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Por Christina MacCulloch
En una modesta casita de dos habitaciones en Villa Nueva, al sur de Ciudad de Guatemala, Gabriela González Hernández, de siete años, se prepara para su primer día de clases.Aunque probablemente no se considere a sí misma como una privilegiada, Gabriela ya es parte de una élite, porque menos de la mitad de las niñas de su país cursa la escuela primaria. Si persevera en sus estudios, Gabriela formará parte de un grupo aún más selecto, integrado por una de cada ocho niñas guatemaltecas que logran completar el sexto grado. Las posibilidades de Gabriela son relativamente buenas. Su madre terminó sus estudios primarios y su padre cursó la escuela secundaria. Aunque su hogar tiene techo de chapa, pisos de cemento y carece de agua corriente, los padres de la niña están empeñados en mantenerla en la escuela porque están convencidos de que la educación es su mejor posibilidad de escapar a la pobreza. Gabriela es afortunada porque vive cerca de una ciudad que ofrece acceso relativamente fácil a caminos, escuelas y empleo para sus padres. Pero para las niñas en las áreas rurales de Guatemala, el panorama es menos auspicioso. Ir y volver caminando a la escuela puede poner a prueba la tenacidad de una niña y ser una amenaza a su seguridad. En hogares donde ambos padres labran la tierra la escuela puede parecer un lujo extravagante. La mayoría de las niñas terminan quedándose en casa para cuidar a sus hermanos más pequeños, cocinar y ayudar en lo que haga falta. En el campo guatemalteco dos de cada tres niñas que se inscriben en la escuela primaria la abandonan antes de llegar al tercer grado. Más aún, cuando las familias sienten que pueden permitirse enviar a sus hijos a la escuela, generalmente envían a los varones. Se calcula que en 1991 unas 500.000 niñas entre 7 y 15 años de edad no iban a la escuela en Guatemala, en comparación a 300.000 varones de esa edad. El 60 por ciento de las guatemaltecas son analfabetas y 80 por ciento vive en regiones rurales indígenas, según cifras oficiales compiladas a comienzos de esta década. En este aspecto, Guatemala no está sola. Mayra Buvinic, jefa de la División de Desarrollo Social del BID, dice que en todo el mundo hay 74 mujeres alfabetizadas por cada 100 hombres que pueden leer y escribir. "Esos mismos estudios indican que globalmente hay 77 millones de niñas entre 6 y 11 años de edad que no van a la escuela, en comparación a 52 millones de niños entre esas edades, y eso no toma en cuenta la repetición de grado, el ausentismo y la deserción escolar que hacen la brecha aún más ancha", apunta la especialista. Aunque la inclinación a no educar a las niñas tiene complejas raíces sociales y culturales, casi universalmente es exacerbada por la pobreza. Las naciones de América Latina y el Caribe son un buen ejemplo. En los países más desarrollados de la región y en sus ciudades más grandes la brecha en materia educativa no existe o es muy pequeña. Pero entre las decenas de millones de latinoamericanos que viven en la pobreza, aún en los países más ricos, el problema es agudo. COSTOS OCULTOS
Las sociedades pagan un alto precio por no educar a las niñas. Aunque invertir en la educación de los varones es obviamente beneficioso, existe evidencia de que la misma inversión en la educación femenina arroja mayor rendimiento para la sociedad. ¿Por qué? Porque aunque hombres y mujeres que han estudiado probablemente ganan mejores salarios y mejoran la productividad de sus países, la educación tiende a influir aspectos de la vida de la mujer que no atañen al hombre. Las mujeres mejor educadas son más propensas a buscar y obtener atención médica pre y posnatal, lo que reduce las tasas de mortandad infantil y materna. Un estudio del Banco Mundial realizado en 25 países determinó que un aumento de uno a tres años en la educación de una madre reduce en 15 por ciento la mortandad infantil en el primer año de vida. Entre los padres, el mismo incremento en escolaridad resultó en sólo seis por ciento de reducción de esa tasa de mortandad. Similarmente, en casi todas las sociedades las mujeres mejor educadas aguardan más tiempo para casarse y tienden a tener menos niños, dos factores que reducen el riesgo de problemas vinculados al parto tanto para el niño como para la madre. Los hijos de mujeres con tan sólo tres a seis años de educación formal tienden a estar mejor nutridos, y es más probable que vayan a la escuela y permanezcan en ella que los niños de madres sin educación. Las mujeres educadas tienden además a participar más activa y efectivamente en el gobierno local, particularmente en la prestación de servicios sociales. En síntesis, debido a su múltiple rol, las mujeres educadas pueden tener un impacto mayor que los hombres educados en el desarrollo y el bienestar de las sociedades. INTERÉS NACIONAL, ESTRATEGIA LOCAL
La preocupación que despierta el limitado acceso de las niñas a una educación ha llevado a Guatemala a realizar un singular esfuerzo por enfrentar el problema. A partir de 1991, un grupo de educadores, investigadores, empresarios, asociaciones cívicas y entidades donantes formaron lo que más tarde sería la Asociación Nacional por la Educación de las Niñas. La asociación comenzó a trabajar de inmediato con el Ministerio de Educación para desarrollar una estrategia de educación de niñas. En 1992, con apoyo de la Agencia para el Desarrollo Internacional del gobierno de los Estados Unidos y de fundaciones locales, la asociación encargó un diagnóstico que por primera vez reveló en detalle las insuficiencias en la educación de las niñas en Guatemala. El estudio identificó las regiones y municipalidades donde el problema era más grave y propuso un plan de acción que incluyó bosquejos de 37 potenciales proyectos. Poco después, el Ministerio de Educación lanzó el Programa de Educación de Niñas, un esfuerzo polifacético para desarrollar y ensayar formas prácticas de aumentar la inscripción y retención de niñas hasta el sexto grado. El programa incluye una variedad de iniciativas, desde becas y capacitación de maestros a programas para crear conciencia comunitaria y materiales para motivar a niñas de origen maya (ver nota "Dos vidas, dos niñas, un mensaje", en esta página). Desde el comienzo, las autoridades del programa se dieron cuenta de que para tener éxito sería necesario coordinar las actividades de estudiantes, padres, docentes, dirigentes comunitarios y las autoridades que apoyaron la iniciativa. Para encontrar estrategias efectivas, el programa lanzó un proyecto piloto conocido como "Educar a las Niñas" que ensayó diferentes combinaciones de iniciativas como capacitar a docentes, ofrecer becas a estudiantes, formar comisiones de padres y proveer programas de estudios suplementarios a las escuelas. Asimismo, el proyecto contrató a mujeres indígenas como auxiliares docentes, para dar apoyo a las niñas y sus familias. El proyecto piloto brindó varias enseñanzas. Por ejemplo, aunque los docentes eran generalmente receptivos a nuevas ideas, necesitaban entrenamiento teórico y práctico para mejorar la comunicación con las niñas en el aula, así como también materiales e instrumentos pedagógicos. Gabriela Núñez, la socióloga que coordinó el proyecto piloto, cree que las sesiones de capacitación fueron importantes porque reforzaron el sentido de importancia de los maestros como parte del proceso. "Encontramos que era crucial reforzar la imagen que los maestros tenían de sí mismos como personas, porque sólo con una imagen positiva pueden transmitir un sentido de reconocimiento y de autoestima a las alumnas", explicó. El proyecto piloto determinó además que hasta las becas muy modestas, de no más de cinco dólares por mes, eran una forma muy efectiva de alentar la escolaridad porque contribuían a compensar la pérdida del aporte de la niña a la labor doméstica. Aunque se determinó que las becas mejoraban también la retención de alumnas, los responsables del proyecto notaron que harían falta otros incentivos para asegurar que las niñas volviesen a la escuela año tras año. Aunque es difícil medir en números el éxito hasta la fecha de las iniciativas para mejorar la educación de las niñas en Guatemala, queda claro un logro fundamental. "La necesidad de mejorar el acceso de las niñas a la educación ahora es comprendida y considerada una prioridad a nivel nacional", sostiene Isabel Nieves, autora principal del diagnóstico y ahora especialista en desarrollo social en el BID. Esa toma de conciencia se hizo evidente durante la redacción de los Acuerdos de Paz de 1996, que pusieron fin a tres décadas de guerra civil en Guatemala. Los acuerdos incluyeron mandatos específicos para acabar con la desigualdad entre hombres y mujeres en la educación, un objetivo que también fue específicamente citado en el plan de acción 1996-2000 del gobierno guatemalteco. Ciertamente, el plan fija una ambiciosa meta de alcanzar un 80 por ciento de escolaridad para las niñas hacia el año 2000 como parte del programa de reforma de la educación. El BID apoya ese programa mediante un préstamo de 15 millones de dólares al Ministerio de Educación de Guatemala, aprobado el año pasado. Los fondos serán usados para capacitar docentes y proveer a las escuelas material pedagógico bilingüe y en español, para lanzar programas para reducir la repetición del primer grado, consolidar la participación comunitaria y difundir las exitosas innovaciones del Programa de Educación de Niñas. "El apoyo del BID llega en un momento crucial", asegura Nieves. "Estos fondos están permitiendo al gobierno guatemalteco aplicar en su programa global de reforma de la educación muchas de las cosas que enseñó el proyecto piloto de educación de niñas". El BID está apoyando también esfuerzos innovadores para la educación de niñas en otros países. En Bolivia, donde hay un 67 por ciento de analfabetismo femenino y las niñas asisten a clases sólo 60 por ciento del tiempo que los niños pasan en el aula, un programa de reforma educativa financiado por el BID apunta específicamente a reducir los índices de deserción escolar de las niñas. El programa comprende una variedad de incentivos, entre ellos becas y guarderías donde las niñas pueden dejar a sus hermanitos para poder ir a clase. En México, un programa financiado por el BID para ayudar a tres millones de niños pobres está ensayando una estrategia diferente para facilitar el acceso a la escuela a jóvenes que deben cuidar a hermanitos menores: permitirles que los traigan a clase. Aunque es todavía demasiado pronto para evaluar el efecto de ese concepto, se espera que facilite a las niñas seguir sus estudios y ofrezca al mismo tiempo un entorno estimulante para niños en edad preescolar. En última instancia, el éxito de estos programas depende, por supuesto, de la perseverancia de niñas como Gabriela González Hernández y del cometido de padres, docentes y dirigentes comunitarios. Pero como lo muestra el progreso logrado en Guatemala, los gobiernos pueden ayudar a crear un entorno donde la perseverancia y el compromiso pueden dar frutos durante las vidas de las niñas. __________________________________
Para más información sobre educación para niñas en Guatemala, diríjase a Isabel Nieves al teléfono (202) 623-1542, fax (202) 623-1429, o por correo electrónico a isabeln@iadb.org
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