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Cuando Merck & Co., el gigante de la industria farmacéutica de Estados Unidos, anunció hace diez años que había encontrado una droga que podía prevenir la oncocercosis, una de las principales causas de ceguera en América Latina y Africa, y que donaría la medicina "donde se la necesite por todo el tiempo que se la necesite" pareció que se vencería a esta enfermedad. Pero no fue del todo así. Distribuir el medicamento a quienes lo necesitan en áreas remotas resultó ser más difícil de lo esperado en América Latina. Llevó años de esfuerzo y US$18 millones en un programa para establecer sistemas sustentables de distribución antes de que un número significativo de personas comenzara a beneficiarse con la nueva droga. El Programa de Eliminación de la Oncocercosis en las Américas (OEPA) informó recientemente que en 1996 se ha distribuído la droga a 200.000 personas en Brasil, Colombia, Ecuador, Guatemala, México y Venezuela, un 60 por ciento del objetivo que se había fijado. En total, la cobertura abarcó 98 por ciento de las áreas consideradas de alto riesgo en América Latina donde los efectos de la enfermedad son los más serios. Según funcionarios de la OEPA, no ha habido nuevos casos de la enfermedad en las áreas ribereñas de Ecuador desde hace más de un año y ninguno en el estado de Oaxaca, México, desde hace más de dos años. Colombia está a punto de eliminar el mal. "Estamos muy entusiasmados por la posibilidad de eliminar las manifestaciones clínicas (ceguera y enfermedades de la piel) de la oncocercosis en América Latina hacia el año 2007, nuestra meta", dice el médico y director de la OEPA, Edmundo Alvarez.
El gusano adulto, del grosor de un cabello, puede crecer hasta tener medio metro de largo dentro de la persona infectada. Usualmente está encapsulado por tejido fibroso, formando nódulos a menudo visibles bajo la piel de la cabeza, el cuello u otras partes del cuerpo. Los que causan el daño no son los gusanos mismos, sino los millones de minúsculos parásitos --llamados microfilarias-- que un gusano adulto produce durante sus 12 a 14 años de vida. Emigran por la piel del infectado, produciendo escamas y un escozor insoportables, causando además lesiones en los ojos que pueden resultar en pérdida permanente de la visión. Los esfuerzos para erradicar en las Américas la mosca portadora por medio de insecticidas resultaron costosos e infructuosos. A fines de los años 70, científicos de Merck & Co. descubrieron que uno de sus parasiticidas para ganado, ivermectin, parecía ser efectivo contra la etapa microfilarial de la oncocercosis. Hasta entonces, el único tratamiento era la quimioterapia por vía intravenosa, que tenía serios efectos secundarios y era costosa. Pruebas en terreno de la Organización Mundial de la Salud en Africa y en Guatemala en los años 80 demostraron que el ivermectin elimina los microfilarias producidos por los gusanos adultos. Asimismo, suprime por alrededor de un año la reproducción de los gusanos, conteniendo así el avance de la enfermedad en una persona infectada e interrumpiendo por el mismo período el contagio a otras. Los ensayos indicaron que si un 95 por ciento de las personas en un área afectada toman ivermectin una vez al año por un período de 12 a 14 años (el período de vida del gusano adulto) la enfermedad puede ser eliminada y tal vez hasta erradicada. México inició su programa de eliminación en 1990 y Ecuador y Guatemala lo hicieron en 1991. Pero los otros tres países estaban rezagados. En 1994, el BID se unió a un grupo de donantes que incluía la Organización Panamericana de la Salud, la Fundación Ceguera de Río y el Centro para el Control de las Enfermedades Infecciosas, para financiar un programa de cinco años de duración que ayudara a los seis países a establecer sistemas masivos de distribución sustentables. Las oficinas centrales del Programa de Eliminación de la Oncocercosis en las Américas fueron establecidas en Guatemala, donde se ha registrado el 31 por ciento de todos los casos de ceguera del río en América Latina. El aporte de US$4 millones del BID fue usado para capacitar auxiliares sanitarios, adquirir equipos y vehículos para todo terreno y lanchas para llegar a áreas remotas, y preparar mapas y estudios epidemiológicos determinando sitios donde prevalece el mal y conmensurando el éxito de la campaña. Distribuir el medicamento no fue fácil. Inicialmente, los auxiliares sanitarios tenían que convencer a la gente para que tomaran el medicamento. "Si les salía un nódulo bajo la piel, lo atribuían a un golpe en una caída", apunta el doctor Rodolfo Zea, epidemiólogo del Ministerio de Salud de Guatemala. "Si tenían un problema visual, decían que les había caído leche de alguna planta o árbol". Otro problema fue que, al comenzar a tomar la medicina, algunos experimentaron efectos secundarios que eran peores que los síntomas de la enfermedad. Sus conocidos, entonces, decidían no tomar la medicina. En Ecuador, los auxiliares sanitarios crearon un juego de tablero para ayudar a educar a la gente sobre la enfermedad. "La educación es una de las principales razones de que Ecuador tenga casi 100 por ciento de cobertura en sus áreas endémicas", afirma el doctor Guillermo Zea, subdirector de OEPA y hermano del doctor Rodolfo Zea. "Estamos cambiando la percepción que tiene la gente de esta enfermedad y de su tratamiento", asegura. "Pienso que las cosas están yendo muy bien en América Latina porque los gobiernos tienen un compromiso", opina Frank Richards, subdirector del Global 2000 River Blindness Program en el Centro Carter de Atlanta, Georgia. "Pero me preocupa la sustentabilidad de esta oportunidad para erradicar la ceguera de río de las Américas. La oncocercosis no es una alta prioridad entre los problemas de salud en estos países y siempre aparece la necesidad de concentrar recursos en la malaria, el dengue y la fiebre amarilla". -David Mangurian
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