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Enero - Febrero 2000

Un llamado a la juventud
El presidente de El Salvador insta a fomentar la creatividad y la participación en las escuelas





Por ROGER HAMILTON


A la juventud ya no se le puede engañar con falsas promesas, dice el presidente Flores

Crecer puede ser difícil, incluso en las mejores épocas. Durante la guerra civil que sufrió El Salvador en los años ochenta, la violencia se sumaba a una despiadada pobreza, los desastres naturales y la depredación ambiental. En tales circunstancias, no sorprende que muchos de sus jóvenes no concibiesen otra alternativa que el cinismo.

El nuevo presidente salvadoreño, Francisco Flores, quien apenas tiene 40 años, conoce los desafíos de alentar a la juventud a participar en la vida pública. En un foro realizado recientemente en la sede del bid, Flores evocó las experiencias que sufrió durante ese doloroso período.

Cuando estalló la guerra, Flores tenía 18 años y acababa de comenzar sus estudios universitarios. Los adultos, recordó, solían decirles a los jóvenes salvadoreños que debían buscar un horizonte afuera del país, porque en El Salvador ya no habría futuro.

"Una de las causas del subdesarrollo es la incapacidad para imaginar opciones."
Francisco Flores, Presidente de El Salvador

Flores mismo viajó al exterior para estudiar ciencias políticas y filosofía pero retornó a El Salvador en 1983, quizás el peor año del conflicto. “Regresé al país con la idea de construir mi pequeño mundo”, contó. “En mi mente, y en la mente de todos los miembros de mi generación, participar en política era una cosa que todos los jóvenes rechazaban. La política era una mala palabra. Buscábamos un mundo aislado, un mundo propio, una esquina donde poder desarrollarnos dentro de este enorme conflicto”.

Flores encontró refugio en El Tigre, una comunidad rural de 300 personas, donde vivió y trabajó con los campesinos en un proyecto de desarrollo, fundó una escuela y un puesto sanitario. Ayudó a construir un sistema de riego y a mejorar el transporte.

Pero su sosiego no podía durar aislado de la realidad salvadoreña. En 1989 su suegro fue nombrado ministro de la presidencia pero unos días más tarde la guerrilla lo asesinó. Poco después, los rebeldes incendiaron la casa de Flores y las instalaciones que había erigido en El Tigre.

Flores describe a ese trance como un segundo nacimiento, una situación límite que lo obligó a optar entre culpar a los demás o ser una “persona creativa”.

Para este joven dirigente, la creatividad es el meollo de la cuestión. “Una de las causas del subdesarrollo puede ser la carencia de creatividad. La incapacidad de imaginar opciones, la perspectiva de que el mundo presenta limitados recursos”, afirmó.

Reforma escolar. Un importante obstáculo de la creatividad es el sistema educacional, sostuvo Flores. “La verdad es que en El Salvador, como en muchos otros países de América Latina, la educación se basa en la memoria, repetición, la rigidez y la obediencia”, dijo.

En un sistema educativo que fomenta la creatividad, el estudiante es el propósito de la educación, que buscará realizar los talentos innatos de los alumnos.

“La palabra mágica en este tema, es la participación”, aseguró. “En la medida en que íbamos desarrollando un método participativo para elaborar nuestro proyecto de gobierno, nos íbamos dando cuenta de que aún los jóvenes que son miembros de las pandillas están en las pandillas porque no tienen otra opción. Estos jóvenes son náufragos de las sociedades. Nacen de la matriz de la madre y no tienen otra matriz. Salen a robar y los capturan. Su matriz es la pandilla pero su aspiración es salirse de ella, tener un segundo nacimiento. Quieren ser parte de algo productivo, un proyecto patronal, un proyecto nacional, un proyecto deportivo. Incluso los miembros de las pandillas quieren dejarla para dar este paso y ser miembros productivos de la sociedad.”

A juicio del presidente salvadoreño, esta realidad reclama una nueva manera de hacer política. “Esta ya no es, en mi país por lo menos, una marcha forzada a la tierra prometida”, señaló. “Este tipo de liderazgo se terminó porque todos sabemos que la única tierra prometida es lo que construyamos en esta realidad que nos rodea, con nuestro propio trabajo. Y eso implica una forma diferente de liderazgo, un liderazgo participativo.”

Su receta, dijo, es ofrecerles a los jóvenes ser artífices de su propio destino, mediante la participación en la política y en la construcción de su país. “El planteamiento de llevarlos a la tierra prometida…ya no se lo vendemos a nadie, y mucho menos al joven”.




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