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Y usted ¿por qué enseña?El arte de motivar docentes mal pagados en un entorno cargado de tensionesPor Paul Constance Les ofrecí la nada misma por entregar un 100 por ciento. Así sintetiza Gladys Tejea, directora de la Escuela Albert Einstein, la oferta que usó para reclutar maestros cuando tomó su puesto hace cinco años. Por cierto, teniendo en cuenta que esa escuela era conocida como la escuela basurero del sistema de educación pública local, cabe preguntarse cómo ella consiguió atraer a un sólo maestro.
Ciertamente, no fue por el dinero. La mayoría de los potenciales candidatos identificados por Tejea ya recibían el bono salarial de 18 por ciento que el Ministerio de Educación de Chile paga a los docentes que enseñan en barrios de alto riesgo. Incluso con el bono, los salarios varían desde el equivalente de unos 380 dólares mensuales para un maestro principiante hasta 660 dólares mensuales para un veterano con 30 años de experiencia. Dichos sueldos apenas alcanzan a cubrir el costo de vida en una gran ciudad como Santiago. Tejea tampoco podía ofrecer conveniencia, calidad de vida o prestigio profesional. La mayoría de docentes deben viajar diariamente una considerable distancia para llegar la escuela. Los equipos y las instalaciones de la misma son modestos, y el barrio en que se encuentra suele ser peligroso. Finalmente, trabajar con estudiantes que han sido rechazados por otras escuelas no es usualmente un atajo en el camino al avance profesional. No obstante, Tejea no tuvo mayores problemas para encontrar maestros. Inicialmente reclutó 25 maestros y especialistas que, cinco años después y exceptuando a tres de ellos, actualmente continúan siendo parte del plantel. La tasa de rotación de personal es particularmente baja considerando las demandas que la escuela impone a sus maestros. Prácticamente todos los niños que concurren a la Escuela Einstein presentan lo que serían consideradas necesidades especiales. El abuso del alcohol y las drogas entre los estudiantes y sus padres, abusos físicos y sexuales en el hogar, serias deficiencias en la capacidad de aprender, el ausentismo crónico, las actividades delictivas y la pobreza extrema son usuales. Tan sólo conseguir que un niño no deje de venir a clase requiere frecuentes llamadas telefónicas y visitas a su casa por parte de maestros y asistentas sociales, y a pesar de eso al finalizar el año escolar muchos de los alumnos no muestran progresos notables. Lo que motiva a estos maestros, según Tejea, es una fuerte vocación social y la convicción de que están contribuyendo a definir una nueva y mejor estrategia para educar a niños marginados. Su diagnóstico fue confirmado por ocho maestros entrevistados en la Escuela Einstein hacia fines de 2001. Lo hacemos porque nos gusta, dijo una maestra de matemáticas explicando porqué había optado por permanecer en el plantel docente de la escuela. Sus colegas coincidieron con ella. Otro maestro describió la satisfacción de ver despertar el interés y la pasión por aprender en alumnos previamente insensibles al estímulo. El sabor que te deja enseñar aquí no lo consigues en otro lado, dijo. Satisfacción económica no tiene, agregó sonriente un maestro de historia. Es la otra satisfacción. Los docentes fueron sinceros cuando describieron las frustraciones inherentes a trabajar en la Escuela Einstein. Casi todos ellos tienen un segundo empleo en otras escuelas para poder solventar sus necesidades, por lo cual raramente tienen tiempo para trabajar todo lo que quisieran con sus alumnos. Asimismo, expresaron su pesimismo ante las mínimas perspectivas de obtener educación adicional que hasta los mejores estudiantes encuentran cuando completen su octavo y último grado en la escuela. Pero los maestros también mostraron orgullo en su labor y un palpable espíritu de camaradería. Somos como una familia, dijo un veterano maestro en estudios sociales para quien se acerca la edad de retiro. Nos cuidamos mutuamente. Tejea es muy consciente de las presiones que sus maestros soportan en el trabajo y constantemente busca actividades que les traigan un poco de alivio y los ayuden en su desarrollo profesional. Gracias a un programa del Ministerio de Educación (ver enlace a la derecha Cómo priorizar la ayuda), la Escuela Einstein recibe fondos que le permiten a Tejea reservar una tarde por semana para reuniones del personal. Esos encuentros son un oasis en las sobrecargadas rutinas de trabajo de los maestros. Proporcionan una oportunidad para buscar soluciones a conflictos, discutir la situación de cada alumno y enterarse de las últimas corrientes en el pensamiento pedagógico. Periódicamente, Tejea invita expertos del Ministerio de Educación y otras instituciones para presentar seminarios prácticos sobre psicología educacional, reforma educativa y temas afines. Asimismo Tejea sigue de cerca la aparición de señales de estrés en su personal. Tambien hemos aprendido a manejar nuestra sensibilidad, porque al principio nos hacía mucho daño la situación de los chicos. Nos llevábamos esto a casa y de repente nos quedábamos con estrés o depresión, dijo. Ahora, más o menos cada tres meses, Tejea trae a la escuela un psicólogo que dirige sesiones de grupo sobre salud mental y control de la tensión para el personal. También conseguimos que nos ayude nuestra colega de educación física, agrega Tejeda. Nos obliga a jugar entre nosotros, y eso ayuda a reducir el estrés. Publicado: Mayo 2002 |
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