Las extrañas
noches de la selva amazónica
Toda la actividad se concentra en una charca
Por Roger Hamilton
Por una rústica
escalera ascendimos hasta una plataforma de madera, a ocho metros
de altura. Con la puesta de sol, el color de la selva fue pasando
de grisáceo a negro. El zumbido de los insectos se hizo cada
vez más insistente.
Bajo nuestro observatorio,
las últimas luces del día se reflejaban en las cenagosas
aguas de una charca de poca profundidad. Al tratarse de un depósito
mineral, aquella charca era una importante fuente de nutrición
para venados, tapires, jabalíes y otros animales, explicó
nuestro guía, Francisco Carvalho Souza. En el pasado, la
frecuente concentración de animales de rapiña en este
lugar atraía a los cazadores. Esta noche, los cazadores,
armados con linternas y cámaras, éramos ecoturistas
hospedados en el Cristalino Jungle Lodge, un albergue en la selva
amazónica del estado de Mato Grosso, Brasil.
A través de los
árboles podíamos ver el cielo tachonado de estrellas.
Al pie de nuestra plataforma, el lodo destelleaba también
con puntos de luz, una luminiscencia que delataba la presencia de
centenares de termitas.
Durante algún
tiempo nada perturbó el silencio. Souza sacó de su
bolso una gran linterna y la colocó en medio del grupo. Fue
entonces cuando oimos que algo avanzaba hacia nosotros, con un paso
firme y enérgico. Souza me alertó tocándome
el brazo. Se escuchó el ruido de un impacto seguido de una
salpicadura.
Souza buscó la
linterna, pero aguardó hasta que los animales estuvieran
más cerca. La selva se llenó de sonidos de pisadas
entrando, circulando y saliendo del barro.
El rayo de luz de la
linterna enfocó su objetivo, iluminando lo que parecía
una enorme salchicha con una trompa corta como la de un elefante
prehistórico. Era un tapir, un animal semiacuático,
que con sus 250 kilos de peso es el mamífero terrestre más
grande de Sudamérica. Souza reconoció a este ejemplar
por una cicatriz que tenía en el hombro. Bien podría
tratarse de la secuela del ataque de un jaguar, dijo. O más
probablemente, el animal pudo haberse espantado y haber chocado
ciegamente contra un árbol.
De las sombras emergió
otro tapir, más pequeño que el primero y, durante
algunos minutos, se asearon juntos con aparente indiferencia hacia
el rayo de luz de la linterna. No, la luz no les molesta, dijo Souza.
Probablemente creen que es una luna algo extraña.
Así transcurre
la noche en la selva amazónica.
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