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Pese a numerosas iniciativas en marcha en América Latina destinadas a la infancia, los recursos necesarios para
brindar un cuidado esmerado a los niños y la experiencia para una buena crianza todavía están lejos del alcance de millones de
familias de bajos ingresos. Esta desventaja compromete la salud y las oportunidades de vastos sectores de la población y socava,
a veces de forma sutil pero siempre ruinosamente, la eficacia de otras inversiones sociales, particularmente la educación. Si
bien el acceso a la educación primaria es prácticamente universal en la región y, según Unicef, en la actualidad cuatro de cada
cinco niños a nivel mundial sobreviven al riesgoso primer año de vida, en los países en desarrollo la capacidad de aprender de
los niños está muy disminuída por consecuencias de la pobreza. Un claro indicador de las repercusiones del fracaso en el
desarrollo temprano del niño son las dificultades en la escolarización. Como Juan en Nicaragua, muchos niños pobres
comienzan tarde la escuela primaria. Además de repetir grados frecuentemente, abandonan sus estudios antes que los niños más
acomodados. Aunque diversos factores contribuyen a la elevada deserción escolar, un déficit en la temprana infancia puede ser
la raíz de muchos de los fracasos. El acceso de los niños pobres a guarderías, centros de cuidado infantil y a educación
preescolar también puede compensar en cierta medida algunos déficit. En Lima, según cálculos del BID para 1995, solamente
54 por ciento de los niños que no habían tenido enseñanza preescolar completaron su educación primaria, frente a 86 por ciento
de aquellos que tuvieron esa oportunidad. A nivel regional, las proyecciones sobre la escolarización secundaria en 16 países
indican que, en promedio, sólo 26 por ciento de los alumnos pobres terminan esos estudios, frente a 63 por ciento de sus
camaradas más acomodados. Otras investigaciones del BID destacan los resultados directos de la menor escolaridad para la
futura subsistencia de los jóvenes más desposeídos: sus perspectivas de conseguir trabajos bien remunerados estarán seriamente
limitadas a lo largo de sus vidas, en directa relación con sus años de educación. Sus países además pagarán las consecuencias
en términos de calidad de la fuerza laboral y productividad. En un estudio realizado durante 28 años en Michigan, Estados
Unidos, se siguió la trayectoria de un grupo de niños de hogares pobres que participaron en un programa preescolar cuando
tenían tres y cuatro años de edad. Se halló que a los 27 años los ingresos de los egresados del programa eran 60 por ciento
superiores a los de otros jóvenes del mismo grupo socioeconómico que no recibieron la misma atención cuando eran niños. El
estudio de Michigan indicó que los 12.000 dólares invertidos por el gobierno por cada familia participante en el programa
resultaron en un ahorro estimado de 25.000 dólares en servicios que no fueron requeridos luego. Estos datos apoyan la creciente
evidencia de que las inversiones en la etapa preescolar rinden altos beneficios tanto para las personas como para los
gobiernos. En general, se calcula que el ahorro por las intervenciones tempranas en la atención de los niños pobres es de dos
a cuatro veces mayor que el gasto en medidas preventivas. Por otra parte, tales inversiones no involucran sumas siderales. Por
ejemplo, para elevar el nivel de la enseñanza preescolar, primaria y secundaria y los servicios básicos de salud de los niños
pobres al nivel de los demás pequeños, Chile no tendría que gastar más que el uno por ciento de su producto bruto interno. En
el caso de Nicaragua, un país con mayores niveles de pobreza, tal esfuerzo requeriría una inversión equivalente a tres por
ciento del ingreso nacional. Razones de índole moral, pero también políticas, económicas y sociales señalan la imperiosa
necesidad de asegurar un desarrollo pleno para los niños que como Juan en Nicaragua sueñan con estudiar y trabajar para tener
la oportunidad de una vida mejor. En casi cuatro décadas el BID ha destinado más de 37.000 millones de dólares a financiar
proyectos en el área social en América Latina y el Caribe. El Banco dedica más de la mitad de sus recursos a programas sociales
y ha financiado desde 1985 unos 40 proyectos de desarrollo infantil, ha destinado $290 millones a programas focalizados en los
niños y otros $2.700 millones a programas con componentes de atención infantil. En la Cumbre de las Américas, realizada
en abril de 1998 en Santiago de Chile, el Banco prometió dar nuevo impulso a los esfuerzos en educación y duplicar el monto de
préstamos para ese sector a un mínimo de 5.000 millones durante el próximo lustro. El cuidado del niño desde su
gestación hasta su ingreso a la escuela es el eslabón indispensable para la equidad y la eficiencia en todo el espectro del gasto
social. Si bien representa una valiosa promesa para el futuro, este desafío requiere la participación de todos los sectores de la
sociedad y la decisión política de los gobernantes para interrumpir el ciclo de la pobreza. Para más información sobre
programas del BID para la infancia, diríjase a Ricardo Morán de la División de Desarrollo Social al teléfono (202) 623-2495 o
por correo electrónico a ricardomo@iadb.org
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