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Muerte en el Petén



El coche fúnebre, una vieja camioneta pintada de negro, enfiló por la calle polvorienta. Detrás caminaban los miembros de la familia tomados del brazo. Más atrás, una improvisada banda daba un sonido discordante, a tono sin embargo con la pobreza del vecindario y los hechos que rodeaban la muerte de Carlos Catalán a los 36 años de edad.

Minutos antes, en un salón sindical adornado con unos pocos gallardetes, los amigos de Catalán evocaban su vida y su esperanza. Uno de ellos era Carlos Soza, quien había trabajado con Catalán en el esfuerzo por preservar los recursos forestales locales y es director de ProPetén/Conservation International, una organización no gubernamental que recibe fondos del BID.

Catalán, dijo Soza, amaba el bosque y a su pueblo de Carmelita, situado al fin del camino que atraviesa El Petén. Como muchos de sus habitantes, Catalán se ganaba la vida con productos del bosque, entre ellos la gomorresina, tradicional ingrediente de la goma de mascar.

Catalán era un reconocido experto en la fauna y vegetación de El Petén y apreciado amigo de muchos científicos. Ayudó a descubrir un sitio arqueológico y lo que posiblemente sea una nueva variedad de ciervos.

También había visto que el tipo de vida de su comunidad estaba amenazado. Las forestas de El Petén desaparecen a un ritmo alarmante, víctimas de la tala y de colonos hambrientos de tierras.

Con apoyo de ProPetén, Catalán comenzó a trabajar en un plan para administrar una concesión forestal de 53.000 hectáreas que ayudaría a asegurar la supervivencia de la comunidad. El plan detallaría las normas que los miembros de la comunidad deberían seguir para recolectar varios productos, para talar un limitado número de árboles bajo estricta administración, y para la caza y la pesca destinada a consumo local.

Tras años de búsqueda de consenso, incontables reuniones y viajes a la capital, el gobierno finalmente aprobó la concesión. El primer cargamento de madera cortada según el nuevo plan fue preparado y Catalán hizo los arreglos para que los camiones vinieran a buscarlo el domingo 8 de junio. Naturalmente, quería estar presente en la ocasión. A las 11 y 30 de la noche, lo que iba a ser un día de triunfo terminó en muerte a manos de un pistolero.

Aunque la guerra civil ha terminado en Guatemala, El Petén y muchas otras regiones viven un período desgarrador de cambio político y ambiental. Hasta una pequeña comunidad puede ser escenario de feroces rivalidades y complejas agendas personales. Aunque la ciudad en general apoyaba el plan de concesión forestal, Catalán había recibido amenazas.

La procesión fúnebre continuó su marcha pasando frente a pequeñas tiendas, talleres, hoteles baratos, umbrales con gente observando el cortejo. Cruzó los ornados portones de hierro del cementerio y se detuvo en una esquina, donde en medio de un pasto descuidado había sido construído una bóveda de cemento sobre otra que ya existía.

Un orador se puso de pie y denunció el clima de ilegalidad. Uno de los presentes comentó que en El Petén raramente un asesinato queda sin venganza. Otro orador recordó a los presentes que Catalán no era el primero que moría defendiendo el bosque y el sustento de su comunidad. En realidad, muchos ya habían notado el paralelo entre su destino y el de Chico Mendes, en la Amazonía.

La cripta fue sellada, cerrando un triste capítulo en el esfuerzo de una comunidad por proteger su entorno y su forma de vida.

—el director




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