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Edgardo Rodríguez estaba durmiendo en el parque La Concordia, en Tegucigalpa, cuando lo despertó el ruido de la inundación. En pocos minutos el agua le llegaba a la cintura a este joven de 14 años. "Al principio me volví un poco loco de susto por mí y por mis amigos", recuerda. Eventualmente Edgardo, quien ha vivido desde los 10 años en las calles de la capital hondureña, encontró a algunos de sus compañeros que habían estado durmiendo cerca. Juntos vadearon las aguas hasta llegar a terreno más alto y luego ayudaron a rescatar a cinco niños atrapados en un edificio cercano. El huracán Mitch ha sido especialmente cruel con los miles de niños desamparados de Tegucigalpa. Típicamente viven en bandas, duermen en parques, bajo puentes y en los umbrales de edificios comerciales o residenciales. Alvaro Conde, director nacional de Casa Alianza, una obra católica que provee refugio y servicios de rehabilitación a unos 1.300 niños, dice que la mayoría de ellos sobrevive mediante el hurto, la limosna o la prostitución. "Casi todo lo que recaudan va para alimentar sus adicciones, ya sea al pegamento para aspirar o, entre los más mayores, a drogas como la marihuana o el crack", señala. Aún en las buenas épocas, estos niños no son bienvenidos en la mayoría de los vecindarios. Pero después del huracán, las calles se han vuelto particularmente inhóspitas. Según Conde, muchos de los lugares de encuentro más populares de los chicos de la calle (mercados al aire libre, parques y terminales de ómnibus) fueron prácticamente barridos por la tormenta o están fuertemente patrullados por la policía, que mantiene a raya a los niños callejeros. Hasta el húmedo refugio que podían encontrar bajos los puentes, un sitio favorito para dormir de cientos de niños desamparados, ha sido usurpado por las crecidas. Edgardo nota otro cambio. "No hay comida ni dinero en las calles ahora. Todo está más caro y la gente no regala nada", se queja. Como resultado, Casa Alianza y otros refugios han visto un fuerte aumento de niños que buscan ayuda. "Varios de los niños que han llegado en semanas recientes dicen que están viviendo en las calles porque sus casas fueron destruidas o porque no saben donde están sus padres", observa Rebeca Perdomo, una trabajadora de Casa Alianza. "Otros dicen que sus padres no tienen dinero así que los mandan aquí en busca de alimentos y ropa". Después de la tormenta, muchos niños que han pasado años en la calle le pidieron ayuda al personal de Casa Alianza para localizar familiares que no han visto en mucho tiempo. "Saben que sus familias viven en áreas que fueron afectadas por el Mitch y están preocupados", dice Conde. "Sus experiencias en la calle los han endurecido, pero siguen siendo niños". |
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