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Antídoto para
la corrupción







Le presento a mi amigo Jackson: otrora tolerada como un costo de hacer negocios, la corrupción hoy es vista como perjudicial.

P robablemente hoy nadie reclame paternidad intelectual sobre la idea, pero pocas décadas atrás había académicos que sostenían que la corrupción era buena para el crecimiento económico. En ese entonces, la percepción prevaleciente era que los sobornos ayudaban a la gente de negocios a sortear barreras administrativas y a agilizar la labor de los burócratas, incentivándolos a trabajar.
Paulo Mauro, un economista italiano educado en Harvard y Oxford que trabaja en el Fondo Monetario Internacional, trajo a la memoria esa antigua creencia en una charla en septiembre en el Foro de las Américas del BID sobre la corrupción.
El mundo ha tomado desde entonces una visión mucho menos apacible de este fenómeno. Hoy en día la corrupción es una preocupación primordial en América Latina y el Caribe, junto con el delito y el desempleo.
Mauro, quien lleva años estudiando este fenómeno desde el punto de vista económico, dijo que una revisión de recientes estudios empíricos indica que la corrupción podría perjudicar seriamente a la economía, desalentando la inversión, limitando el crecimiento y distorsionando el gasto público. Un país que tiene éxito en reducir la corrupción y en pulir su imagen puede cosechar considerables beneficios. Según Mauro, una nación que avanza un sólo peldaño en una escala donde 0 representa la corrupción más completa y 10 la honestidad más inmaculada podría aumentar su tasa de crecimiento económico en 0,25 por ciento del producto bruto interno.
Gran parte de la corrupción se debe al poder económico reservado a políticos y burócratas. La literatura económica ha señalado a las restricciones al comercio, los subsidios gubernamentales, los controles de precios, las tasas cambiarias múltiples y los monopolios legales como potenciales fuentes de sobornos, fraudes y favoritismos.
Durante la década pasada, muchos países recurrieron a políticas de liberalización, desregulación y privatización para mejorar sus economías, confiando en que un beneficio adicional sería limitar las oportunidades para lucrar ilegalmente. Pero no todos los países se han apresurado a adoptar esa políticas, ni se ha desvanecido la preocupación pública en torno al problema. América Latina es considerada en general como una región con un nivel de corrupción más alto que el promedio mundial. No obstante, Mauro advierte que los índices de corrupción tienen limitaciones debido a la naturaleza subjetiva de buena parte de la información empleada para prepararlos. Por ejemplo, los índices no distinguen entre la corrupción al más alto nivel (un ministro de defensa sobornado para decidir la compra de aviones) y la corrupción más pedestre (un policía que acepta dinero para perdonar una infracción de tránsito). Tampoco diferencian entre la corrupción bien organizada (donde los corruptos cumplen con lo que prometen) y la corrupción caótica (donde un soborno no garantiza la obtención de lo pedido).
De todas formas, Mauro ha encontrado que la corrupción prevalece más en países donde existe inestabilidad política, barreras burocráticas y sistemas judiciales y legislativos débiles. La evidencia empírica indica que países con gobiernos democráticos, libertad de prensa y sistemas educativos con buenos presupuestos y de buena calidad tienden a tener niveles más bajos de corrupción.
Sus conclusiones: si un país quiere acabar con la corrupción, no puede tomar medidas graduales. Una de las claves es asegurar la transparencia fiscal evitando las transferencias fuera de presupuesto y los mecanismos opacos de asignación presupuestaria.
—Peter Bate

Los artículos de Paolo Mauro sobre corrupción pueden verse en www.imf.org.



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