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Cómo priorizar la ayudaChile reduce la brecha educativa entre ricos y pobres mediante un programa orientado a las escuelas de peor rendimientoPor Paul Constance Cuando Gladys Tejea se hizo cargo de la dirección de la escuela Albert Einstein, inmediatamente inició los trámites para incorporarla a un programa del Ministerio de Educación conocido como P-900. No fue el paso más diplomático que una nueva directora pudiera tomar. El 900 en P-900 se refiere al número aproximado de escuelas cuyos puntajes en la prueba normalizada de logros escolares que se aplica en Chile, conocida como SIMCE (Sistema de Medición de la Calidad Educativa), los coloca en el 10 por ciento más bajo de la nación. Por decirlo sin ambages, el P-900 es un programa de asistencia establecido para las escuelas de calidad inferior de Chile. Al pedir que su nueva escuela fuera incorporada al programa, Tejea le estaba anunciando a docentes, padres y alumnos que había llegado el momento de mejorar. El P-900 causó cierta conmoción cuando empezó a funcionar en 1990. En ese entonces, el fracaso era una especie de tema tabú en el sistema de educación pública de Chile. Pocos funcionarios estaban dispuestos a identificar públicamente a las escuelas que obtenían bajos resultados, particularmente cuando éstas estaban situadas en áreas con elevados porcentajes de alumnos pobres y de alto riesgo. Pero hacia fines de los años ochenta, cuando los resultados del SIMCE revelaron la amplia brecha que separaba el puntaje de las escuelas situadas en barrios pobres de las que se hallan en distritos de clase media o alta, las autoridades decidieron reservar una porción del presupuesto para educación para brindar asistencia directa a las escuelas más necesitadas. Dichos programas de asistencia preferencial o discriminación positiva son arriesgados por razones políticas y técnicas. En primer lugar, los directores y los docentes de escuelas que evidencian magros resultados pueden resentir el rótulo calificativo y hasta pueden oponerse a las medidas apuntadas a elevar el nivel de desempeño. Segundo, no hay garantías de que los recursos monetarios adicionales destinados a estas escuelas resulten en mejoras sostenibles. El gobierno chileno ayudó a diluir la resistencia política que despertaba el P-900 al hacer que la participación en el programa fuera voluntaria. Como resultado, sólo esas escuelas donde el director estaba dispuesto a reconocer abiertamente que su escuela necesitaba ayuda pidieron ser parte de la iniciativa. Aunque inicialmente despertó poco interés, a partir de 1991 el P-900 se convirtió en un programa muy solicitado del cual han participado desde entonces más de 2.400 escuelas chilenas. El Ministerio de Educación tomó también medidas para asegurar que las escuelas que habían pedido ser incorporadas al programa no dilapidaran los fondos. Para participar, dichas escuelas deben comprometerse formalmente a mejorar la calidad del aprendizaje y los puntajes en las pruebas SIMCE. A cambio de eso, reciben un modesto subsidio por estudiante y una variedad de recursos educativos y técnicos. Éstos incluyen seminarios de capacitación para maestros, libros de texto y materia didáctico de alta calidad para docentes y alumnos, y fondos para contratar tutores en la comunidad que ayudan a los estudiantes con más dificultades. El P-900 provee asimismo asistencia profesional para formular planes de gestión de las escuelas y conseguir el apoyo y participación de los padres de los alumnos. Después de tres años, las escuelas participantes deben graduarse del programa, con lo que dejan de recibir el apoyo adicional. Aunque resulta difícil medir los efectos de un programa como el P-900 porque son muchos los factores que determinan la calidad del aprendizaje, las cifras compiladas por el Ministerio de Educación de Chile indican que los resultados de las pruebas mejoraron de manera consistente en las escuelas participantes. Entre 1988 y 1996, por ejemplo, el puntaje combinado promedio de matemáticas y lenguaje en estas escuelas subió de 43,14 a 64,34; un aumento de 21 puntos en una escala de 1 a 100. El resto de escuelas públicas (que tienden a estar en mejor situación que las participantes en el P-900) pasaron de un promedio de 52,55 a 67,93 durante el mismo período. En otras palabras, el programa mejoró sustancialmente el desempeño de las escuelas que tomaron parte, con relación al desempeño promedio en toda la nación. No todo en el P-900 ha funcionado bien. Aproximadamente un tercio de las escuelas participantes no mejoraron el puntaje de sus alumnos en el examen nacional. Tras graduarse del programa, los resultados obtenidos en algunas escuelas han mostrado cierta declinación, lo que indica que en algunos casos las mejorías en el aprendizaje no son sostenibles sin una permanente infusión de asistencia adicional. Finalmente, desde 1996 el impacto de la participación en el P-900 parece haberse estabilizado, lo que indicaría que, como ocurre con otras iniciativas reformadoras, el programa podría haber agotado sus posibilidades. En ese sentido, el Ministerio de Educación recientemente ha examinado el P-900 para poner más énfasis en la calidad del aprendizaje y el comportamiento didáctico de los maestros en el aula. Eso contrasta con el enfoque original en insumos, como libros de texto, capacitación y más autonomía para las escuelas. (Vea enlace al Ministerio de Educación para más detalles sobre el programa). Pero, como el caso de la escuela Albert Einstein demuestra elocuentemente, tiene sentido identificar y apoyar a las escuelas marginadas que están dispuestas a ayudarse a sí mismas. . Publicado: Abril 2002 |
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