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Si uno menciona el nombre Norman Borlaug es difícil que muchos lo reconozcan. ¿Cómo es que este ganador del Premio Nobel de la Paz 1970--creador de la Revolución Verde y a quien se atribuye haber salvado más vidas humanas que ninguna otra persona en la historia--es un virtual desconocido excepto entre sus colegas en agronomía? Quizás es porque sus logros originales se hicieron realidad en lo que hoy parece otra era. O quizás porque su labor alejó la posibilidad de una hambruna masiva como amenaza inmediata y con ello a la agricultura como problema acuciante. Aunque el mundo parece haber olvidado a Borlaug, este estadounidense de 83 años de edad nacido en Iowa, sigue en el centro de actividad, enseñando, combatiendo el hambre, dando consejo pragmático y a veces iconoclasta a quienes formulan políticas. Ahora pasa mucho tiempo en Africa, donde cree ver el mayor potencial para mejorías. Pero continúa siguiendo de cerca lo que ocurre en América Latina, donde pasó gran parte de su vida en el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo, en México, que recibe apoyo financiero del BID. En una reciente entrevista en Washington, D.C., Borlaug exhibió su visión pragmática de la vida rural. No hay nada romántico en "demasiada gente tratando de ganarse la vida con tierra que no es adecuada", dijo. Suelos pobres, magros y terrenos escabrosos que no pueden ser trabajados mecánicamente condenan a millones a la pobreza. Parte de la solución reside en las ciudades y en su capacidad de crear empleos para atraer inmigrantes rurales. Para quienes se quedan en el campo, la tecnología puede asegurar que "no condenemos a esos agricultores de una hectárea a la miseria perpetua", dijo. Borlaug no está hablando de desarrollar nueva tecnología. Con técnicas ahora disponibles, fertilizantes y mejores semillas "no habría problemas duplicando, triplicando, cuadruplicando la producción", aseguró. El reto es poner esa tecnología en manos de los agricultores. "No nos gusta hablar de subsidios y transferencias impositivas", agregó, "pero los pequeños agricultores deben tener los insumos necesarios cuando los necesitan. El gobierno tiene que intervenir en el sistema de crédito para permitirles comprar tecnología y las empresas paraestatales deben tener un rol en suministrarla". A diferencia de quienes operan en gran escala, los pequeños agricultores necesitan que el gobierno sea intermediario a la tecnología. "Si no les llevamos la tecnología, vamos a tener caos social y eso no va a ser bueno ni para el pequeño agricultor, ni para el gran agricultor, ni para el consumidor urbano", advirtió. A pesar de esos problemas, Borlaug destaca los espectaculares éxitos de la agricultura latinoamericana. En particular, se declara "fascinado" por la transformación del cerrado brasileño en uno de los mayores productores de soja, maíz, arroz y otros cultivos. Región de suelos muy ácidos y pocas substancias nutritivas, el cerrado fue replegado a los márgenes de la agricultura. Pero los científicos, algunos de ellos pertenecientes a EMBRAPA, un organismo de gobierno que apoya el BID, lograron desarrollar variedades de soja y arroz cuyas raíces pueden penetrar a gran profundidad, donde las aplicaciones de cal no podían llegar. Cuando las raíces se descomponen, mejora el suelo. Mediante la exitosa aplicación de esta nueva tecnología se han incorporado a la producción 10 millones de hectáreas de cerrado y el Brasil es ahora el segundo productor mundial de soja. "Nunca pensé que eso ocurriría", dijo Borlaug. --El director |
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