|
Por Roger Hamilton
C ualquiera que se detenga un minuto en la galería de arte del Centro Cultural del BID en Washington,
rodeado de pinturas venezolanas del siglo XIX, podría sentirse como transportado a Francia. Con la excepción de varias
encantadoras pinturas primitivas de comienzos de ese siglo, la exposición “Figuras Destacadas de la Pintura Venezolana del
Siglo XIX” es testimonio del grado en que la élite venezolana, como otras en América Latina, admiraba a Francia como modelo
intelectual y cultural.
"Los cazadores a caballo en la posada," de Celestino
Martínez.
Pero eso ocurriría más tarde. Durante los primeros años del siglo, la pintura venezolana se practicaba
de forma casi artesanal, evidenciando poco conocimiento de la perspectiva, la proporción y la sombra. El género predominante
en esos tiempos era el retrato, junto con la representación de temas históricos y mitológicos. Los horizontes artísticos
venezolanos se ampliaron después de que el país alcanzó la independencia. Inspirados en parte por las crónicas del sabio
alemán Alexander von Humboldt, muchos escritores, científicos, exploradores y artistas foráneos llegaron a Venezuela con
ideas novedosas. Los artistas empezaron a explorar nuevos temas como el paisaje y las escenas locales. La influencia
extranjera aumentó durante la década iniciada en 1840, cuando Venezuela entró en un período de prosperidad. El teatro y la
fotografía hicieron su aparición y comenzó a dictarse instrucción artística formal en diversas instituciones, incluyendo la
Academia de Bellas Artes. Las artes avanzaron aún más después de que el caudillo liberal Antonio Guzmán Blanco llegó al
poder en 1870. Guzmán Blanco es considerado tanto un autócrata como una fuerza civilizadora. Remodeló a Caracas con París
como inspiración y supervisó la creación del Instituto Nacional de Bellas Artes. Becó a jóvenes artistas para estudiar en París y
Roma. En particular, los estudios en la Academia de París eran considerados casi obligatorios. Política y
retratos. Uno de los más brillantes, versátiles y prolíficos exponentes del estilo académico francés en Venezuela,
Arturo Michelena, recibía constantes comisiones para llenar las amplias y desnudas paredes de los edificios públicos con escenas
épicas de la historia nacional. Su talento también fue utilizado por la Iglesia. Entre sus obras religiosas figuran “La Ultima
Cena”, encargada para la Catedral de Caracas. Trabajos más íntimos, tales como su “Retrato de Emilia Alcalá”, también
demuestran el talento de este maestro finisecular. Durante este período, una generación entera de artistas recibió encargos
del gobierno para decorar edificios públicos. Los pintores, que trabajaban el estilo académico, produjeron numerosas
representaciones a héroes nacionales y otras figuras ilustres. La Iglesia reanudó su patrocinio de las artes y los encargos
privados daban otra fuente de ingresos. Si bien las artes florecieron, la aceptación a ciegas del modelo extranjero afectó la
visión interpretativa del artista venezolano y los temas que escogía pintar. El resultado, según el curador del Centro Cultural del
BID, Félix Angel, fue un divorcio entre el arte y la realidad social. De hecho, recién a fines del siglo apareció un artista, Emilio
Boggio, con una visión fresca de la función del arte. Así nació un movimiento que representaba más fielmente cómo vivían
realmente los venezolanos de la época. El estilo académico francés prevaleció hasta 1909, cuando los estudiantes de la
Academia de Bellas Artes venezolana iniciaron una huelga contra los obsoletos métodos de instrucción. Marián Caballero,
curadora de arte del siglo XIX en la Galería de Arte Nacional de Venezuela, escribió en el catálogo que acompañó la
exposición del BID que la huelga de los estudiantes marcó un punto de partida, abriendo el camino para una exploración de la
pintura de paisajes, cambios en los colores de la paleta y el uso de la luz natural.
|
|