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Aves
de colores vivos y un guía experto contribuyen a la
felicidad de los clientes. Este es Francisco Carvalho Souza,
guía del Cristalino Jungle Lodge.
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De buscador de oro a
guía de la naturaleza
Antes saqueaba la naturaleza; hoy la selva le ofrece un medio
de vida
Por Roger Hamilton
Machete en mano, el
guía se apresuró a tomar la vanguardia en el sendero
que atravesaba cañizales de bambú y árboles
envueltos por lianas. Explicó que siempre va abriendo camino
para cerciorarse de que no hay serpientes bajo los troncos caídos.
Francisco Carvalho Souza
puede hacerlo todo. Persuadir a un pajarito a salir de su escondite
entre los arbustos, despertando su curiosidad al emitir la grabación
de su propio canto. Llevar a sus clientes a un depósito mineral
para ver un enorme tapir. Más tarde, de regreso al albergue,
es capaz de preparar una caipirinha de primera categoría,
con la cantidad justa de azúcar y de jugo de limón
recién exprimido.
Algunos guías
tienen credenciales académicas formidables. Otros, como Souza,
cuentan sólo con su amor a la naturaleza, su respeto hacia
la gente y su propia iniciativa.
La historia de la vida
de Souza refleja muchas de las complejidades de la vida del vasto
interior de Brasil. Nació y creció en el árido
estado de Piauí, donde su padre le inculcó la apreciación
por el mundo natural. Souza recuerda su aprendizaje sobre plantas
medicinales y cómo su padre atrapaba a los jaguares que merodeaban
por el lugar con trampas caseras de madera para luego entregarlos
a las autoridades para su reubicación. Mi padre siempre
valoró mucho la naturaleza, recuerda.
A los 18 años,
tras completar ocho de escolaridad, Souza dejó el hogar paterno
y se marchó a probar fortuna en el estado amazónico
de Pará. Allí trabajó en el mantenimiento de
maquinaria en una empresa minera japonesa. Asimismo, encontró
tiempo para tomar un curso de supervivencia en la jungla y de identificación
de plantas, pensando que podría serle útil en el futuro.
Al poco tiempo, le llegaron
noticias de grandes descubrimientos de oro en el vecino estado de
Mato Grosso. Souza y otros miles de garimpeiros acudieron a los
ricos depósitos de minerales, en los alrededores de lo que
hoy es Alta Floresta. Junto a siete de sus compañeros, Souza
arrancaba depósitos de mineral utilizando chorros de agua
a alta presión y, por medio de mercurio, se extraía
el oro.
Pero no tardó
en desilusionarse. La minería no era lo que yo imaginaba,
relata. Las minas eran lugares violentos, donde abundaban
las drogas, el alcohol y la prostitución. Era absurdo vivir
rodeado de gente que se dedicaba a quitar la vida a otros.
Tampoco podía
tolerar el daño que se causaba al medio ambiente. Algo
que realmente me llamó la atención fueron las enfermedades,
tales como la malaria y la fiebre amarilla, explica. Él
mismo podía comprobar que el sedimento y el mercurio vertidos
en el río destruían la vida acuática, para
después enfermar a los animales y a la gente.
Tres años más
tarde, el mismo Souza comenzó a tener problemas de salud.
Siempre decía a mis compañeros que la minería
no era un futuro, agrega. Nunca lo fue, ni lo podrá
ser.
Entónces ocurrió
una experiencia que le cambió la vida. En el curso de una
de sus enfermedades, una inyección mal administrada lo dejó
paralizado de la cintura para abajo. Souza perdió las esperanzas
de volver a caminar. Un grupo de cristianos evangélicos se
enteró de su situación y rezó por él.
Las plegarias encontraron respuesta y Souza se unió a esa
denominación religiosa. Hoy puede comentar la Biblia con
la autoridad y convicción de un predicador.
Una vez recuperado,
Souza consiguió empleo en el aeropuerto de Alta Floresta,
de nuevo en el sector de mantenimiento de maquinaria. Estando allí,
conoció a un individuo que lo invitó a trabajar en
un negocio familiar de turismo en el que su esposa, Vitória
da Riva Carvalho, (ver Una empresaria
con una misión) le ofreció empleo en un albergue
para ecoturismo que se estaba construyendo en el vecino río
Cristalino.
El albergue pronto comenzó
a atraer científicos interesados en estudiar aves, mariposas,
mamíferos y plantas medicinales locales. El trabajo de Souza
era satisfacer todas las necesidades de los visitantes. Me
levantaba muy temprano, trabajaba hasta la noche, me subía
a los árboles, hacía lo que me pidieran, explica.
Mientras trabajaba,
Souza aprendía. Fue capacitación informal, pero
con las autoridades más competentes, recuerda.
Hoy Souza ejerce como
guía. No me considero un profesional, dice con
modestia. Pero lo poco que aprendí puedo transmitirlo
a otros.
Souza se siente cómodo
con la filosofía del albergue y recita sus reglas: reciclar
todo, peladuras de frutas en una lata, papel en otra, baterías
en otra. No se puede fumar en los senderos, para evitar que queden
colillas. Toda el agua se somete a tratamiento. Absolutamente ningún
desperdicio del albergue acaba en el río, asegura.
Él tiene también
sus propias reglas. El primer principio es respetar al cliente,
sostiene. Lo aprendí de mis padres. El segundo es satisfacer
los deseos del cliente. Eso lo aprendí aquí, en el
albergue.
Siempre supe que
quería trabajar en contacto con la naturaleza, agrega.
Ahora tengo un futuro que nunca tuve como garimpeiro.
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