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Por MUNI FIGUERES Más alla de sus florecientes ciudades y su pujante industria, el destino de América Latina aún tiene profundas raíces en la agricultura. Un 25 por ciento de su población trabaja en el campo o en la agroindustria, los productos agrícolas siguen cosechando una gran porción de los ingresos por exportaciones de la región, y el sector ha demostrado ser un motor de crecimiento confiable tanto en malos tiempos como en los buenos. Es más, la identidad cultural de nuestra región y los valores que compartimos son producto de tradiciones agrarias.Las perspectivas latinoamericanas de lograr un crecimiento económico sostenido y niveles de vida más altos descansan en gran medida en su capacidad de exportar más productos agrícolas a los mercados mundiales y de aumentar la productividad del campo. Pero la capacidad de la región para incrementar sus exportaciones sigue topando con serios obstáculos que se levantan más allá de sus costas, específicamente las barreras al libre comercio erigidas por los países industrializados. Las trabas al intercambio de estas mercancías son numerosas. Impuestos a las exportaciones y subsidios; las compras, acopio y comercialización realizados por gobiernos; trámites aduaneros complejos, requisitos de licencias, aranceles, cupos, precios políticos, tasas de cambio discriminatorias y restricciones sanitarias y fitosanitarias sin fundamentos científicos. En 1997, en los países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico, que agrupa a los países más industrializados de Europa, América del Norte, Asia y Oceanía, el total de desembolsos efectuados a agricultores en una combinación de subsidios directos, créditos blandos y precios sostén equivalía a más de 150.000 millones de dólares, una suma que equivale a 34 por ciento del valor de la producción agrícola de todos esos países. En contraste, desde mediados de la década pasada los países latinoamericanos, con muy contadas excepciones, unilateralmente han reducido aranceles aduaneros y otras barreras comerciales, han eliminado impuestos a la exportación y han acotado o incluso anulado el papel desempeñado por entes estatales como las juntas nacionales de granos. Esos pasos hacia la liberalización son irreversibles en gran parte porque son claramente beneficiosos. Las barreras al comercio no sólo asfixian al desarrollo económico sino que son inherentemente injustas, particularmente para los pobres. La población del mundo se duplicará hacia mediados del próximo siglo. Asumiendo modestos incrementos en los niveles de vida, la demanda de productos agrícolas también aumentará a más del doble en el curso de los próximos 50 años. América Latina está en una posición ideal para aprovechar esos cambios y está redescubriendo sus enormes ventajas comparativas en agricultura: grandes reservas de tierra arable, un moderado crecimiento demográfico y gran potencial para aumentar el rendimiento. Abonada por nuevas inversiones y la aplicación de tecnologías modernas, la producción agrícola de la región está rindiendo algunos de los mayores progresos. Por ello, América Latina debe seguir abogando enérgicamente por la abolición de las distorsiones al comercio de productos agrícolas, una posición en la que siempre ha tenido el pleno apoyo del BID. De lograrse estas metas, la agricultura seguirá siendo punto de apoyo del desarrollo de la región hasta bien avanzado el próximo milenio, creando empleo, generando movilidad social y mejorando la calidad de vida para todos en la ciudad y en el campo. --Asesora de relaciones externas del BID y ex ministra de Comercio Exterior de Costa Rica. |
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