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Por ROGER HAMILTON, Mamirauá, Brasil
En casi todas partes la estacion lluviosa precede a la época de la abundancia. Las semillas brotan, el ganado engorda,
se llenan las despensas y las arcas. Pero no en Mamirauá, una esquina anegadiza entre los ríos Japurá y Solimões, a unos 600
kilómetros al oeste de Manaos, Brasil. Cuando llega la crecida anual de los ríos, la tierra se encoge y la gente se ajusta el
cinturón.Tito Cavalcante Martins guía silenciosamente su piragua entre los troncos y ramas que sobresalen del agua oscura.
Hace dos meses, recuerda, podía caminar por aquí sin mojarse los pies. Pero ahora es la morada del tambaqui, un pez que se
alimenta de los frutos que caen al agua. También alberga muchas otras criaturas, dice Martins, apuntando a la copa de los
árboles. Monos, perezosos mascando hojas plácidamente, ruidosas bandadas de cotorras, un tucán y el brillante relampagueo de
un guacamayo. Pero el arpón casero de Martins no se despega de la borda de la piragua. "Vuelva durante la temporada seca",
invita, "cuando los peces se apiñan en canales y lagunas cada vez más reducidas, blanco fácil no sólo para pescadores sino
también para caimanes y bandadas de pájaros". Todo se pone más difícil cuando el agua sube. La gente se apresura a
cosechar su maíz y mandioca antes de que la crecida cubra los sembradíos. Reparan los corrales flotantes y comienzan a cortar
pasto para el ganado. Construyen huertos flotantes. Todos viajan en canoa o en bote de motor para concurrir a la escuela,
para visitar vecinos, hasta para ir a la letrina. Algunos van aguas abajo a la ciudad más cercana, Tefé, en busca de trabajo. El
agua continúa creciendo. La gente que vive en casas flotantes revisa las sogas que sujetan sus viviendas a los árboles. A los que
viven en palafitos les preocupa que el agua les llegue al piso y tengan que cubrirlo con hojas de palmera para mantenerse secos,
apilándolas cada vez más alto, a veces hasta tener que moverse agazapados. Es difícil imaginar otro lugar en el mundo
parecido a Mamirauá. Aunque el entorno limita la actividad humana, Mamirauá (que significa cría de manatí en la lengua
indígena local) alberga un notable ecosistema de plantas y animales que ha evolucionado ingeniosamente para adaptarse a los
cambios de estación. Muchas especies existen sólo aquí, como el mono uacari blanco y el mono ardilla negro, ambos en peligro
de extinción.
En realidad, fue el uacari blanco lo que atrajo a este lugar en 1983 al biólogo brasileño José Márcio Ayres para
efectuar sus estudios doctorales. Ayres fue el primero en hacer una descripción científica de este simio desde mediados del siglo
pasado. ¿Será el último? Ayres pronto se dió cuenta que el futuro del uacari blanco dependía de la preservación de su
habitat, amenazado por la tala de árboles. Comenzó una campaña de preservación y sus esfuerzos tuvieron éxito cuando, en
1990, el gobernador del estado de Amazonas designó una franja de 1.124.000 hectáreas de lagunas y selvas como la Estación
Ecológica Mamirauá. Fue la primera reserva en Brasil creada para proteger un ecosistema de bosque anegado o várzea. En
1992 se creó la Sociedad Civil Mamirauá para administrar la nueva reserva. Aunque sus esfuerzos iniciales se concentraron en
un núcleo de 260.000 hectáreas, el objetivo a largo plazo es extender su administración a toda la reserva. Ayres y sus colegas
se sintieron atraídos a Mamirauá por sus tesoros naturales, pero comprendieron que la conservación no podía darse al margen
de la gente que ya vivía en el lugar. La ecología enseña la interdependencia de plantas y animales, y pronto decidieron que la
clave para preservar este ecosistema era asegurar la participación de una especie en particular: la humana. La gente ha sido
parte de este ecosistema desde hace siglos. Aunque modificaron el entorno de muchas maneras no lo destruyeron. Pero en años
recientes aumentaron las presiones. Pescadores comerciales de Manaos y de Colombia estaban acabando con los cardúmenes
locales, los hacheros estaban penetrando la selva y la caza comercial amenazaba a los manatís, los pájaros acuáticos, los
caimanes y las tortugas. Igualmente amenazados estaban los habitantes de la región, que dependen de esos recursos naturales
para su sustento. Por lo tanto, pensó Ayres, los residentes son la opción lógica para fijar normas para proteger la naturaleza y
para hacerlas cumplir. Ayres presentó al gobierno estatal una propuesta para crear una entidad legal, una reserva donde
podrían coexistir el hombre y la biodiversidad. En 1996, la legislatura clasificó a Mamirauá como una Reserva de Desarrollo
Sostenible que reconciliaría tres objetivos: la preservación de la biodiversidad, el uso de recursos naturales por parte de la
población local y la investigación. Fue una decisión audaz y pionera que ganó el apoyo de muchos organismos y entidades
nacionales e internacionales, incluyendo el Fondo Nacional del Medio Ambiente brasileño, que recibe financiamiento del BID
(Ver "Contante y Sonante" en esta página). El bote de aluminio golpeaba sobre las olas al abandonar el brazo principal del
río para entrar a un canal que llevaba a la casa flotante más grande de la reserva de Mamirauá, una estructura de dos pisos
que aloja al personal y a los científicos que la visitan. Marise Reis estaba apoyada contra una pila de cajas. Delgada,
informal y habituada a los botes, estaba haciendo un alto en sus tareas administrativas en la sede de la reserva, en la cercana
comunidad de Tefé, para visitar a dirigentes comunitarios en anticipación a una asamblea convocada para el próximo mes. La
asamblea será un evento de importancia, culminación de años de reuniones, negociaciones con autoridades, investigación e
incansables esfuerzos del personal de la reserva para preparar un plan de administración para Mamirauá que combine
preservación de biodiversidad, uso sostenible de recursos y actividades para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes.
El plan, que luego sería aprobado casi en su totalidad, ya era conocido por la gente local que había participado en su
redacción. Con ese enfoque de base comunitaria, Mamirauá ha tomado un curso de acción totalmente distinto a los intentos
previos por proteger la Amazonia, dice Reis. La estrategia tradicional de preservación se inspira en la de países desarrollados,
donde el primer paso en la creación de parques y reservas es separar al hombre y a la naturaleza. Pero en la Amazonia, reubicar a
la gente o prohibirle la entrada, aun si fuera deseable, sería muy costoso. Incluso hallar fondos para hacer cumplir las
regulaciones básicas resulta difícil. Además, a diferencia de la gente en los países desarrollados, los habitantes de Mamirauá
pescan, talan árboles, cazan y dependen de otros productos de la selva para vivir. No tienen alternativa. Por todas esas
razones, en Mamirauá había que hacer las cosas de manera distinta, explica Reis. "Cuando miramos la situación y comenzamos
a pensar en asignar usos a diferentes áreas, nunca perdimos de vista las necesidades de pesca y leña de la comunidad",
dice. Reis y sus colegas reunieron amplia información sobre la estructura de la población del área, los hábitos migratorios
hacia y desde centros urbanos, las costumbres familiares, salud, educación y actividades económicas. Entretanto, Reis visitó las
60 comunidades que viven en el área para explicarles los objetivos de la reserva y solicitarles sus propuestas e ideas. Pero lo
más importante fue que guió a las comunidades en la formación de la asamblea que en el futuro tomará la responsabilidad de
llevar adelante la reserva. El plan concertado en la asamblea de 1997 por las comunidades locales, la reserva y el gobierno era
severo y de largo alcance, y ampliaba las regulaciones ya vigentes. Entre sus disposiciones, vedaba el acceso al núcleo de la
reserva a embarcaciones pesqueras comerciales de centros urbanos distantes y establecía una clasificación de tres tipos para las
lagunas: protección estricta, subsistencia y pesca comercial local. Se restringieron ciertos equipos de pesca y se establecieron
regulaciones para la caza de manatís, tortugas, aves y otras especies. Aunque las comunidades locales pueden seguir cortando
árboles, ahora rigen reglas detalladas sobre lo que puede ser talado, cómo y cuándo. El objetivo a largo plazo es crear un
sistema que dará protección total a algunas áreas, reservará otras para explotación sostenible y designará otras para propósitos
como el ecoturismo y santuarios para animales. Entretanto, la reserva continuará su programa de investigación mediante el
cual científicos del Brasil y otras partes del mundo reúnen información básica sobre hábitos, reproducción, dinámica, ciclos
migratorios de las especies que habitan en el lugar y la interacción entre unas y otras. Esa información básica permitirá a los
planificadores diseñar sus estrategias de administración. Reis reconoce que las nuevas medidas de conservación y las
regulaciones significan una pérdida a corto plazo para las comunidades. Pero esos costos serán compensados en parte por
beneficios sociales que incluyen servicios de medicina preventiva y sistemas para almacenar y filtrar el agua potable. El personal
del proyecto trabajará además en la comunidad para desarrollar alternativas económicas, como mejores métodos para procesar
el pescado, la venta de peces ornamentales, la apicultura, el cultivo de frutales y el aprovechamiento de productos no madereros
del bosque. Asimismo, se están preparando planes para abrir el área al turismo de bajo impacto, que crearía más empleos. A
pesar de este promisorio comienzo, el futuro de Mamirauá como un lugar donde coexisten el hombre y la naturaleza dista de
estar asegurado. La preservación tiene sentido sólo a largo plazo. "Cuesta cambiar las viejas costumbres", dice Reis. "A veces la
gente piensa que las cosas se pueden cambiar de un día para otro. Pero nosotros sabemos que no es así".
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