|
|
Portada | Contenida |
|
|
|
|
|
|
Por ROGER HAMILTON Los huracanes suelen desatar su furia y seguir de largo rápidamente. Pero el huracán Mitch desplegó su poder destructivo lentamente. Desplazándose con rumbo noroeste a través del Caribe, esquivando a Jamaica y Cuba, sus vientos alcanzaron un máximo de 157 nudos el 26 de octubre de 1998, frente a la costa hondureña, convirtiéndose en una de las tormentas más descomunales del siglo. Mantuvo esa intensidad 24 horas, antes de amainar.Pero la emergencia no cedió. En la mañana del 28 de octubre, la tormenta se plantó apenas al norte de Honduras. El mayor peligro ya no era el viento sino la lluvia, que se ensañó especialmente con Honduras y Nicaragua. En total cayó más de un metro de agua, causando en ambos países inundaciones catastróficas y deslizamientos que mataron a casi 10.000 personas. Otras 9.000 desaparecieron y más de un millón perdieron sus hogares. Antes de seguir su derrotero a través del estado mexicano de Chiapas y cruzar nuevamente el Caribe hacia la Florida, el huracán causó miles de millones de dólares en pérdidas materiales y económicas en el istmo. Los centroamericanos están curtidos por las desgracias, tanto las naturales como las provocadas por el hombre, pero el Mitch los superó. Nada en su historia reciente causó tanta devastación en tan poco tiempo. El huracán Mitch fue el golpe de gracia de un año marcado por catástrofes climáticas. Tan sólo un mes antes, el huracán Georges castigó al Caribe, matando a cientos de personas en Haití y la República Dominicana. El Niño produjo severas inundaciones en Argentina y Paraguay y sequías en Perú y otros países sudamericanos. Después de cada desastre, y especialmente tras el Mitch, la comunidad internacional, organizaciones caritativas e individuos de todo el mundo se movilizaron rápidamente para socorrer a los heridos, los desamparados y los hambrientos. Al mismo tiempo, se pusieron en marcha planes de largo plazo para reconstruir las vidas devastadas y restaurar las economías destruidas. El BID se moviliza. Ni bien llegaron de América Central los primeros informes del huracán Mitch, el BID formó una misión de especialistas de proyecto para viajar a Honduras, evaluar daños y fijar prioridades de asistencia. El grupo encabezado por Andrés Marchant, un experto en América Central, llegó a Tegucigalpa cuatro días después de la tormenta. Encontraron una ciudad sin agua, con casi toda su infraestructura en ruinas y cientos de miles de personas sin techo. "Como boliviano he visto pobreza", comentó Hugo Villarroel, especialista de agricultura del BID. "Pero esto es lo peor que haya visto". Al llegar la misión, la representación del BID en la capital hondureña, encabezada por Fernando Cossío, había preparado ya varias salas de conferencia en un hotel y asignado mesas de trabajo por sectores: rutas, programas sociales, agua y alcantarillado, educación, etc. Todas las tardes, después de pasar la primera parte del día visitando las áreas afectadas, el personal del BID y los representantes de otras agencias donantes se reunían allí para comparar información y coordinar los esfuerzos de alivio. Mientras tanto, desde Washington, el BID ya había efectuado pequeñas donaciones de emergencia a Honduras y Nicaragua así como también a El Salvador y Guatemala. Se iniciaron preparativos para donarle un millón de dólares a Honduras para contratar los consultores necesarios para preparar su plan de reconstrucción nacional. Comenzó también la planificación del esfuerzo de alivio de largo plazo (ver "Un futuro basado en la solidaridad" en éste número), en cuyo marco el Banco proveerá nuevos préstamos a los países afectados, recaudará fondos de la comunidad internacional y evaluará la necesidad de brindar alivio de deuda. Unos días más tarde, un segundo equipo partió rumbo a Nicaragua. Allí también el panorama era desolador, especialmente al pie del volcán Casitas, donde un alud de lodo barrió con aldeas enteras.
Si bien los daños en mar abierto causados por huracanes disminuyeron a medida que mejoró la construcción naval, los destrozos en tierra aumentaron en función de las nuevas tendencias demográficas y los cambios en el uso de la tierra. En 1950, las cinco naciones centroamericanas tenían una población total de 8,3 millones de habitantes. Para el 2025, el Centro Demográfico para América Latina proyecta que el istmo tendrá más de 55 millones. Muchas más personas corren riesgo hoy en comparación a décadas pasadas y muchas más estarán en peligro en el futuro. La mayoría de los habitantes del istmo son pobres y terminan viviendo en las ciudades, donde no es raro que construyan viviendas precarias en laderas taladas de árboles y en planicies anegadizas. Quienes se quedan en el campo dedican cada vez más los bosques a la agricultura y a la explotación maderera, disminuyendo así su capacidad de absorber el impacto de lluvias torrenciales. Pero por otra parte los países hoy tienen más tiempo para advertir a sus ciudadanos de huracanes que se avecinan (ver nota ¿Lección aprendida o lección ignorada? en éste número). Las telecomunicaciones han progresado notablemente desde 1909, cuando por primera vez un barco pudo alertar sobre un huracán que se acercaba, apresurando los preparativos en la costa. Sin embargo, de poco sirve la detección temprana si no es precedida por preparativos preventivos tales como evitar las construcciones en zonas de alto riesgo, la reforestación y la creación de eficientes agencias de defensa civil. En América Central, estas medidas no habían sido tomadas. Mientras se pone en marcha la reconstrucción, los países están decididos a aprender de sus errores y forjar el marco para el desarrollo a largo plazo. "Este es el único país que tenemos; tenemos que levantarlo y así lo haremos", aseveró el presidente de Honduras, Carlos Flores.
Existen numerosos sitios web con información sobre la campaña de auxilio por el huracán Mitch, entre ellos
www.hurricanemitch.org. |
|
|