productividad de un cultivo. Pero es un tipo de información que puede ayudar a transformar el debate en torno a la educación. Una opinión pública que comprende que el propósito de ir a la escuela es aprender probablemente insistirá con más vehemencia en que las escuelas ofrezcan el entorno y la oportunidad de aprender. Es más probable, asimismo, que esa opinión pública exija a los candidatos a cargos electivos que propongan una política educacional bien articulada. Sólo con una sostenida presión política de ciudadanos informados podemos esperar que las escuelas de América Latina comiencen a satisfacer las necesidades de desarrollo de sus países. -El autor es un consultor en la Unidad de Educación del Departamento Desarrollo Sostenible del BID.
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