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Por PAUL CONSTANCE
Desde el siglo XVI, cuando la Corona Española comenzó a premiar a sus súbditos favoritos con inmensos territorios en
el Nuevo Mundo, los conflictos en torno a la propiedad y el uso de la tierra han plagado a América Latina y el Caribe.Con
frecuencia los desacuerdos surgían y se perpetuaban por falta de información. ¿Cuáles eran exactamente los límites de un
latifundio? ¿Cuántos indios vivían allí? ¿Cuánta agua contenían sus ríos y capas acuíferas? ¿Había oro o plata bajo
tierra? Los mapas coloniales, a veces bosquejados con detalles fantásticos, contenían pocas respuestas a tales preguntas.
Hasta este siglo, ni los estudios cartográficos más precisos podían revelar si los ocupantes de una parcela en particular tenían
título legal de propiedad, si habían pagado sus impuestos o si estaban talando árboles. Obtener ese tipo de información
siempre ha requerido trabajos in situ: mediciones para verificar lindes, tediosas búsquedas de registros oficiales o costosas
inspecciones. Estos obstáculos, que ciertamente no son particulares a la región, han entorpecido el diseño de planes
racionales para el desarrollo de tierras urbanas y rurales. En ausencia de una planificación basada en información precisa, han
aparecido barriadas improvisadas en torno a las ciudades, y grandes extensiones de bosques y pastos han sido dañadas debido a
prácticas agrícolas inadecuadas. Tales derroches persisten a pesar de que nuestro conocimiento de la tierra se enriquece cada
día más. Buena parte de la nueva información está basada en imágenes tomadas por satélites y que hasta hace poco estaba
limitada al uso militar o era tan costosa que sólo estaba al alcance de gobiernos y empresas ricas. Tras la Guerra Fría, muchos
gobiernos han privatizado sus servicios de imágenes satelitales y las empresas que han surgido de ese proceso inundan el
mercado con imágenes actualizadas de virtualmente cada rincón del planeta, a precios accesibles. Muchos de esos satélites están
equipados con detectores que pueden registrar luz en más de un espectro, una sensibilidad que revela una sorprendente cantidad
de información sobre la superficie de la tierra y las capas subterráneas. Otro legado inesperado de la Guerra Fría es el
Sistema de Posicionamiento Global (GPS), una red de satélites construidos por los Estados Unidos para proporcionar
coordenadas de navegación a sus misiles. Desde que se autorizó su uso comercial a comienzos de esta década, el GPS ha
permitido a agrimensores y excursionistas determinar su posición en cualquier lugar del planeta con una aproximación de un
metro más o menos, empleando un receptor del tamaño de un teléfono. El GPS ha permitido la producción de mapas muy
precisos a un costo muy bajo, facilitando a los gobiernos municipales más modestos convertir sus planos de papel en mapas
digitales que indican la ubicación precisa de cada semáforo, poste de alumbrado y alcantarilla en una ciudad. Finalmente, los
mapas digitales de bajo costo han aumentado la utilidad de los sistemas de información geográfica (SIG), programas de software
que pueden vincular información de diferentes fuentes a puntos en un mapa computarizado. El típico SIG urbano permite
observar una foto aérea de cada edificio en una ciudad con sólo pedirla por número de lote en un mapa digital. El número de lote
puede también ser vinculado a bancos de datos de censos, catastros, tasaciones impositivas, informes de tráfico o registros de
denuncias de delitos. Con tal información, las autoridades municipales pueden tomar decisiones bien fundamentadas sobre si
deben aumentar la presencia policial en ciertas zonas, expandir los servicios de trenes subterráneos, o autorizar la construcción
de nuevas clínicas, escuelas u hoteles, por mencionar sólo algunos ejemplos. En un entorno rural, el software SIG puede
convertir un mapa común en un tesoro de información: propiedad legal de parcelas, su geología, vegetación y fuentes de agua o
el tipo de agricultura para las que son usadas. En países industrializados, los SIG rurales se usan para lo que se conoce como
"agricultura de precisión". Datos sobre el tipo de suelo y contenido de humedad de un terreno dado son combinados con
información sobre requisitos para ciertos cultivos y condiciones meteorológicas actualizadas. Los mapas resultantes muestran al
agricultor dónde plantar semillas con mayor o menor densidad, o dónde mejor utilizar irrigación, pesticidas y fertilizantes
durante toda la temporada de producción. Maquinaria agrícola y aviones equipados con terminales de SIG pueden usar esos
mapas digitales para rociar pesticidas y fertilizantes en cantidades precisas, sólo donde es necesario. El resultado es un mayor
rendimiento por hectárea y un menor desperdicio de recursos. Empresas mineras y petroleras han empleado imágenes
obtenidas por satélite y los SIG desde hace muchos años en América Latina. Más recientemente, firmas de sectores como la
agricultura, la silvicultura, las telecomunicaciones y el transporte han adoptado estos sistemas para aumentar su eficiencia y
productividad. En el sector público, las tecnologías de SIG recién están comenzando a tener un impacto. "Hace cinco años,
estas herramientas eran demasiado costosas como para que la mayoría de los gobiernos las usara en gran escala", dice Kevin
Barthel, un especialista del bid que ha ayudado a diseñar numerosos proyectos del Banco que usan SIG. "Pero gracias a la
creciente competencia y a la caída de los precios de computadoras y de tecnologías GPS, los SIG son ahora lo bastante
efectivos en términos de costo como para que la mayoría de los gobiernos pueda aplicarlos a problemas concretos". En este
informe especial sobre geografía virtual se muestra cómo se usan en la actualidad las imágenes obtenidas por satélite y
tecnología SIG para responder preguntas sobre la tierra y la gente que la
explota. _________________________________________ Para obtener más información busque "SIG" en el web del
Banco: www.iadb.org.
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